La reflexión como elemento dinamizador

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De manera irremisible, en cualquier tiempo histórico y en toda sociedad se produce un movimiento en virtud del cual el pensamiento termina por fraguar para dar como resultado un sólido bloque inamovible. Esta configuración monolítica de la reflexión se conoce con múltiples nombres, pero, el más usual y aceptado es el de tradición. El punto de vista tradicional, vinculado a una forma de entender lo real identificada con el pasado, lo imperturbablemente trabado y la costumbre, tuvo en algún momento un carácter progresista que hizo de esa manera de analizar la acción práctica un desafío hacia lo establecido.

El devenir de lo social puede entenderse, a partir de esta concepción, como una mutación dialéctica en la que se produce la oscilación entre lo aceptado y lo novedoso que fractura y clausura el pasado. Con todo, puede darse la circunstancia de que a momentos de avance progresista le sucedan otros periodos de recogimiento en lo pretérito marcado como idóneo para el mantenimiento del orden y la estabilidad. Existen múltiples ejemplos que se producen, de manera evidente, desde la segunda mitad del siglo XIX hasta alcanzar el primer tercio del XX. Este esquema se da en virtud del movimiento revolucionario francés que ejemplifica, a través de la aceleración que imprime en la organización sociocultural europea, cómo establecer una mutación que termina por alterar incluso el paisaje de las costumbres y hábitos. El mundo conocido se invierte hasta producir como resultado una nueva ordenación que, finalmente, termina por ocupar el lugar de la reglamentación extinta.

Lo llamativo es que la Revolución Francesa, la puerta de acceso a la contemporaneidad, se imprime desde la violencia revolucionaria que acelera el tiempo histórico hasta dejar el panorama previo irreconocible. Europa se vio sacudida por la intelectualidad que, asumiendo la imposibilidad del cambio pacífico, empuñó la espada y sumergió al continente en una espiral de destrucción que alteró el panorama sociopolítico. Sin embargo, dicha lección fue asimilada por el pensamiento reaccionario que vio en la purificación a través de la violencia la posibilidad de transfigurar el tiempo histórico para establecer un giro hacia la tradición abandonada y vilipendiada. La purificación por medio de la sangre y la recuperación del patrimonio perdido se convierte en el motivo de actuación del pensamiento reaccionario. Ejemplos claros se encuentran en el fascismo, el nacionalsocialimo e incluso el nacionalcatolicismo que, si bien podría entenderse como cargado de elementos conservadores, contiene claves reaccionarias vinculadas al espíritu del pueblo.

La intelectualidad es, por tanto, la encargada de dinamizar el tiempo histórico para traer las novedades que, de una manera u otra, orbitan sobre lo tradicional; ya sea rebasándolo o recuperándolo. Este punto de toque es el que marca la cambiante realidad sociopolítica. A partir de lo establecido, de lo marcado como inamovible y habitual se genera lo revolucionario que encuentra su contrapunto en la reacción conservadora que devuelve lo cotidianamente aceptado a la primera línea de actuación.

Lo importante, en relación a la intelectualidad, se encuentra en su enfrentamiento contra lo establecido. El intelectual asimilado por la línea de pensamiento dominante pierde su condición desde el momento en el que no pone en tela de juicio de manera crítica y reflexiva el orden marcado por la autoridad. Lo sencillo es seguir la dirección dominante, respaldar la idea destacada y seguida por la mayoría. Empero, la complejidad se encuentra en la oposición y en la búsqueda de las incongruencias que habitan en todos los sistemas.

El intelectual en oposición cumple con la insustituible función de socavar lo dominante para, desde sus ruinas, edificar un nuevo constructo que asuma los elementos valiosos del pasado para darles un nuevo aire revitalizador. Así, el vigor intelectivo no puede venir sino desde la novedad marcada por el pensamiento que, con posterioridad, invita a la acción práctica que termina por transformar el entorno cotidiano en el que se encuentra sumida la ciudadanía.

El intelectual, por tanto, es peligroso; alguien eternamente sospechoso. Siempre se encuentra al acecho para detectar la contradicción inherente a lo comunitario. Desde este posicionamiento crítico se marca el camino para problematizar, para proyectar un horizonte posible de futuro que venga a sustituir a un presente siempre lastrado por el miedo. Pues, sin lugar a dudas, el terror al cambio y la primicia es lo que dinamita la posibilidad progresista que está en oposición al conservadurismo. El intelectual, como puntal para la reflexión crítica, es un elemento indispensable para acabar con el conservadurismo resistente al cambio imprescindible para la dinamización de lo sociopolítico.

La contemporaneidad todavía no ha encontrado el lugar idóneo para expresar estas posibilidades. Los antiguos medios de expresión empleados por el intelectual han caído y resulta complejo hallar ese espacio en el que el discurso crítico puede medrar y abrir un camino que transija con la posibilidad de alteración que exige todo proyecto de futuro. Las redes sociales, como instrumento fundamental para la comunicación presente, se han especializado en nichos de opinión en los que no cabe la disidencia. La supuesta diversidad ofrecida por internet, por la libertad absoluta para la expresión de las ideas propias, ha terminado por convertirse en una serie lugares especializados en los que no cabe una opinión distinta.

El pensamiento único ha arraigado en las redes, el mercantilismo derivado de la experiencia a la carta dirigida por los motores de búsqueda y la propia cadencia individual por encontrar lo propio, ha finalizado en la ausencia del forzoso contraste dialéctico para encontrar salidas novedosas. De este modo, es necesario establecer un trabajo intelectual que comience a carcomer el neoconservadurismo capitalista que ve el mercado global como la única posibilidad viable para el presente y, sobre todo, para el futuro. De manera concluyente, se debe incluir el trabajo intelectual como motor para el cambio pues, en caso contrario, estaremos condenados a la dominación tácita que establece un mercado global desregulado y abusivo respaldado por una clase intelectual vendida a intereses espurios.

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