La sociedad anulada

 

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La organización de la sociedad contemporánea parece aproximarse a una carrera de obstáculos para ganar tiempo. La clepsidra imparable avanza sin remisión contra la persona, contra el fin irremisible en el que todo se paraliza. Durante este lapso que es la vida, se lucha contra la realidad inapelable a la que el ser humano está abocado, aunque, de manera genérica, se intente revertir el proceso prometeicamente. La multiplicidad de intereses que se intenta abarcar aparenta revertir la situación en un intento fútil de vivir más, de experimentar con intensidad todas las vivencias posibles. La aceleración del presente responde a esta búsqueda incansable de elementos para ganar tiempo, si bien, este es un absoluto del que el sujeto no puede sustraerse.

El aluvión de responsabilidades del hogaño se ve asaltado por la necesidad de encontrar un espacio propio en el que desarrollar la personalidad individual. Se persigue de manera precipitada una zona propia en la que se intenta escapar de la vorágine en la que está ubicado el ciudadano. El objetivo perseguido remite a la necesidad de establecer un veto al asalto de lo particular, pues el individuo se ve inserto en lo comunitario sin posibilidad de establecer un ámbito privado del que extraer el tiempo imprescindible para la autognosis.

Se percibe un intento incansable por desactivar al individuo. El tiempo arrancado del trabajo, la familia, la formación y demás compromisos se rellena con la vacuidad y la banalidad. No se consigue un reducto de calidad, sino que este fortín se ve embestido por la comunitas en su sentido más vulgar. Los medios de entretenimiento masivos y las redes sociales han capitalizado este santuario en el que el individuo podría desarrollar su faceta personal al margen del entorno. De producirse esta posibilidad, saldría reforzado como la persona de proyección pública que busca su espacio en la sociedad cumpliendo con un papel determinado. Sin embargo, no se da esta necesaria desconexión y la persona continúa sumida en lo común sin posibilidad para reforzar su realidad particular que permite apuntalar su faceta comunitaria y social.

Esta deriva propia de la aceleración contemporánea implica la tácita privación del ciudadano y, por añadidura, del individuo. La irrupción del entretenimiento masivo en todas las circunstancias de la realidad invita a anular el pensamiento crítico. La imposibilidad de realizar un trabajo introspectivo invalida el análisis y, sin lugar a dudas, este es imprescindible para tomar distancia con la realidad social. Apartarse, por tanto, resulta crucial para el alejamiento y de esta forma establecer un examen crítico en el que la inteligencia tome las riendas de la deriva comunitaria. No queda tiempo para lo político, para el establecimiento de un verdadero espacio común en el que el ciudadano tenga la posibilidad de participar, aunque únicamente sea por medio de la reflexión que lleve al replanteamiento de la arquitectura institucional y política.

El individuo, por tanto, es derogado en el momento en el que tiene la posibilidad de establecer su propia realidad. El ocio, el tiempo propio y particular, se ve desbordado por la imposibilidad de escapar al control panóptico que de manera subrepticia establece el mundo virtual cargado de elementos que anclan al sujeto a una realidad social vaciada de contenido para quedarse en lo aparente y superficial. La posibilidad de dedicar un tiempo de calidad a uno mismo se ve frustrada y se necesita de un esfuerzo titánico para romper con la tiranía virtual propia de la contemporaneidad. Todo se convierte en una carrera por aparentar, por encontrar un espacio en el que encontrar una distinción que no es tal, pues, finalmente, todo el mundo está inmerso en esta dinámica sin freno ni dirección. Pesa más el oropel que el contenido y la profundidad.

La inteligencia, propia de la reflexión crítica y filosófica a realizar desde un plano intelectual; en el sentido de enfrentamiento a lo establecido, queda desautorizada. La emergencia de propuestas novedosas, capaces de alterar lo cotidiano, se desdibuja en la cacofonía estridente de la contemporaneidad lastrada, para bien o para mal, por la aceleración. Los pares antitéticos que surgen de esta lectura de lo social es una ficción, una creación ad hoc para el mercantilismo. No existe una verdadera dialéctica de opuestos, debido a que todo acaba por sumergirse en el pensamiento único que determina el ritmo actual. Así, no se produce el estímulo para la reflexión al deambular el sujeto por los lugares comunes marcados por la sociedad de consumo. Lo virtual se vuelve omnívoro, abraza todo y se torna el nuevo Leviatán que rige el destino particular con mano de hierro. Aunque, en apariencia, se esté dando la libertad propicia para la toma de decisiones.

El resquicio que queda, el único lugar en el que parece posibilitarse la emergencia y la distinción con respecto al resto, viene de la mano del mundo laboral. Con el espacio privado copado por esta caracterización de lo social, el entorno de trabajo promueve la competencia y la lucha por la consecución de metas para terceros. Este mundo global, marcado por la lógica mercantilista, invita a un enfrentamiento para encontrar la posibilidad de un tiempo libre que, como ha quedado dicho, está colapsado por el entretenimiento masivo pueril y vacío. La vida, por tanto, acaba reducida, dada la superficialidad del espacio propio, al desempeño de un trabajo como facsímil de vivencia comunitaria.

De manera concluyente, la persona como ciudadano inserta en la comunnitas queda anulada mediante este control social que empuja a la lógica mercantil como única salida ante la vacuidad de lo político y lo privado. El revisionismo, el trabajo intelectual y la crítica constructiva quedan relegadas ante la avalancha de ofertas idiotizantes que anulan la agudeza del intelectual. Se trata, por tanto, de un modelo de control que por lo sibilino aparenta una libertad que realmente no existe: un puño de hierro envuelto en un guante de seda.

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