La riqueza de la cultura

La sociedad tardocapitalista ha instalado la idea de que todo aquello que no ofrezca un rendimiento inmediato debe desestimarse sin mayores reparos. Se impone la producción en cada momento vital y se tienden vínculos entre el espacio privado y el público para disipar las fronteras entre el mundo laboral y el personal. Como se encarga de recordar Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio, el individuo diluye los límites y se somete a sí mismo a una productividad esclava que termina con la vida en un sentido pleno, pues aniquila múltiples facetas que tornan irrecuperables en la vorágine de la contemporaneidad. De este modo, se instituye un tiempo dirigido en exclusiva al pragmatismo en el que no se diferencian los espacios, se engendran una multiplicidad de instantes marcados por la homogeneidad.

La obsesión por la producción establece el mantra del rendimiento, todas las actividades se orientan hacia este fin. El momento de ocio se convierte en tiempo de formación, las nuevas tecnologías, lejos de suponer una posibilidad de liberación, transmutan en un eslabón más de la cadena que vincula al trabajador con la practicidad. Incluso el momento para la familia adquiere un tono fructuoso debido a que las actividades en conjunto se plantean para redundar en contenidos académicos o habilidades que impliquen la posibilidad de rentabilidad futura; todo se endereza hacia la esfera laboral y la competencia vinculada.

La disolución de estas lindes afecta de manera evidente al individuo contemporáneo y se produce la emergencia de desarreglos mentales por la presión autoimpuesta que no conduce a ningún fin concreto; se trata de un deambular sin objetivo definitivo, aunque se ha instalado la certeza de que hay que seguir andando, pues cabe la posibilidad de que haya algo al final del camino. Quizás, lo que aparezca sea un abismo al que nos dirigimos sin tener en consideración el peligro que supone. Es por esto por lo que no queda tiempo para nada que no tenga este cariz fáctico, todo lo que suponga cierto grado de abstracción o ensoñación es rechazado por suponerse vacío de contenido e interés. Así, el campo de la cultura ha sido abandonado y se ha transformado en algo residual que ni se defiende ni se fomenta; únicamente se explota si se ofrece la posibilidad de entresacar algún rédito.

El terreno de la creatividad ha sido desahuciado, el arte, las humanidades, la literatura y cualquier tipo de producción creativa, que no arrastre algo tangible, se ha convertido en un erial que de no trabajarse podría convertirse en un desierto inhabitable e irrecuperable. Esta tierra baldía tiene que mimarse y convertirse en un terreno fértil del que emerjan frutos que redunden en el bienestar comunitario. La cultura no puede reducirse a un objeto de consumo o de inversión, tiene que trocar en una válvula de escape y un modo de vida alternativo a la contemporaneidad occidental.

La cultura establece un intervalo, una tregua al ajetreo que consiente en el disfrute sin más pretensiones que la satisfacción personal. El arte conlleva esa contemplación desinteresada de la que hablaban Kant y Schopenhauer, una pausa que temporiza la construcción de la propia identidad. Sin un lugar para la búsqueda introspectiva, únicamente queda la exteriorización banal establecida como religión desde la sociedad del consumo. El tiempo pierde solidez en una marcha constante hacia ningún sitio, la detención en la cultura entraña elevarse sobre la cacofonía circundante y cotidiana para marcar una dirección. Pues, sin orientación, solo queda la productividad vaciada de humanidad que no redunda en un beneficio social. La cultura supone la atalaya desde la que planear la dirección a tomar.

La minusvaloración de las humanidades conforma una población que asume su hado sin el factor crítico que permite la mejoría de las condiciones sociales y vitales. La falta de cultura resta al individuo la posibilidad de conocerse a sí mismo, y el tono científico-técnico que asume la actualidad carece de faro si no se establece una medida humana para sus logros e investigaciones. ¿De qué sirve conocer y describir la realidad si no es para mejorar las condiciones vitales del ser humano? El mundo de la técnica se ha erigido en el único planteamiento válido por su posibilidad de rentabilidad, aunque el individuo carente de cultura y formación no se dé cuenta de que se trata de una realidad aséptica orientada a un pragmatismo huero si no se asocia a un direccionamiento de corte humanístico.

La verdadera riqueza de la cultura y la reflexión viene dada por el territorio para la introspección que se genera. La filosofía, como vehículo crítico, instituye un espacio de exclusión para el ajetreo contemporáneo que hace tiempo ha desbordado los diques erigidos desde la vida privada. La aceleración de la contemporaneidad no es tal, según sostiene Byung-Chul Han en su Aroma del tiempo. Este proceso necesita de orientación, pues no se puede producir una aceleración si no hay un destino marcado de antemano; la productividad por la productividad que inunda todos los espacios implica, desde su punto de vista, una atomización temporal que desvirtúa el sentido vital imprescindible para llenar de contenido la esencia humana. Se establecen multitud de momentos idénticos, aunque desvinculados, surcados por la productividad. No existe alineación y, por tanto, no se da la posibilidad de armar un proyecto vital.

Solo la cultura y las humanidades pueden otorgar sentido al tiempo fragmentado de la contemporaneidad, así el sujeto puede llegar a conocerse a sí mismo desde la interpretación libre de la realidad que marca la reflexión desinteresada generada desde cualquier producción cultural. La creación artística, filosófica o artística envuelve un viaje a la conciencia ajena desde la que se puede acceder a la introversión, pues, la mejor manera de transitar por la conciencia propia es hacerlo a través de la alteridad. De este modo, la riqueza cultural no se encuentra en lo material, sino en el carácter intangible que supone la creación de un dominio desde el que el ciudadano encuentra más opciones para la creación de una vida cargada de sentido y trayectoria.

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