El contenido vital

 

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Ya lo había proclamado el existencialismo francés: la única entidad que realmente es se identifica con el ser humano. El resto de entes, con una esencia prefijada e inamovible, solo existen sin ínfulas esencialistas. Las personas, por su parte, deben conformar una esencia que les identifique como individuos haciendo de su libertad la posibilidad para su particularidad. En otras palabras, el ser humano tiene autoconsciencia y, por su configuración intelectiva, no termina de comprender qué es lo que hace en el mundo. Se trata de un ser arrojado que debe levantarse para construir una condición  propia que dote de contenido su realidad. En caso contrario, el devenir vital no es más que un trasunto hacia la muerte que sume al sujeto en la más obscura de las transiciones.

La conciencia es un punto clave para la comprensión de lo idiosincrásico del ser humano. Esta pequeña voz susurrante que habita en cada uno de nosotros, esa manifestación de lo instintivo a través de lo dialógico, implica una forma de aferrarnos a cada una de nuestras realidades particulares haciendo de la supervivencia algo discursivo. La biografía de cada cual, la toma de consideración de lo que somos se resuelve de manera histórica; como si de un relato se tratase. De este modo, la narración necesita de la palabra para dotar de sentido los actos que se realizan en la carrera por establecer un sentido a la existencia que vaya más allá de la mera dimensión física. Esta es la maldición del humano: la insuficiencia que se manifiesta a través de la vida y que resulta difícil paliar con las herramientas con las que se cuenta. El mayor terror se aloja en esa peripecia que siempre orbita en torno a lo vivo; la posibilidad de que esa voz interior se extinga de manera definitiva. Lo que Unamuno identificaba con la condición agónica del hombre de carne y hueso que se debate entre la existencia eterna y la nada absoluta.

Existen infinitas historias particulares, cada cual con su recorrido y su narración interna que conduce en cada caso a lugares distintos. Por un lado, pueden encontrarse aquellos que logran una coherencia interna en su relato y obtienen  un sentido existencial de difícil consecución. Individuos que, en apariencia, no muestran ninguna grieta en su entramado inmanente y que parecen haber logrado el más complejo de los objetivos: la construcción de una esencia monolítica que colma su realidad llegando a todos los rincones de su ser. Personajes, a mi modo de ver, con una actitud envidiable, pues resulta complicado alcanzar este grado de certeza en algo tan inverosímil y azaroso como es la vida humana.

En esta última clase, se puede encontrar gente humilde que con su disposición alcanza un grado adecuado de ataraxia que consiente con la vida tal y como ha sido entregada; sin adornos o el oropel reservado para las existencias sublimes. Esta caída hacia la serenidad permite entender al individuo como un eslabón más en una cadena infinita conformada por la humanidad. Los días transcurren monótonos sin mayor pretensión que la de lograr llegar a la noche para completar otro ciclo solar que conducirá a la repetición imperecedera de este proceso que se muestra en lo humano en su conjunto. La vida, en este modo, adquiere valor por sí misma y se convierte en un elemento a cuidar debido a su propia manifestación. No hay pretensiones, solo vitalidad en un sentido nietzscheano.

En el lado opuesto, se puede observar al eterno insatisfecho cuya realidad nunca se ve colmada por nada de lo que hace. La vida, en este caso, se convierte en una especie de martirio que conduce a una búsqueda incesante para elaborar un contenido esencial que establezca un significado. Este caso es más peligroso, el descontento tiene posibilidades de echar raíces y, de esta manera, provocar un descalabro existencial que conduzca, como ya anunció Camus, al suicidio filosófico. Lo vital se convierte en un absurdo que carece de sentido y termina por consumir al individuo.

Esta búsqueda constante tiene la opción de convertirse en un valor adicional que impulse lo vital un paso más allá de la mera existencia sin mayores presunciones que discurrir por el mundo. La existencia, gracias a esta capacidad, dota el ámbito esencial de un mayor calado que establece el camino en la propia búsqueda. Es la ruta la que hace al sujeto y no la meta a alcanzar. El objetivo no existe, solo el derrotero que nunca termina por ser perenne. El devenir se torna existencial en tanto en cuanto envuelve lo esencial del humano. Así, el periplo vital se traduce en la persecución de un sentido que nunca se da, pero que encuentra su propia valía en su ausencia y esconderse. La complacencia y la abulia se disuelven en este modelo de lo vital caracterizado por la intensidad del movimiento constante.

Por supuesto, entre estos dos modelos puros existen múltiples variables y gradaciones que admiten mixturas y diferentes patrones dependientes del momento vivido. Ahora bien, el mundo contemporáneo muestra en su decrepitud un estandarte de lo vital caracterizado por la medianía más absoluta y por la degradación esencial más ruin. El ámbito laboral, lastrado por la competitividad desprovista de su dimensión agonal, termina por forjar un estilo de persona que intenta adquirir un sentido esencial a través de un modelo existencial que renuncia a lo propio a favor de lo ajeno en un intento por lograr un mérito efímero que redunda en la incongruencia de la entrega egoísta. La consecución del mérito del asalariado, a través de los objetivos impuestos, troca la vida en algo inauténtico y carente de sentido que eleva la existencia del otro, del líder en la sombra que marca las aspiraciones materiales a conseguir, en algo esencial que logra que ese ser humano se eleve sobre los demás. Lamentablemente, se da una caterva de personajes anulados en su propia existencia que sacrifican su narrativa privativa para conseguir el brillo de la de los demás. Al final, el objetivo es el mismo, todos vamos hacia la oscuridad, pero durante el camino, unos ven colmada su esencia mientras otros la anulan. De esta forma, la existencia vital se convierte en algo vacío y carente de sentido que eleva el capital a lo esencial.

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