La fragmentación del espacio local

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La utopía neoliberal del mundo global prometía, además de las libertades propias de la emancipación de lo económico, una nueva edad dorada derivada de las políticas sociales que podrían implementarse. La motivación se encontraría en la bonanza financiera que por goteo acabaría empapando a todas las capas ciudadanas. Primero, por supuesto, afectaría a las zonas occidentales para, poco a poco, llegar a las zonas deprimidas del planeta.

Tras lo que Fukuyama calificó como el fin de la Historia y el triunfo del neoconservadurismo occidental que abría las puertas al capitalismo global, no se han producido los efectos esperados. Más bien al contrario; nuevas dificultades han surgido y el tan cacareado reparto de riquezas ha quedado reducido a una mínima parte de la población mundial que vive a costa del resto. De hecho, el desequilibrio financiero se ha hecho más acusado si cabe en los últimos años aprovechando el contexto de la recesión mundial.

Por otro lado, el desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación iban a procurar un impulso cultural sin precedentes que, como ha acaecido en lo económico, se ha quedado en un brindis al sol que no se acerca a las halagüeñas previsiones que se habían planteado desde el neoutopismo global. De hecho, la alta cultura parece encontrarse en recesión mientras que la vulgarización generada por las redes sociales termina por abarcar todos los espectros de lo creativo.

El espacio virtual se ha convertido en un nicho de negocio más y, en consecuencia, únicamente las propuestas con posibilidad de mercadeo adquieren preponderancia en este mundo marcado por el rendimiento. Todo aquello que no sirva como elemento para su consumo, y que además tenga una vida efímera para poder renovarlo constantemente, tiene poca cabida en la realidad virtual que se ha generado en paralelo a la física. Con todo, estas nuevas tecnologías que han fracturado el espacio material y las categorías de la modernidad, tienen en su seno la potencialidad para el establecimiento de puentes que permitan el desarrollo reflexivo y crítico.

Ahora bien, la reflexión, tal y como está planteada en la realidad académica y laboral contemporánea, no tiene ocasión de abrirse un hueco significativo. De hecho, queda olvidada en un segundo plano, pues lo que prima es la diversión superficial sin mayores complicaciones. Es decir, el consumo del tiempo mediante la oferta de experiencias efímeras y superficiales que el ciudadano consumidor se dedica a coleccionar a lo largo de su existencia. La intelección crítica, que pone en tela de juicio las complicaciones y problemáticas inherentes al sistema, no interesa. Se trata de una mercancía residual y secundaria que no arroja dividendos suficientes como para ser patrocinada o encontrar salida. Si alguien pretende realizar un trabajo intelectual puede hacerlo, sin duda, pero tendrá que buscar este espacio y luchar contra la marea incesante de residuos pseudoculturales con los que se inunda a la opinión pública.

En el sentido apuntado, el entorno virtual, en el que desarrollamos gran parte de nuestras vidas, se ha convertido en una herramienta de distracción que impide la adecuada problematización para establecer un proyecto de futuro. En primer lugar, se encuentra la mencionada vulgarización cultural secundada por un modo de vida fundado en el consumo y el rendimiento. La educación actual gira en torno a estos principios y, lejos de dotar de flexibilidad y capacidad intelectiva al estudiante, le orienta de manera indefectible hacia el mundo empresarial. De hecho, el programa de estudios presente ya ha sido abordado por las grandes multinacionales y sus intereses particulares. Resulta más adecuado conformar una masa dócil, que tenga sus pequeñas posibilidades de escapatoria en la oferta comercial que se genera desde las mismas corporaciones que alimentan el capitalismo global. Resulta de buena lógica asumir que este moldeamiento del sujeto convierte en estériles el resto de intentos que se lleven a término para desvelar el verdadero entramado que existe bajo la sociedad de consumo.

El miedo es la herramienta empleada para apuntalar una edificación social que apunta a la ruina futura. Desde la inmunización que supuestamente preserva la comunidad propia, se ha generado un espacio de exclusión que forja la muerte diaria de decenas de miles de personas que pretenden llegar hasta el mundo que se muestra a través de las redes sociales y que, aunque no posea todas las bondades imaginadas, mejora de manera evidente las condiciones de las zonas deprimidas del planeta.

Esta poderosa emoción inoculada de manera preventiva para evitar la invasión del espacio propio y conseguir mantener una serie de políticas injustas, ha terminado por extenderse y afectar a los ámbitos locales de las democracias occidentales. En virtud del alejamiento generado por las redes sociales, el espacio público ha comenzado a abandonarse. Los antiguos modos de relación, en su mayor parte presenciales y fundados en el medio físico, se han visto desplazados por un tipo de interacción aséptica y alejada de los convencionalismos pretéritos. Hoy por hoy es posible llevar una vida sin contacto con la alteridad, se puede vivir al margen de la comunnitas y utilizar los espacios públicos como meras zonas de transición para llegar al refugio de la virtualidad amable y conformada a la medida de uno mismo.

Esta tendencia a la immunitas ha terminado por inundar el espacio local, ya no se reserva para los grandes Estados nacionales y todos podemos resguardar nuestra existencia propia conformando una identidad sin prácticamente contacto con la alteridad. Como si de un espacio virtual especializado se tratase, se muestra un tipo de edificabilidad y proyección urbana en la que este alejamiento se deja sentir y se puede elegir a la carta; únicamente depende de las posibilidades económicas de cada cual. Proliferan las urbanizaciones cerradas, las enormes cercas solo accesibles a través de una garita de vigilancia y las cámaras de vigilancia que establecen un control panóptico del sujeto. El otro es el problema y la gente paga para evitar este contacto, solo los desposeídos, que son la fuente del problema a ojos de las políticas presentes, se ven obligados a vivir con la intolerable compañía del resto de individuos.

De este modo, la vida a nivel físico y local también se ha convertido en un componente más para el mercadeo. Si se cuenta con los suficientes recursos puedes privatizar tu propia existencia y contratar todos los servicios que en apariencia preservan tu vida del desarrapado al que solo se consiente para que te sirva en un restaurante. El espacio público, otrora lugar para la discusión y la puesta en común, está despareciendo. En su lugar, abundan los lugares cerrados que preservan la privacidad y, por encima de todo, la seguridad. La alteridad se está convirtiendo en algo exótico y alejado de las realidades individuales que están creándose en la actualidad. El problema es que lo político proviene de la comunidad y, en este punto, todos debemos contribuir para su desarrollo y mantenimiento. Sin un ágora pública es difícil, sino imposible, el mantenimiento de lo social. Veremos qué sucede con esta parcelación inmunitaria.

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