El eros de la lectura

Ya lo decía Barthes, pocos placeres hay comparados al trato con un texto, con la palabra escrita que fluye por las páginas de una novela, un ensayo o un artículo. El lenguaje como vehículo de transmisión de ideas, se convierte en elemento privilegiado para la interconexión de conciencias que, de otro modo, se mantendrían encerradas. El sujeto no tiene otra válvula de escape para sus contenidos mentales que el lenguaje, se trata de la única llave con la que podemos acceder a la alteridad; al otro que se presenta como algo más que un simple objeto, como algo que es idéntico a uno mismo, aunque todos estemos a un mundo de distancia. En palabras de Unamuno, cada lengua contiene una forma completa de entender y enfrentar el mundo; es toda una filosofía.

Existen infinidad de textos, pero todos tienen algo en lo que conectan: detrás de hay una persona que ha sido capaz de articular un discurso con el que conectamos en mayor o menor medida. En este punto se encuentra el placer del texto; en la reunión que se establece entre iguales que pueden ser coetáneos, pero que también pueden estar separados por centenares o miles de años. Sin embargo, aunque transcurra una eternidad, el texto se mantiene, se conserva enhiesto y orgulloso para que alguien entre en contacto con él. Imaginemos los Evangelios apócrifos, esos descartes bíblicos que rompían la ortodoxia y que se escondieron en una gruta en el Mar Rojo. ¿Por qué se preservaron? ¿Por qué no se destruyeron? Es lo de menos, el caso es que llegaron hasta nosotros y tomaron de nuevo aire para continuar con su vigencia.

El texto nunca pasa de moda, siempre estará presente y, por mucho que las nuevas tecnologías intenten mutilarlo, será eternamente imprescindible para establecer un puente entre iguales, o incluso entre opuestos. No existe otro medio para hacer llegar el pensamiento complejo hasta el otro, no hay más remedio que utilizar el lenguaje y retorcerlo para sacar lo mejor de cada uno.

El texto es infinito, tal y como reconoció Borges en su brillante La biblioteca de Babel. Más bien finito por el número de combinaciones posibles, pues cada volumen de los que componían esta biblioteca imaginada contaba con unos condicionantes que establecían unos límites calculables, aunque para el ser humano se tratase de algo inalcanzable. El lenguaje funciona de manera idéntica a la de esta metafórica situación: tiene que ser sometido y llevado a sus límites para romper las barreras expresivas que encuentra el propio sujeto para la comunicación de sus puntos de vista.

Aquí se encuentra otro de los placeres textuales; la creación. La búsqueda de las palabras, la combinación de ideas o la elaboración de una estructura que sea capaz de llegar hasta el lector es una ardua tarea que, más allá de sus dificultades, se convierte en una fuente de satisfacción. La comunicación como herramienta para romper las barreras interpersonales se convierte en un estilete que desgarra las defensas más pétreas y sólidas. Solo la palabra es capaz de llegar hasta el fondo del otro, de agarrar la conciencia y fracturarla para volver a componerla con el añadido que deja la lectura.

El texto, el fragmento de lenguaje que supone la producción escrita, es inmortal. Cuenta con múltiples vidas, tantas como lectores se encuentren con esta creación a lo largo de su vida. Cada época, cada cultura o cada grupo social tiene su propia interpretación, pues, como anunció Gadamer, el prejuicio es algo que siempre nos acompaña y nos permite el enfrentamiento con la creatividad ajena en forma de producción escrita. De este modo, cualquier obra literaria vuelve a la vida en cuanto se abre de nuevo; cada apertura, cada línea leída, implica el renacer de un autor que ha dejado su impronta por medio de la palabra. Imaginemos República de Platón, se lleva editando dos mil quinientos años y todavía está vigente. Ha sabido adaptarse a cada época por la que ha pasado o, más bien, los lectores han ido amoldándose a un trabajo que contiene ciertas verdades universales que pueden adaptarse sin dificultades al presente. Nepotismo, corrupción, tráfico de intereses y la necesidad de una clase política preparada y adecuada son tópicos que toca el ateniense y que abren los telediarios todos los días.

Desentrañar un escrito implica conocer más a su autor, entrar en su entendimiento para desbrozar el encadenamiento de razonamientos que le conducen a volcar sus ideas en el papel. Este también es un motivo de complacencia, el enfrentarse a un contenido complejo sobre el que hay que detenerse. En este punto toca mimar a la obra, aproximarse con cierta sumisión para sacar lo mejor de su contenido. Se debe seguir un ritual que implica la lectura pormenorizada, el subrayado, la consulta, la comparación y, sobre todo, la reflexión pausada que en muchos casos no consiente con el tiempo acelerado en el que nos ha sumido la contemporaneidad. En este instante precioso, cuando el tiempo parece detenerse y no existe nada más que la palabra y el lector, se produce una experiencia que tiene algo de místico por romper con el mundo material. Se produce el trance, el ascenso, se conecta con el otro y se vuelve a la normalidad, pero con el añadido de haber encontrado otra conciencia con la que se ha entablado contacto a pesar de la distancia y el tiempo.

El texto nunca se perderá y siempre supondrá un placer y aunque estemos sumidos en la sociedad del cansancio de la que habla Byung-Chul Han, el ritmo productivo febril al que debemos enfrentarnos no podrá romper con la espiritualidad que siempre acompaña al verbo como instrumento para derrumbar las barreras interpersonales. La escritura nunca podrá dejar de ser un elemento connatural al ser humano, pues este siempre quiere salir de su carcasa para arrojarse al mundo saturado por el otro.

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