La perspectiva hegeliana de la historia

En Hegel la historia no es una miscelánea de hechos y catástrofes: es el incremento, súbito o gradual, de la autoconciencia del espíritu universal. Es el hecho de que una determinada nación en un determinado momento esté animada por un espíritu de determinado tipo lo que explica esencialmente los pensamientos y obras que atribuimos a su carácter nacional. El estudio histórico muestra en el carácter de las naciones o civilizaciones dominantes una línea empíricamente visible de perfeccionamiento que requiere de una explicación. Si la historia de la humanidad se caracteriza por el progreso, es porque refleja la actividad del espíritu universal. Los caracteres nacionales coherentes son fases de la realización de este.

Hegel pensaba que el espíritu no podía ser comprendido enumerando rasgos y capacidades sino mostrándolo en el proceso de desarrollo. La teoría hegeliana del conocimiento postula un ascenso epistemológico en tres estadios. El punto de partida es la conciencia sensible, la cumbre es la razón y el entendimiento, la esfera del análisis, está en el camino entre ambas. La posición inicial es un encuentro primitivo que precede a cualquier forma de reflexión. El entendimiento debe ser superado por la razón, que acepta las distinciones del entendimiento, pero no las mantiene intactas, ya que reconoce unidades más profundas. La razón reconquista la integración que el entendimiento había interrumpido sin renunciar a los logros basados en esta interrupción.

Para Hegel el objetivo de la evolución de la mente es la total autoconciencia. A través de sus proyectos es capaz de percibir la naturaleza y el resultado de su intervención en ellos, y de este modo aprende cosas acerca de sí misma. El espíritu universal debe pues producirse a sí mismo objetivamente. En el idealismo hegeliano la forma suprema de espíritu requiere que exista la materia para ser ella lo que es: ninguna mente llega a conocerse si no es a través de un medio de autoexpresión. Tiene que haber, por tanto, una historia del mundo porque Dios no puede conocerse inmediatamente, sino solo en etapas y solo en el espíritu de los hombres.

En Hegel, la idea del espíritu es la libertad. El desarrollo de x es la actualización de su potencial, la conversión en realidad de lo que antes era solo idealmente. La cosa se mueve a fin de encarnar esa forma y el espíritu satisface así su potencial, manifiesta su naturaleza más profunda, cuando logra la plena libertad. ¿Y qué es la libertad? Bien, el espíritu es libre cuando trasciende a la naturaleza y la somete. Soy libre cuando estoy en mí mismo. Por ello la conciencia depende, para existir, de algo ajeno a ella, o únicamente de ella misma. Pero la conciencia solo es libre en el segundo de los casos, ya que solo entonces depende en exclusiva de ella. Así es como se logra la identificación de la libertad con la autoconciencia. La sumersión en la naturaleza será considerada como la esclavitud del espíritu y su libertad residirá en su trascendencia de la naturaleza. El espíritu es razón autoconsciente, razón consciente de sí misma. Lo que Hegel quiere decir es que el espíritu es conscientemente racional.

La historia es la obra del espíritu y la razón, la de la libertad y la idea. El espíritu es la razón autoconsciente y la idea del espíritu es la libertad. El espíritu es responsable del desarrollo histórico porque los sucesos históricamente significativos son actos suyos y si esos actos muestran un progreso inteligible es porque el espíritu es racional. La historia es la biografía del espíritu. Puesto que el espíritu es el agente de la historia y que su esencia es la libertad, la libertad, la idea del espíritu, es el propósito u objetivo de la historia. Para la realización de la libertad es necesario y suficiente que exista una conciencia de esa libertad.

Tras servir a su época el tema dominante queda anticuado, su autoridad se agota, pierde flexibilidad, se vuelve rígido y la cultura que desarrolló el espíritu es destruida. Son necesarios un renacimiento y una renovación, y ciertos personajes hacen las veces de partera que ayuda al nacimiento de una nueva concepción del hombre, sin comprender nunca el pleno significado de aquello a cuyo parto contribuye. A fin de desarrollarse, el espíritu se apega a las formas de vida que aprecia y posteriormente no puede romper con ellas si no es desgarrándose. En la consumación de la historia, la humanidad sabrá lo que ha de saber sobre sí misma y los hombres recobrarán su unidad original.

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