La condición póstuma, de Marina Garcés

Esta entrada es un resumen de la conferencia de Marina Garcés, profesora de la Universidad de Zaragoza, dentro del VIII Congreso de la Sociedad Académica de Filosofía, como parte de la ponencia «Ontología de la Actualidad».

Como hemos citado en entradas anteriores, Lyotard caracteriza la posmodernidad como la incredulidad frente a las grandes narraciones en la cual. Como plantean Han con respecto a la pérdida de sostén teleológico-narrativo de la temporalidad o Cruz al aludir a la multiplicidad de telos, se da una ruptura del tiempo lineal y de la articulación de sentido. No hay realización histórica, ni como progreso ni como revolución. Se da una apertura hacia la actualidad intempestiva con dos caras:

  • Por un lado, una liberación de los tiempos múltiples; filosofías del acontecimiento, el tiempo abierto a su interrupción/reapertura.
  • Por otro, una globalización instalada en el presente eterno dinámico, un presente eterno de la producción (Nota del autor: Jameson argumenta que este presente eterno es el ritmo característico del capitalismo, por el que el esquizo-análisis de Gauttari, precisamente centrado en dicho presente, no constituiría por lo tanto una alternativa al capitalismo sino un apuntalamiento de esta temporalidad).

Se impone una nueva credulidad en un tiempo único: no hay tiempo de la promesa sino tiempo de la amenaza. No se atisba realización sino la destrucción de nuestros posibles: ambientales, económicos… Se habla, por tanto, del tiempo del agotamiento que resta. Esta nueva credulidad se instala en la inminencia de la catástrofe del tiempo. «Se ha roto el hilo del tiempo», como dice Aleksevich «El hombre se esconde en el pasado». Esta catástrofe del tiempo es algo a lo que no nos negamos a pensar. Vivimos por lo tanto en una monotonía del apocalipsis.

Hemos pasado de la condición posmoderna a la condición póstuma. Estamos instalados en el «después» de ese «después» que incorpora la muerte no como acontecida, sino aconteciendo. Si la modernidad se caracterizaba por el progreso, ahora estamos en un proceso de regresión. La gran regresión señala solo uno de los aspectos de la condición póstuma. Su experiencia profunda con la temporalidad no va hacia atrás: es más bien de aceleración hacia algo que no promete nada bueno. Lo que está en nuestro horizonte de sentido es ir hacia adelante, a las consecuencias profundas e irreversibles del paradigma moderno de producción y consumo. A este respecto podemos enunciar cinco dimensiones:

  • Se da un desplazamiento del presente eterno de la globalización al no futuro del capitalismo. Desde 1989 se propone una vida circular de consumo en la que el capital global engulle toda diferencia. Experimentamos el no futuro del capitalismo en las consecuencias de su desbocamiento.
  • Un desplazamiento de la relación vida-muerte. Estamos en el giro de la necropolítica, en un fractal bélico que se erige como normalidad en tiempos de paz (guerra contra las droga, guerra contra el terrorismo).
  • Un cambio de signo de la experiencia con respecto a la irreversibilidad del desarrollo, que ya no es algo a proponer o valorar: pasamos del desarrollo como concepción de la actividad humana a la irreversibilidad del colapso: civilizatorio, ambiental y de las instituciones políticas, de marcos que permiten la toma colectiva de decisiones, económico…
  • Un giro en el orden del discurso, de lo que fue el descubrimiento y celebración de la diferencia a la nueva experiencia de la totalidad que no funciona por abstracción y proyección, sino de la posibilidad de la destrucción total, no experimental pero sí enunciable. La nuestra es una actualidad de la extinción.
  • Un giro de la pragmática de la experimentación (apertura de experiencia de los límites) a la pragmática de la emergencia, que se siente en todos los ámbitos de la experiencia colectiva. Hay una respuesta de rescate como única experiencia posible (rescate económico, ciudadano, de refugiados). Salvación de cada uno, de cada cual, de las colectividades (EE.UU., Europa sus fronteras y sus privilegios).

Si tenemos un lugar donde situarnos en ello, en toda incredulidad hay una credulidad: estamos deviniendo sujetos crédulos, el sí afirmativo ante las noticias podría tener enfrente una incredulidad. Frente al discurso impuesto por el poder, plantear otras posibilidades. Esa es la tarea de la filosofía. La posmodernidad fue crédula porque olvidó la muerte: al celebrar el tiempo ilimitado olvidó la muerte histórica, y la condición póstuma se ha encontrado con ella. Si la posmodernidad contenía el olvido, esta credulidad que acepta la condición póstuma, ¿qué incredulidad contiene?

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