En defensa de la inutilidad

 

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La rentabilidad como energía motriz del mundo contemporáneo termina por supurar por todos los poros de la realidad cotidiana. El presente, marcado por la lógica empresarial, para la que no cabe el descanso, ha inundado con su modelo todos los espectros humanos dejando sin luz los rincones en los que no hay posibilidad de alcanzar el rédito inmisericorde. En el ámbito actual, cuajado de complicaciones, únicamente se observa el pragmatismo denso y pegajoso que convierte en pueril cualquier actividad de la que no se obtenga un resultado concreto y, si puede ser, palpable.

No es ningún secreto que esta mecánica es la que rige el destino individual y colectivo. A nivel personal, la vida se ha convertido en un balance en el que se sopesan las metas alcanzadas como si se tratase de un mercado de carne y alma. Se abandona la suerte particular en aras de una posibilidad ulterior que nunca termina de llegar, pues, sin ningún género de dudas, siempre, como en un conglomerado empresarial, se pueden alcanzar mejores resultados. El engranaje no puede frenar en este crecimiento desbocado e infinito. Debido a esta dialéctica imposible, el ámbito del ser humano se convierte en una carrera contra el reloj biológico por llegar más lejos y rápido a los mejores dividendos; siempre, por supuesto, por llegar. El problema es que la vida es de difícil ponderación, aunque, por supuesto, siempre existe la probabilidad de mercadear con la propia existencia. La biopolítica que exprime lo vital se ha impuesto a todos los niveles y se muestra presente e inmisericorde.

Un hecho patente es la venta del tiempo particular al rendimiento colectivo. Se imprime un ritmo, en muchos casos ajeno a toda dimensión humana, que no es posible sostener durante un tiempo ilimitado y en el que los sujetos inmersos en este proceso se sumergen hasta desfallecer. Esta dinámica va dejando por el camino a la familia, las amistades y, finalmente, solo lo laboral se aplica, pues resulta una circunstancia cuantificable y que ofrece estas pequeñas satisfacciones derivadas de la rentabilidad. Sin beneficio, no se produce la breve e insulsa satisfacción resultante de esta dictadura del pragmatismo.

La vida se hipoteca bajo una apariencia de vértigo y velocidad que, en algunos casos, se traduce en la apariencia de una falsa vitalidad. Es decir, el desarrollo de los acontecimientos en la contemporaneidad exige la multiplicación de facetas del sujeto para intentar llegar a todos los escondrijos de una realidad inalcanzable en toda su extensión. De ahí la proliferación de las redes sociales. Se visita un lugar para ostentar del efímero paso por un lugar reconocible sobre el que hacer un selfie perecedero y ridículo. La amistad no se cultiva sino mediante likes que ocultan el verdadero trato humano. La diversidad que nos envuelve se convierte en facsímil reduccionista que palidece ante el verdadero resplandor de lo circundante.

La falta de sentido debiera erigirse en modelo para la actuación en determinados sectores. No todo puede someterse a la rentabilidad o al dividendo, existe un acervo de tono cultural e incluso ocioso del que no puede salir nada productivo; al menos en un primer momento. Sin embargo, a pesar de la miopía con la que se tratan estos asuntos, no hay que ser demasiado aguda para detectar la posibilidad de rédito futuro a través del cultivo de lo superficial, aunque cargado de contenido. Resulta evidente el hecho de que una sociedad sana y equilibrada se erige sobre la cultura común vehiculizada por el idioma y el pensamiento.

¿Cómo lograr el desarrollo cultural? Solo puede darse a través de la práctica que capacita para el establecimiento de un medio expresivo reconocible como propio. La puesta en común del análisis de lo real ya sea a través del arte, la reflexión o incluso la experimentación por medio de las nuevas tecnologías, puede generar el sustrato necesario para identificar un modelo que haga de lo compartido una manera de entender el mundo y sus relaciones.

Uno de los canales privilegiados para lograr esta ambiciosa meta se encuentra en la filosofía. Esta disciplina no deja de ser una manera de relación con la realidad que privilegia la reflexión y el lenguaje para generar cuestiones. No obstante, y esto es lo que se critica de manera contumaz, no ofrece un resultado concreto por lo que de manera genérica suele provocar más confusiones que aclaraciones. Si bien se trata de una especialidad orientada a la aclaración, de manera habitual se entiende como un galimatías que en nada auxilia al ser humano, pues, como ha quedado dicho, se aleja del rendimiento exigido en la sociedad del consumo actual. Ante esta disposición, el ignorante sin calado crítico se siente desorientado ante la falta de certezas, pues no llega a comprender que para entender nuestra propia realidad primero hay que ponerla en tela de juicio sin esperar conclusiones inmediatas.

Una pausa en el camino y en la productividad desaforada, puede significar la diferencia básica para encontrar en la ruta recorrida una perspectiva que pueda orientarse hacia un horizonte de futuro. Debe cultivarse el provenir desde el hogaño para lograr una perspectiva que transija con la consecución de un beneficio de calado y con garantías de pervivencia. Siguiendo a Odo Maquard, en este caso se impone una filosofía compensatoria que establezca un freno ante la excesiva aceleración de la contemporaneidad que no permite un vistazo detenido ante el panorama extendido ante el individuo.

De manera concluyente, debe imbricarse una dimensión humana que rompa con la dinámica esclava y rendida al beneficio inmediato para, mediante la adecuada compensación, marcar una ruta sólida fundada en la inteligencia y no en el mero pragmatismo. La única salida ante este atolladero es recuperar la inutilidad de la reflexión altruista y vendida al propio placer, pues, desde esta dimensión personal es desde donde puede vencerse esta dinámica inhumana y rendida a lo pragmático. Hay que imponer lo inútil cargado de contenido frente a lo fugaz y banal.

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