Qué es El Anticristo y cómo llegó a serlo

El Anticristo no era un proyecto concebido por sí mismo, de forma independiente, como tampoco fue una suerte de testamento. La obra, originalmente planteada como primer capítulo de la Transvaloración de los valores, nace de la premisa del desenmascaramiento de la moral cristiana[1] como parte de una tarea mayor: la umwertung de los valores, llamada a suceder a la caída de los sistemas jerárquicos de naturaleza metafísica[2]. La identificación y superación de dicha perspectiva, ese sistema que según Nietzsche adopta siempre el juicio y el desprecio hacia la existencia en nombre de un mundo suprasensible[3] mediante propuestas de validez universal[4] se convierte así en el objetivo de El Anticristo, fragmento de una obra que pretendía aunar y presentar la totalidad del pensamiento nietzscheano. Liberar el pensamiento del nihilismo y sus formas[5], poner de manifiesto la pervivencia de valores cristianos ínsitos en la mentalidad moderna o explicar el origen de la moral judeocristiana deben entenderse, por lo tanto, como parte del mismo proyecto.

Heidegger emplea de forma recurrente el término griego ἀλήθεια para referirse a la verdad como desocultación, descorrimiento, desvelamiento. Podría decirse que Nietzsche también concibe la verdad como un desenmascaramiento[6] que, llevado a cabo sobre los valores europeos, cristianos y modernos muestra, desvela, la verdadera naturaleza de un sistema moral tildado de vampírico[7], una verdadera naturaleza que permanece invisible hasta para el propio cristianismo, movimiento decadente para el cual lo oculto, lo escondido, lo opaco, forma ya parte de sí, en cuanto «guiado por un impulso no dominado y velado»[8]. En respuesta a esta revelación se impone un doble gesto: al conocido término umwertung añade el filósofo el umlernen[9], tarea consistente en «volver a aprender», entendido como proceso de desmontado y posterior re-ensamblaje de lo aprendido a la luz de los descubrimientos. El desenmascaramiento del cristianismo acarrea pues una destruktion, si queremos decirlo con Heidegger, de los valores modernos para sacar a la luz su núcleo cristiano: ante tal revelación resulta imperativo volver a pensar, volver a aprender.

El cristianismo —entendido de una forma amplia y más allá del mero conjunto dogmático, esto es, como dispositivo generador de realidad[10]— es sometido por Nietzsche a su análisis genealógico, compuesto a su vez de dos escrutinios. Implica por una parte un análisis psicológico de las formaciones culturales; por otra, el estudio histórico del proceso en virtud del cual estas formas culturales se han constituido y evolucionado[11]. El resultado arroja una conclusión demoledora: el cristianismo será presentado en El Anticristo como la enfermedad del rebaño[12], enemigo de los hombres fuertes, a quienes «pretende aniquilar»[13] mediante la extracción de los instintos[14] y la glorificación de cuanto es débil y carente de voluntad de poder, erigido a la condición de baliza de la salvación y en ideal. Frente a la aurora que emerge de la transvaloración de los valores, este escenario queda caracterizado como un ocaso[15].

El análisis psicológico plantea que el cristianismo, al igual que el budismo, surge como respuesta al sufrimiento. Sin embargo, allí donde el budismo opta por una senda noble carente de pecado, como se analizará más adelante, el cristianismo desarrolla un conjunto de fantasías sustitutorias cuya función es el control y el dominio. Como señalan pensadores desde Critias, con su Sísifo, hasta Barthes a través de su estudio del mito, los dispositivos míticos acaban funcionando como herramientas de dominación (el sofista los calificaría de instrumentum regni para domesticar la bestia agresiva en el hombre e impedir que se infrinja la ley). La estrategia cristiana se basará, valiéndose de estas herramientas, en arrebatar, culpa y pecado mediante la adhesión al mundo, así como inocular el desprecio a uno mismo[16].

Debido a que los instintos no son algo innato, sino que «se adquieren a partir de la asimilación de lo vivido según una interpretación impuesta por una determinada cultura»[17], su estado actual es el resultado de un proceso de configuración, de moldeamiento[18], por parte del cristianismo, esa herramienta de arrebatamiento de instintos, artífice de reacciones instintivas corrompidas que desprecian la vida. Esta rebelión de los esclavos, como la caracterizará Nietzsche, culminará al plantar en el interior de los espíritus nobles la duda con respecto a sus valores, arrebatándoles su identidad señorial hasta convertirlos en esclavos[19].

Analizando el decurso de la historia, el alemán concluye que la civilización europea habría sido guiada, pastoreada, por el desprecio ascético en su forma platónico-cristiana-schopenhaueriana, metafísica si quiere resumirse, hasta adoptar una concepción teórica de la vida. Esta visión, instaurada por la dialéctica y opuesta a la concepción trágico/griega[20], estaría marcada por la autonegación de sí y la autoanulación del yo en el espíritu del rebaño[21], así como por el desprecio del mundo real en favor de «otro mundo».

Es fundamental, de cara a la investigación en este aspecto de la filosofía nietzscheana, especialmente en lo referido a la creación de un «otro mundo», tener en cuenta la observación de Martínez Marzoa a este respecto: que el mundo transensible planteado por la metafísica platónica, la cual será posteriormente incorporada por la doctrina cristiana, no se forma porque se asuma otro mundo además del sensible: son las normas, valores y criterios externos al individuo quienes conforman ese mundo transensible. Del mismo modo, cuando el alemán esgrima su célebre cita sobre la muerte de Dios, dicho acontecimiento no se concibe en cuanto máxima teológica sino como algo de mayor envergadura, como la muerte de ese mundo transensible conformado por la metafísica, resultado de un proceso histórico. Es, por tanto, un hecho que concierne al ser[22].

El resultado de este moldeamiento, llevado a cabo a lo largo de los siglos, sería un hombre carente de capacidad auto-reguladora u organizativa de sí mismo, sumiso ante las fuerzas y presiones de lo colectivo, incapaz de construir un proyecto propio, autónomo, peculiar, a causa de su incapacidad para decir no. El ser humano deviene, en la modernidad, en animal laborans, en el último hombre mencionado en Así habló Zaratustra, que solo trabaja, cuya actitud de mera supervivencia le aboca «al anémico espectáculo de una vida que se arrastra como su propia sombra»[23], a una existencia de hedonismos míseros.

Lo que se desprende por lo tanto del escrutinio nietzscheano, constituido a partir de un uso particular de la idea de proyección de Feuerbach, como más adelante harán Marx y Freud[24], es nada menos que una pervivencia de los valores cristianos, descartada ya la máscara religiosa por inservible, vaciada la fe por su progresivo debilitamiento y su incapacidad de ser fundamento de valores, y mantenidos vivos a través de una serie de códigos morales, prácticas y maneras de vivir.

Se establece por lo tanto un vínculo directo entre moral cristiana y moral moderna, definiendo la moral como continuadora de la religión por otros medios[25]. De poder replicar a Chesterton, el alemán afirmaría que si el británico encuentra en la moral moderna «una certeza de males» que solo sabe apuntar a la imperfección[26] es porque aún está guiada por la brújula cristiana, mórbida y permanentemente orientada hacia el pecado, la inadecuación del mundo y todo lo que es insalubre. En esa modernidad racional y utilitarista, constituida según Nietzsche a partir de los valores cristianos, hay aún un remanente por el cual la vida se entiende como mera conservación sin elemento constructivo o narrativo[27], donde el cristianismo encuentra perduración ora en forma religiosa, ora en forma secular[28].

Es en la segunda parte de esta afirmación donde debemos prestar atención: el pensamiento nietzscheano defiende la secularización de los valores de la cristiandad, que perviven escondidos en la nihilista sociedad moderna. Aunque no sea, como antaño, la figura del sacerdote —en la cual nos centraremos más adelante— la que se ocupa del dominio de los instintos, su castrante figura se ha interiorizado «en los mecanismos y los móviles conscientes e inconscientes de la sociedad moderna»[29]. Como señala Royo Hernández, Nietzsche apunta que «aunque Dios haya muerto», esto es, aunque la secularización haya propiciado un vaciamiento de la fe promovido por el propio cristianismo, «los dispositivos de la creencia que puso en marcha aún siguen funcionando en ausencia de sus cimientos»[30].

[1] Sánchez Meca, D. (2016). Dioniso contra el crucificado. Seminario para la investigación y difusión del pensamiento nietzscheano.
[2] Cano, G. Prólogo en Nietzsche, F. (2007). El Anticristo (p. 17). Editorial Biblioteca Nueva.
[3] Deleuze, G. (2006). Nietzsche y la filosofía (p.54). Editorial Anagrama.
[4] Burgos, E. (1993). Jesús y “el Crucificado” en la filosofía de Nietzsche. Revista de filosofía nº6, 79-87.
[5] Deleuze, G. (2006). Nietzsche y la filosofía (p.55). Editorial Anagrama.
[6] «He descorrido el velo que ocultaba la corrupción del hombre», afirma Nietzsche en El Anticristo (p. 250) en Biblioteca Grandes Pensadores: Nietzsche (III). Editorial Gredos (2015).
[7] Nietzsche, F. (2016). Ecce Homo (p. 121). Mestas Ediciones.
[8] Valadier, P. (2010). Nietzsche y la crítica del cristianismo (p.145). Ediciones Cristiandad.
[9] Nietzsche, F. (2015). El Anticristo (p. 259) en Biblioteca Grandes Pensadores: Nietzsche (III). Editorial Gredos.
[10] Royo Hernández, S. (2007). Friedrich Nietzsche y el cristianismo: de la crítica de la religión a la muerte de Dios. A parte rei nº49, 1-23.
[11] Sánchez Meca, D. (2005). Nietzsche: la experiencia dionisíaca del mundo (p.147) Editorial Tecnos.
[12] Nietzsche, F. (2015). El Anticristo (p. 248) en Biblioteca Grandes Pensadores: Nietzsche (III). Editorial Gredos.
[13] Nietzsche, F. Kritische Studienausgabe, XIII, 11 [54].
[14] Nietzsche, F. (2015). El Anticristo (p. 249) en Biblioteca Grandes Pensadores: Nietzsche (III). Editorial Gredos.
[15] Ibíd. (p. 250).
[16] Sánchez Meca, D. (2016). Dioniso contra el crucificado. Seminario para la investigación y difusión del pensamiento nietzscheano. UCM, Madrid.
[17] Sánchez Meca, D. (2005). Nietzsche: la experiencia dionisíaca del mundo (p.253). Tecnos.
[18] Ibíd. (p.269).
[19] Valadier, P. (2010). Nietzsche y la crítica del cristianismo (p.357). Ediciones Cristiandad.
[20] Deleuze, G. (2016). Nietzsche y la filosofía (p.31). Editorial Anagrama.
[21] Sánchez Meca, D. (2005). Nietzsche: la experiencia dionisíaca del mundo (p.19). Tecnos.
[22] Jaspers, K. (1955). Nietzsche y el cristianismo (p.10). Editorial Deucalión.
[23] Žižek, S. (2003). The puppet and the dwarf: the perverse core of Christianity (p.95). The MIT Press.
[24] Sánchez Meca, D. (2016). Dioniso contra el crucificado. Seminario para la investigación y difusión del pensamiento nietzscheano. UCM, Madrid.
[25] Deleuze, G. (2016). Nietzsche y la filosofía (p.141). Editorial Anagrama.
[26] Chesterton, G. K. (2007). Herejes (p.17). Editorial Acantilado.
[27] Quejido Alonso, A. (2016). Más allá de la creencia en la verdad. Seminario para la investigación y difusión del pensamiento nietzscheano. UCM, Madrid.
[28] Valadier, P. (2010). Nietzsche y la crítica del cristianismo (p.423). Ediciones Cristiandad.
[29] Ibíd. (p.271).
[30] Royo Hernández, S. (2007). Friedrich Nietzsche y el cristianismo: de la crítica de la religión a la muerte de Dios. A parte rei nº49, 1-23.

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