La desterritorialización cultural

 

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A lo largo de las últimas décadas la contemporaneidad ha sido testigo de una agresiva aceleración que ha transformado lo social y político. Las categorías y conceptualización emanadas de la modernidad parecen haber perdido empuje ante las novedades que alteran el presente para ofrecer un horizonte de expectativa desconocido. La mayoría de alteraciones vienen dadas por las novedades ofrecidas por las tecnologías de la información y la comunicación; los modelos de intercambio hasta la fecha conocidos han sido desplazados a tal velocidad que ha resultado imposible establecer un ágora adecuado.

El emplazamiento físico en el que era posible establecer lo bueno y lo malo, lo adecuado y lo inadecuado, y demás elementos para enjuiciar lo real, se ha volatilizado en el entramado digital. El contacto humano ha sido sustituido por un entramado que invita a la comunicación y, siguiendo una dialéctica de opuestos que alimenta el propio sistema, también a la inmunización frente a los demás. La alteridad ha desaparecido del campo de experiencia empírica, las nuevas vías de comunicación ofrecen un refugio seguro en el que no cabe la discrepancia, pues, de manera evidente, los nódulos de comunicación que conforman pequeñas comunidades virtuales se hayan doblemente clausurados: por un lado, a la propia realidad física debido a que esta ya no es un requisito para la participación y, por otro lado, a las opiniones ajenas, puesto que se conforman grupos pétreos en los que no cabe la disidencia y la apertura al exterior. Esto se debe a un elemento evidente y sencillo: no es necesario abrirse, no se busca la confrontación sino la reafirmación de un microcosmos propio que se nutre de su propia dinámica. Es decir, la confrontación dialéctica de carácter enriquecedor no tiene sentido cuando lo que se persigue no es problematizar sino la suspensión del juicio en el entorno de una determinada dogmática ya determinada con antelación.

Esta serie de cambios afectan de manera más acusada a los equilibrios de poder, estos se han visto transformados y los antiguos centros de donde emanaba acaban por disiparse ante el movimiento constante. La futilidad actual enlaza con la transformación a la que se ven sometidos los medios de transmisión de información. De esta manera, lo que con anterioridad era un rasgo de lo público y la comunidad; el intercambio de pareceres, se ha transformado en un dominio más de lo privado regido por lo financiero. La inmunización proveniente de la deslocalización de lo físico hacia lo virtual ha afectado de manera inequívoca al transporte de información: ya no prima el contacto físico en la medida en que es lo virtual lo que se impone gracias a las mutaciones acaecidas.

La ambivalencia de los procesos globales provoca que, dentro de las bondades originarias de las posibilidades infinitas de contacto, se encierre una esencia problemática que trastoca o que se enfrenta a los aspectos aprovechables. La comunidad virtual, de una magnitud inconmensurable, termina por ahogar el espacio local de valor incalculable. Los foros más cercanos se ven cercenados por la primacía de lo digital, por el valor añadido que parece encontrarse en la novedad. En este sentido, se aprecia más el continente que el contenido, pues como ha quedado dicho, se impone una determinada manera de comunicación que parece estar socavando los medios tradicionales de dimensión más humana. El otro se aleja cada vez más y, con este extrañamiento, se pierden las posibilidades de enriquecimiento que se encuentran en la disconformidad.

Se añade, a los problemas explicitados, otro que a mi juicio tiene mayor calado. Este no es otro que la desaparición de lo público. Si con anterioridad era el contacto humano, el encuentro en un lugar determinado lo que hacía posible el intercambio de opiniones que, por supuesto, no siempre coincidían con la propia, hoy se impone la comunidad virtual. Esta ya no se encuentra en un lugar determinado al que cualquiera puede acceder, se ha producido la desterritorialización de la communitas. Ahora, estos espacios no-físicos se encuentran deslocalizados y, aunque, son de acceso masivo, todos están mediados por lo privado. El no-lugar para el intercambio, para el encuentro con la alteridad, no existe físicamente y es propiedad de la empresa privada. Cualquiera puede acceder al precio de ceder información personal, estar a la última en cuanto a tecnología y ceder la iniciativa a un algoritmo que guiará los pasos hacia lugares apacibles donde no se produce ninguna disonancia. Esto, por supuesto, acompañado por la oportunidad de consumir los productos seleccionados de manera prácticamente individualizada gracias a la información suministrada por el propio usuario.

Hoy por hoy este proceso está afectando a algo tan fundamental como es el ámbito cultural. Las nuevas tecnologías, de potencia prácticamente inagotable para el almacenamiento y transmisión de información, están impregnadas por la ambivalencia de lo global que deriva en situaciones problemáticas. Verbigracia, el ámbito educativo se ve inundado por un afán de novedad donde se impone el vehículo para la transmisión de información frente al contenido. El mundo educativo está intentando el salto mortal de ofrecer una educación personalizada en el que docente hace de nigromante para generar el interés necesario en su campo de estudio. El problema es que se cae en la vulgaridad de considerar que el medio resulta más importante que la idea trasmitida. Se deglute previamente lo que se pretende compartir para conseguir la equiparación con los medios de entretenimiento que no hacen sino simplificar el mensaje para llegar a un público más amplio. Por supuesto, las herramientas para conseguir este efectismo son propiedad de enormes multinacionales que ofrecer a cada paso el bálsamo de fierabrás que permitirá la comprensión sin esfuerzo de las cavilaciones más abstractas. No sucederá tal cosa, lo complejo seguirá intacto mientras no se aborde su análisis sin más artificios que la propia capacidad crítica y contraposición con posturas en oposición para enriquecer la propia. Por supuesto, este espacio aún sin definir es el lugar idóneo para la aparición de tahúres de todo pelaje que venden la cuadratura del círculo gracias al efectismo de las novedades digitales.

Se hace imprescindible, si se desea volver a localizar lo político y lo cultural en lo comunitario, sacar partido de las novedades globales en un sentido local. Se debe recuperar el liderazgo desde la propia localización física para, de esta manera, dar el salto y entablar el contacto con otros puntos que conformen una comunidad virtual distinta en otro lugar del orbe. Así, pueden encontrarse puntos en común desde la posibilidad de discrepancia ya explorada en la localización física. Y, sobre todo, lo que se debe intentar es apartar la mercadería privada de lo público para recobrar lo cultural estableciendo un sentido crítico y dinamizador de lo comunitario.

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