Grimdark, o la aceptación de la derrota

A medida que la sociedad occidental se adentraba en el turbulento S.XXI, marcado casi desde su nacimiento por la sed de venganza, el miedo paranoide y una creciente sensación de incertidumbre, hemos pasado de hacer de la fantasía algo que introduce una cuña en la realidad, una diferencia en la realidad, que plantea alternativas, propuestas e incluso, por infantil que resulte, escapismo, a dejar que la fantasía se impregne de realidad, a buscar activamente una fantasía más próxima, más “realista”. Pero, ¿qué entendemos por “realista”? ¿Qué entendemos, de hecho, por “realidad”? ¿Podemos abarcarla en su totalidad, podemos siquiera definir sus contornos con precisión? Por lo tanto, cuando decimos que sub-géneros como el grimdark tienen “más realidad”, ¿de qué hablamos exactamente?

La famosa máxima de Lyotard plantea que vivimos en un tiempo de máxima incredulidad frente a los grandes relatos, a los que el filósofo da por cerrados o, por decirlo en un término más crudo, por muertos. Lyotard empleaba la expresión “grandes relatos” para referirse fundamentalmente al marxismo, la única alternativa viable al sistema capitalista durante el S.XX. Con la caída del Muro y la hegemonía del capitalismo, vestido con el traje neoliberal, se dan por clausuradas las alternativas sociopolíticas: se asume la muerte de los relatos, la llegada de una nueva, global y definitiva hegemonía, de la cual gestionar sus diferencias identitarias y culturales, sus mecanismos técnicos y económicos, mediante la labor no de políticos sino de tecnócratas. Fukuyama clavetea la tapa del ataúd afirmando nada menos que el fin de la Historia.

Vivimos por tanto en un tiempo en el que no se contempla la existencia de alternativas. Como plantea Jameson, la ubicuidad de las películas referidas al apocalipsis y su prevalencia por encima de las historias utópicas tiene un motivo: es más fácil imaginar el fin del mundo que un mundo sin capitalismo. Sin embargo, dentro de la incredulidad presentada por Lyotard se da una credulidad absoluta: la del relato apocalíptico, del agotamiento y la catástrofe, la del dirigirse aceleradamente hacia el colapso, en una suerte de paso de la condición posmoderna a la condición póstuma que plantea Garcés. ¿Dónde ha quedado la tan repetida incredulidad, esa supuesta apertura de posibilidades, ese horizonte inabarcable en el que construir la subjetividad?

Esta aceptación crédula, dócil, de la hegemonía capitalista, esta derrota admitida en la elaboración de cualquier relato, se ha extendido a una aceptación igualmente crédula e igualmente dócil con respecto a la naturaleza humana. El capitalismo siempre ha gustado de presentar al ser humano en su faceta depredadora, defendiendo el potencial productivo de un supuesto núcleo animal, cruel, competitivo, amoral y nihilista en el interior del ser humano. Desde los yuppies de los años 80 a los paramilitares de los 90, desde los terroristas de principios de milenio a los gobiernos que declaran guerras, asesinan a supuestos narcotraficantes o reciben a palos a los refugiados, se ha construido una retórica acción-respuesta de la violencia, una necropolítica, basada en justificar la acción violenta no por su potencial revolucionario, sino precisamente para lo contrario: para asegurar la pervivencia del sistema, para garantizar que las cosas se mantienen como están, en nombre no del cambio radical o de la subjetividad, sino de la repetición acumulativa, la aceptación pasiva de una maldad nuclear que debe aceptarse, gestionarse para el beneficio propio o, incluso, admirarse.

La admiración de la violencia estructural es inherente al discurso capitalista. El capitalismo no abomina de la violencia fascista, del abuso totalitario, del dominio absoluto: echa mano de él en periodos de crisis. La retórica trumpiana, que celebra sin tapujos las acciones más duras de Duterte o Erdogan, con el beneplácito del Partido Republicano y de un porcentaje casi total de sus votantes, no es más que la forma visible de la admiración de la dureza, de la celebración de la brutalidad, en cuanto acoge la violencia intrínseca en el ser humano y la emplea de forma resuelta, indiscriminada. Hasta la violencia contra las mujeres, como en la vergonzosa grabación de Access Hollywood, se viste de informar cháchara de gimnasio, se ve como algo tolerable. El “fuck your feelings” de la ultraderecha estadounidense es el insulto nihilista de quien quiere mantener la violencia estructural y ataca a quien la rechaza, tachando su indignación de blandura.

El grimdark se inscribe en esta aceptación pasiva de la violencia. En realidad no es un género particularmente afirmativo. Se asume la violencia general, la corrupción, la violación. No se reacciona ante ello. Se consideran, todas ellas, constitutivas de la naturaleza humana y de las sociedades que puede llegar a creer. Del mismo modo que el sujeto de rendimiento contemporáneo acepta la corrupción, la destrucción del medio ambiente, la mentira política o la violencia, el grimdark asume como natural la violencia que retrata y en la que se recrea. Responde a la crítica con una defensa predecible: solo está llevando la realidad a la fantasía. ¿Qué parte de la realidad, exactamente? ¿Qué forma de ver la realidad? Y lo que es más importante: ¿qué forma de encarar la realidad?

El grimdark traslada a las páginas de la fantasía la aceptación pasiva y nihilista de la violencia. Cuando se combate, cuando se lucha, no se hace desde los valores o la moral: se hace desde el beneficio del mercenario, el desengaño del antihéroe, la obligación del explotado, la credulidad del ingenuo listo para morir o para ver sus ilusiones hechas añicos. Los valores se consideran herramientas, en el mejor de los casos, o molestos lastres, en el peor, del mismo modo que los relatos, las reivindicaciones, se ven como algo superfluo, ingenuo. Medios de protesta legítimos, como la manifestación o la huelga, son descartados en la vida real con el mismo desdén con el que valores afirmativos, como el coraje o la amabilidad, son desdeñados en el grimdark. Se ha trasladado algo a la fantasía, efectivamente.

Hay algo profundamente dócil en todo esto. Una lectura de Debord nos pone sobre aviso con respecto al nihilismo, al desdén frente a los proyectos políticos alternativos, al cinismo del descreído: no son, como podía parecer, construcciones propias. El nihilista que desprecia lo bello, lo valioso, es realmente el menos librepensador. Es el que ha asimilado hasta el tuétano un discurso altamente ideologizado, construido intencionadamente, el pensamiento del capitalismo en su fase avanzada como lo caracteriza Jameson. El cínico desdeñoso es el más bajo de los esclavos, el esclavo doméstico al que señalaba acusador Malcolm X, que ve la casa del esclavista y afirma: “qué casa más bonita tenemos, señor”. El esclavo doméstico al menos celebraba la belleza de la casa colonial. El esclavo doméstico actual se conforma con su miseria, se encoge de hombros ante la injusticia, asume como inevitable la maldad, acusa de idealista, de inocente o de iluso al revolucionario, al constructor de alternativas, al que reivindica, protesta y lucha.

Durante años se acusó al género fantástico de ser una serie de fantasías de poder masculino: conquista, sexualidad normativa, combate, sangre y aventura. En la actualidad, el personaje nihilista y cínico es la proyección contemporánea, la fantasía de poder actual: la del esclavo doméstico ideologizado que se considera distinto por abrazar su nihilismo más que nadie, auto-denominado “lobo solitario” (¡qué expresión tan manida, tan pesada, tan desagradablemente olorosa!), que encuentra acomodo a sus medios en sus fines. El defensor del género literario aquí criticado expondrá que en la fantasía tradicional se revestían los mismos objetivos egoístas de ética rimbombante, lo cual resultaba aún más pernicioso. Aún siendo así (la situación acepta muchos más matices, pero aceptemos la simplificación por mor del argumento), en la actualidad también se viste el egoísmo de otro disfraz, el disfraz que niega ser disfraz, disfraz de no-disfraz: el héroe viste su violencia de moral; el antihéroe grimdark viste su violencia de resignación.

Donde hay violencia, no podía faltar machismo. La mujer no es valorada en cuanto mujer, sino en la medida en que actúa como hombre. Es valorada cuando mata, cuando violenta, cuando agrede, cuando reproduce conductas asociadas a la masculinidad (beber, maldecir), cuando es promiscua. Del mismo modo que una mujer con pantalones es aceptada pero no un hombre con maquillaje, que la mujer adopte elementos típicamente masculinos es positivo, mientras lo femenino sigue siendo rechazado doblemente, por femenino y por inútil en un mundo construido sobre unos cimientos masculinos. La mujer vale como guerrera, madre o prostituta. Hasta la presencia de homosexualidad se salpica en seguida de violencia, de agresividad, como si solo se tolerase al gay híper-masculino.

La violación es un tema sumamente tratado, y el lector interesado en esta cuestión encontrará fácilmente perspectivas feministas muy relevantes a este respecto. La violación queda presentada como habitual. Como inevitable. La violación para provocar la ira del personaje protagonista, que se lanza hacia el villano con celo vengador, en una retorcida y estomagante versión del relato de la doncella en apuros y el caballero de brillante armadura. La violación como parte constitutiva del relato. La banalización de la violencia de la que hablaba Arendt es ahora la banalización de la violación. La mujer como cosa consumible en un mundo de hombres, como objeto a merced de un mundo construido en torno a la cultura de la violación.

Este mundo oscuro, violento y corrupto no se presenta como contexto a cambiar con urgencia, sino como una suerte de eternidad: del mismo modo que se ha perdido la narratividad del tiempo, que ya no hay una teleología, tampoco parece haberla en este sub-género de la fantasía. Por supuesto que la violencia siempre ha formado parte de la historia, pero la aceptación pasiva de la violencia es un invento muy moderno, o fruto de una lectura muy sesgada y muy ideologizada de lo posmoderno. Sin embargo, en estos libros se erige en elemento central de la temporalidad: siempre se ha percibido de la misma manera, y el encogimiento de hombros ante la carnicería se extiende siglos atrás, como se plantea que se seguirá extendiendo siglos en el futuro.

No hay sitio para la utopía, para la alternativa. El grimdark es la inoculación de la derrota en la fantasía, del nihilismo que hace el juego al capitalismo hegemónico, planteando la miseria, el horror y la violencia ni siquiera como la menos mala de las opciones, sino como el único mundo posible. ¿Y esta, la nuestra, es la sociedad descreída que supuestamente rechaza dogmatismos? ¡Pero si ese es el más burdo de los dogmatismos, la más grande de las pastillas ideológicas que nos hemos tragado colectivamente!

La fantasía debe recuperar su condición de alternativa, su apertura, ser horizonte de posibilidades, de opciones, de ideas, de utopías. La fantasía puede y debe introducir la diferencia constructiva, la reivindicación de aquello que merece ser conservado, porque también esta idea miope de que todo debe ser destruido es asumir que es preferible la muerte al cambio; que o esto, o el abismo. La fantasía puede acoger en su seno una infinidad de visiones, de propuestas dadoras de sentido. Puede participar de la verdad. Aceptar pasivamente el mensaje derrotista del nihilismo tardo capitalista es admitir la claudicación de toda posibilidad, aceptar no una realidad dura, sino un relato falaz, mentiroso, interesado y guiado ideológicamente: que el ser humano no es más que un depredador entregado a la competición, la productividad, la amoralidad y la satisfacción inmediata del deseo.

Es importante repetir este punto: no puede definirse como escéptico ante todo relato quien considere verdaderos los planteamientos antes mencionados. Creerlos y construir una visión del mundo a partir de ellos es un relato, de hecho es “el relato”. En las inmejorables palabras de Marina Garcés, hay que hallar la incredulidad dentro de la credulidad. Hay que abrirse a la alteridad, pues en ella se encuentra la alternativa. Hay que plantar cara a un relato que nos hace agachar la cabeza, pues fantasía es posibilidad, y lo que se busca este discurso hegemónico es que renunciemos a toda posibilidad. Si decidimos hacerlo, si damos por perdida toda alternativa, entonces tal vez sí sea ese, y solo ese, el momento de abrazar el más completo de los nihilismos, aceptar la derrota y la nada que la acompaña.

6 comentarios en “Grimdark, o la aceptación de la derrota

  1. Muy buen artículo Alberto, de verdad.

    Yo discrepo un poco en algunas cosas relacionadas con el enfoque que le das, más que con el contenido en sí mismo. Te copio aquí lo que puesto al compartir el artículo en Facebook, porque cuando escribes cosas en un blog siempre mola tener reacciones 🙂

    Pero lo dicho, son matices personales:

    El comentario era este:
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    Finalmente he podido leerlo.

    Antes que nada decir que creo que al género (ciencia ficción, fantasía, lo que queráis…) le convienen este tipo de artículos. Muy bien por Morán Roa.

    Dicho esto, discrepo en gran medida con el fondo del artículo, sino con su contenido, en tanto parece descartar del todo eso que venimos llamando “grimdark” por su, simplificando mucho, nihilismo, pero creo que desprecia el valor renovador que ese supuesto aporte de “realismo” (¿y qué es realismo? Ese melón no lo voy a abrir) ha supuesto para fantasía. Claro, en el momento que esa renovación pasa a convertirse en un patrón de referencia que descarta cualquier otra alternativa sí que se convierte en algo perverso, y la tesis de Morán Roa parece ser que eso es exactamente lo que ha pasado, pero lo cierto es que yo lo cuestiono. Tanto en España como fuera de ella se escribe buena fantasía épica de corte más o menos “clásico” (siempre y cuando estemos dispuestos a aceptar que la fantasía épica de calidad EXISTE. Si no lo creéis, no sé por qué estáis leyendo esto, amiguetes…), de forma más conservadoras o más progresista. Pienso en el mismo Morán Roa, pero también en Pablo Bueno, o en John Gwynne, o incluso en el mismo Abercrombie en sus obras menos cínicas.

    No sé, creo que el artículo, que realiza un muy buen análisis, está escrito desde una posición demasiado defensiva, y que más útil que un ataque al Grimdark sería una valoración de los recursos interesantes que este subgénero puede haber elaborado para la fantasía, desde el retrato psicológico de los personajes hasta una crítica a las bases “políticas” implícitas a buena parte de la fantasía. Es decir, como crítica a todo aquello que el Grimdark constriñe al convertirse en molde genérico, puedo estar de acuerdo con el artículo, pero creo que también puede interpretarse como una exploración de nuevos territorios fantásticos.
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    • ¡Hola, Miquel! Gracias por tu mensaje. Efectivamente, el grimdark en cuanto a réplica, en cuanto a reacción -es un género que casi siempre plantea en términos de comparación: más realista que, más crudo que, generalmente puesto enfrente de la fantasía épica de corte tradicional- supone una novedad. Aquí habría una discusión interesante con respecto no solo del calado de dicha renovación, sino si esa novedad, en sí misma, tiene entidad propia o es solamente parte de una ola de nihilismo-cinismo-desengaño imperante en la sociedad. ¿Es el grimdark una vuelta de tuerca específica del género fantástico, una ampliación de sus horizontes, o solo el rostro que ha adoptado una corriente más amplia en este género en particular, acotándola? El grimdark, ¿amplía la fantasía o la limita?

      Más que la prevalencia del grimdark -coincido en que también se escribe cantidad y calidad de fantasía “no grimdark”, y me halaga que cuentes mi producción entre ellas-, señalo la docilidad de sus premisas. Considero que en vez de construir alternativas frente a las tendencias, no solo en el ámbito literario sino también en el socio-político, acepta pasivamente ciertos planteamientos, ciertos discursos ideologizados, sobre el ser humano, la ficción y la literatura para producir efectismo. No veo en él una cristalización de su potencial, aunque sí sería una buena idea eso que comentas de valorar sus aportaciones y abrir debate sobre si se ha producido una apertura del género o su acotamiento. A ver si alguien recoge el guante.

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  2. Creo que la aproximación al grimdark de este artículo es totalmente sesgada. Se acusa al genero de docilidad ante los males de este mundo cuando en realidad las obras de los autores representativos del género (Martin, Abercrombie, Sapkowski) se pueden entender perfectamente como una crítica a estos mismos males. No se presenta esa realidad decadente, corrupta o violenta como algo a venerar sino todo lo contrario, se presenta un entorno duro en el que lo malo de la naturaleza humana no se oculta sino que se expone tal como es en la , a menudo, triste realidad. En ese duro entorno siempre encontramos a quien, aun a pesar de todo, hace lo correcto (Jon Nieve, Geralt de Rivia) o incluso a traves de un viaje interior crece como persona y mejora (Logen, Jezal).
    El grimdark presenta una realidad corrupta, violenta y dura, como la que podemos encontrar a diario en nuestro entorno, como la que el ser humano ha vivido desde el principio de los tiempos. ¿Es eso malo? ¿Es eso abrazar sumisamente esa realidad? Yo creo que es todo lo contrario.
    ¿Debe la literatura fantástica presentar un mundo irreal en el que todo el mundo es amable, altruista y de buen corazón y los monstruos siempre tienen escamas y escupen fuego? ¿Se supone que eso repele al capitalismo? Yo creo que no.
    ¿Acaso el reflexionar en que los monstruos, muchas veces, están dentro de nosotros mismos y de las personas “normales” de nuestro alrededor y no solo en el terrorista (o en el dragón) puede ayudarnos a autoexaminarnos y no caer en la complacencia moral? Yo creo que sí.
    Ya antes de la etiqueta “Grimdark” otros autores, como Howard, reflejaban ese aspecto de la realidad. Incluso los cuentos medievales para niños, antes de que Disney los descafeinara, serían calificados de escandalosos hoy día. La tragedia ya la inventaron los griegos hace mucho tiempo, y con buenas razones.

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    • Muy buenas, Álex. En primer lugar, gracias por tu comentario. Coincido en que mi artículo constituye una visión sesgada: no se me ocurriría intentar alcanzar algo tan esquivo como la objetividad. Me queda mucho para eso, y lo digo sin el menor sarcasmo.

      En primer lugar, la dinámica que planteas (retrato de una realidad cruda, héroe que lucha contra ella y crece personalmente) son elementos que ya se encuentran desde hace mucho en la fantasía. No digo que el grimdark prescinda totalmente de ellos, sino que sus aportaciones exclusivas son aquellas a las cuales apunto. Precisamente la idea de reflejar el mal en toda su crudeza -por ejemplo, en un libro al azar de Michael Moorcock- y anteponerla a un personaje guiado por la brújula moral -cualquier héroe de Tolkien- es lo que se ha criticado como tópico fantástico desde hace tiempo. La unicidad del grimdark no reside por tanto en la reproducción de un patrón ya existente, sino en las premisas que menciono.

      Efectivamente, aunque la violencia es consustancial al ser humano y se ha dado desde siempre, el modo de reaccionar a ella es diferente en la contemporaneidad. Lo que desde luego no se propone en la entrada es un retorno, una especie de osificación del género, un buenismo pueril como el que apuntas o tejer homilías morales: como te comenté en Twitter, mi humilde propuesta consiste en recuperar una visión del mundo no nihilista, afirmativa e incluso utópica, para avanzar a partir de ella; no volver al pasado para encerrarse en él, sino recuperar de este los elementos desde los cuales generar un relato alternativo.

      En cuanto a lo que apuntas sobre auto-reflexión para evitar la complacencia moral, el feminismo o la deconstrucción avanzan más en ese aspecto en un mes de lo que géneros contemporáneos como el grimdark lo ha hecho en años. Sería un buen comienzo plantearse por qué apenas ha generado reflexión, o hasta qué punto sus premisas le dotan de potencial para ello.

      Por último, no se trata de hasta qué punto estas obras escandalizan o no: precisamente una lectura de Debord o Žižek (a quienes siempre recomiendo, o no solo a colación de este tema) apuntan a que en la sociedad actual, el escándalo ha perdido casi todo su valor hasta convertirse en mero espectáculo, en mercancía, en efectismo, o incluso un recurso para disfrazar de escándalo lo que no lo es (los escándalos de corrupción encubren el hecho de que la corrupción es sistémica y cotidiana, etc.).

      Tampoco se está proponiendo que la violencia deba dejar de retratarse. Hace poco redacté una entrada sobre el valor de la tragedia, la necesidad de reflejar las veleidades del destino a la que eran sometidos los héroes clásicos. No se pide, ni creo que se dé a entender, una versión descafeinada de la realidad, sino una alternativa a este pesimismo impuesto ideológicamente, a esta reactividad a la violencia, a esta glorificación del cinismo, a esta banalización de la violencia contra la mujer, a esta perezosa falta de alternativas, a esta reproducción mecanicista de esquemas, premisas y arquetipos.

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      • Gracias por tu respuesta, Alberto. No se exactamente a que autores te refieres cuando hablas de grimdark, pero se puede decir que Sapkowski y Abercrombie, por citar dos emblemáticos del género, si que han aportado alternativas. El monstruo no siempre es un señor oscuro en Mordor, o un malvado dragón, el monstruo podemos serlo tu y yo en igual o mayor medida que ellos, dadas las circunstancias. Ese es el mensaje del grimdark. Y sin duda es un mensaje que hace reflexionar en un sentido positivo. Entenderlo como una apología del nihilismo es no entenderlo, quedarse en lo superficial. Solamente es mi opinión, claro. En cualquier caso el análisis es interesante.

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