La irracionalidad de la violencia global

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La aceleración actual arroja un resultado incierto que, entre otros elementos, se detecta en el uso de la violencia que establece la contemporaneidad. De manera evidente, la sociedad siempre ha estado cuajada por la agresividad que se desglosa de la política. Cuando existe una comunidad, con independencia de su tamaño y disposición, se eleva un elemento básico en forma de fricción entre los integrantes de dicho complexo. La política supone una respuesta a la condición humana, una manera de encauzar la irritación que se encuentra en toda unión entre personas; la “insociable insociabilidad humana” kantiana.

Se trata de una característica irrebatible que, sin embargo, merece la pena analizar detenidamente. En principio, toda violencia puede considerarse como irreflexiva o como contraria a la razón. Este es uno de los ideales ilustrados que se arrastran desde la Edad Moderna. No obstante, es un hecho patente la imposibilidad de renunciar a este recurso, pues se mantiene constante en cualquier modelo organizativo. De hecho, el terror jacobino puede entenderse como el germen o colofón ilustrado y la puerta de entrada a la Edad contemporánea. Evidentemente, este uso “purificador” de la violencia como procedimiento político e ideológico no solo fue el punto de partida para la contemporaneidad, también resultó el pistoletazo de salida para el pensamiento reaccionario. El “fuego purificador” en aras de un ideal superior se convierte en recurso que terminará en tanatopolíticas como el nacionalsocialismo, el fascismo e incluso el nacional-catolicismo. Movimientos, todos ellos, que encontraron un chivo expiatorio en el enemigo para hacer del empleo del terror y la destrucción parte fundamental de su ideario y de su objetivo último.

Más allá de estas excepciones históricas, el recurso a la violencia, siguiendo a Max Weber, supone un patrimonio de la dirigencia que debe ser administrado para de esta forma direccionar el ámbito de lo social. Por tanto, con independencia del tipo de modelo organizativo que esté bajo escrutinio, siempre existe un fondo de furor contenido que es administrado desde el poder con el fin de mantener una organización concreta. Esta es la que se podría denominar violencia racional, pues, de alguna manera, obedece a un fin predeterminado que viene marcado de antemano. Podría decirse, a tenor de este breve recorrido, que la coacción aceptable viene dada por un objetivo último de carácter político. Ahora bien, la definición naufraga desde el momento en el que el régimen nazi también estaba dirigido a un fin anticipado y que la brutalidad que desencadenó fue dispuesta por una serie de instituciones políticas que dirimían cómo y a quién destinarla. Ahora bien, también es cierto que no se trató de una política uniforme y que resultó fluctuante durante su periodo de dominio. Así, podría considerarse una violencia racional o legítima la que está proyectada hacia la conciliación y el mantenimiento de un Estado de derecho en el que primen las libertades. De este modo, el uso de la fuerza solo podría orientarse hacia aquellos que intentan socavar este modelo organizativo.

Podríamos, siguiendo este criterio, establecer una distinción entre los dos tipos de violencia existentes: la legítima y la ilegítima. Sin embargo, sigue resultando demasiado artificial para el análisis desarrollado. Todavía podrían encontrarse casos, como el de la legítima defensa, ante el abuso de las fuerzas de seguridad del Estado, donde podría replicarse al menos con idéntica intensidad ante una agresión externa. Existe, por tanto, una zona gris en la que resulta complejo dirimir ante qué tipo de agresión nos encontramos.

Más allá de estas disquisiciones, ha brotado en la actualidad otro modelo que escapa a cualquier posibilidad de análisis o clasificación. Se trata de la violencia descarnada e irracional que golpea el mundo global de manera persistente. De calificarlo de alguna manera podría hacerse desde la categoría de “tanatoterrorismo”, un culto a la muerte en el que no se identifica intencionalidad ninguna siendo, por este motivo, una especie de reacción nihilista ante la contemporaneidad.

¿Qué es lo que se esconde en este rebrote de la agresividad que encuentra acomodo en todo estrato social? Realmente no queda claro, quizás el más definido sea el islamismo radical que en principio parece oponerse al mundo occidental de modo profundamente sentimental. Ahora bien, esta interpretación resulta realmente endeble al analizar las imágenes de los jóvenes terroristas que se sacrifican por este supuesto ideal tanático. Llama la atención como los radicales de la matanza de París estuvieron unas noches antes disfrutando de la fiesta parisina, consumiendo alcohol y en compañía de señoritas que de ninguna forma encuentran relación con ningún parámetro islámico tradicional. Por otro lado, el asesino prácticamente adolescente de Machester aparecía en las imágenes mostradas por los informativos portando un enorme fusil mientras vestía una camiseta de Nike. De manera evidente, no tiene por qué ser definitivo el hecho de aparecer con una prenda deportiva, pero no puedo dejar de sentir que se da algún tipo de equívoco o contradicción en estas hechuras. No termina de ser coherente con el mensaje que quiere trasmitir este radicalismo supuestamente religioso. Por otro lado, no hay que perder de vista el hecho de que la mayor parte de los atentados y víctimas se producen en la propia órbita islámica.

Por último, destacar como el fenómeno de los asesinatos en masa se ha convertido en un fenómeno de tono global que no termina de encajar en ningún modelo de terrorismo: los asesinatos de Noruega en 2011, tiroteos en Alemania, los más que recurrentes disturbios con armas de fuego en los Estados Unidos y muchos más ejemplos que podrían ponerse sobre la mesa. Se ha llegado, en un paroxismo de esta pulsión de muerte, a retrasmitir en directo por las redes sociales los crímenes cometidos. Parece, en este caso, que existe cierto componente exhibicionista en este tipo de acciones. De hecho, sin este componente visual compartido urbi et orbi no parece producirse la consagración del acontecimiento violento. Sin esta resonancia pierde todo su valor y se da la apariencia de que en algunos casos la salida de la vida anónima no puede producirse sino a través de la muerte; incluso a costa de la vida propia. Se trata del sacrificio absoluto en virtud del cual se intenta alcanzar el altar de la fama que, a pesar de su espectacularidad, resulta del todo efímera por la cotidianidad que están alcanzando estos actos. Así, la popularidad a través del asesinato termina por convertirse en un eslabón adicional de este nihilismo banal que ha inundado occidente.

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