Ciencia y herejía: observaciones y réplicas en torno a Jacques-Alain Miller

Recientemente, el fundador de la Asociación Mundial del Psicoanálisis, Jaques-Alain Miller, dio una conferencia en Madrid sobre la derrota de Marine Le Pen y varias cuestiones relacionadas con el psicoanálisis. Pese a no poder acudir, la seguí atentamente a través de los medios y usuarios que se hicieron eco de ella. De su larga ponencia me gustaría llamar la atención sobre dos puntos.

Afirma Miller que todo lo que conocemos hoy es hijo del capitalismo, incluido el nazismo. Una observación tan rotunda como cierta: no ahondaré, por haberlo hecho ya en entradas anteriores, en la hegemonía de este sistema, el discurso posmoderno que surge de la ausencia de alternativas, etc. Sí merece la pena aplaudir que se niegue al nazismo, a las corrientes filofascistas, a las políticas de exclusión el estatus de propuestas anticapitalistas. Dice Byung-Chul Han en La expulsión de lo distinto que la nueva ultraderecha, en cuanto a movimiento reactivo caracterizado por el rechazo a la alteridad, es xenófoba y anticapitalista. Un matiz interesante sería observar que solo es lo segundo en un plano meramente teórico, filosófico, casi fantástico. Un vistazo a la historia pasada y contemporánea pone de manifiesto que cuando la ultraderecha se ha hecho con el poder no ha aplicado sino medidas cosméticas a la estructura económica imperante, dejando sus relaciones de poder intactas, como analizamos al hablar de Trump y el fracaso inherente de la ultraderecha.

Dice Miller que Le Pen no es «el amo», entendido el término como «instancia máxima», sino que lo es la lógica científica. Damos aquí con una afirmación a la que, seguramente por no haber seguido la charla sino los comentarios al respecto, añadiría una consideración que por pequeña no deja de ser importante. Lo que Miller da a entender es que el significante amo sería aquí «lógica científica», subsumido al cual encontraríamos al nazismo, el fascismo, Le Pen, etc. ¿Dónde se ubicaría el capitalismo, entonces? ¿Es parte de esta «lógica científica»? ¿Está por encima de ella? Los fragmentos de la conferencia no lo dejan claro.

Hablar de los males de la «lógica científica» es, y considero fundamental incluir esta observación, hablar de esta coligada con el capitalismo. La técnica moderna y la lógica científica son susceptibles y merecedoras de crítica: es imposible no recomendar las observaciones de Heidegger al respecto, pese a la reticencia del alemán por señalar al sistema económico que las guía por su nombre. Sin embargo, es igualmente importante comprender que la técnica, en cuanto actividad humana y como indica Marx, contiene en su dialéctica el potencial de disponer de los elementos, incluso de promover, una praxis revolucionaria. Volviendo a Heidegger, si la esencia de la técnica sería lo permanente de esta, «lo que dura y perdura», ¿no es acaso concebible una técnica separada de la esquizofrénica brújula capitalista, que deje atrás su implacable reducción de todo cuanto existe a mero valor de cambio, mientras conserva su esencia de desvelamiento, de curiosa interpelación a la naturaleza?

El motivo por el que Monsanto vende semillas estériles, las farmacéuticas imponen precios abusivos a medicamentos como el de la Hepatitis C y el complejo militar-industrial se asegura de que las guerras nunca terminen no es porque estén guiados por lógica científica sino por el cálculo acumulativo, productivo, por la lógica del beneficio que en una entrada anterior calificamos de lógica de la anti-vida. Volviendo a Byung-Chul Han, el coreano-alemán observa con acierto que es un error presentar al capitalismo como el estadio último de la Ilustración. Al capitalismo no lo guía la razón sino la productividad. Es por ello por lo que el beneficio cortoplacista sigue primando sobre la prevención de la catástrofe ecológica a largo plazo. No hay razón alguna en ello, solo un miope afán acumulativo.

Merece la pena recordar, con Eagleton y Žižek, que hablar de «lógica científica» sin añadir inmediatamente el matiz de «capitalismo», esto es, señalar a la lógica científica en cuanto tal como causa de los males contemporáneos, constituye una visión en exceso parcial. Cierto es que el capitalismo también se apoya en dicha lógica para fundamentarse, y que entre ambos no se da una relación de dominio pleno del uno sobre el otro, sino de una especie de simbiosis. En Razón, fe y revolución, Eagleton apunta cómo la ciencia participa de muchas de las tropelías del sistema, pero al mismo tiempo recuerda no solo los beneficios que ha aportado a la vida, sino el error que supone atribuirle la guía a la que la somete el capitalismo en nombre del beneficio y la productividad. La misma lógica científica que aborda la enfermedad mental desde la perspectiva exclusiva de lo psicofisiológico, dejando de lado su constituyente social, es la que ha permitido desarrollar en La Habana una forma eficaz de evitar la transmisión del VIH de la madre al feto. No hay, por tanto, que oponerse a la lógica científica en cuanto tal, como separarla del cálculo acumulativo capitalista.

Por otra parte, Miller aprovechó para anunciar una nueva revista llamada Heretic (Hereje), título que explicó: «el herético es el que elige. Los ortodoxos son los que no eligen, siguen». Bien, he aquí donde discrepo abiertamente con Miller.

En primer lugar, es imprescindible sacar a colación la Ortodoxia de Chesterton, ensayo en el cual el británico afirma, con acierto, que denominarse a uno mismo «hereje» arroja numerosos problemas. El hereje es una figura estrictamente negativa, siempre es «el otro», ya que el hereje considera que él es el ortodoxo, él es el que transita por el camino correcto, mientras que los otros son los herejes. El condenado a la hoguera inquisitorial muere convencido de la validez de sus argumentos, de la rectitud de sus principios, y del error en el que incurre el dogma que lo condena al fuego.

En segundo lugar, es evidente que cuando Miller se define como hereje, señala a la lógica científica como la ortodoxia a la que se enfrenta. He aquí el que considero otro error. En su conferencia durante el VIII Congreso de la SAF, Antonio Gómez Villar señaló la importancia de desplazar lo que se consideraría «el centro» hacia la posición ideológica que uno adopta. He aquí una de las grandes victorias de la derecha en España (y, podría decirse, en todo el mundo): desplazar el centro hacia su posición hasta el punto de que cuando se habla de centro se habla en realidad de la derecha: es por ello por lo que medidas de extrema derecha se definen con el tibio nombre de «conservadoras» mientras políticas de izquierda son tachadas como propias de la extrema izquierda. Entregar al rival el dominio de la centralidad, darle el poder de definir qué es «lo normal/de sentido común/lo habitual» es un gesto sin duda romántico, pero también una claudicación ideológica.

En tercer lugar, una asociación del psicoanálisis, ¿no busca precisamente la ortodoxia, esto es, la recta aplicación de los principios del campo freudiano? ¿Dónde quedaría, dentro de este marco, Félix Guattari, con su crítica al psicoanálisis lacaniano, la matematización del inconsciente, el planteamiento del deseo como falta, y su propuesta del esquizo-análisis? No es un ortodoxo, eso desde luego, dada su crítica implacable al capitalismo y los sistemas que lo apuntalan. ¿Está más allá de la herejía? ¿Es un hereje dentro de los herejes, un poshereje? Como vemos, atribuirse una categoría estrictamente negativa dentro de una concepción dualista (ortodoxo/hereje) genera sus propios problemas.

En cuarto y último lugar, definir el «seguir» como algo fundamentalmente reprobable, hablar de «seguir» desde la acepción del rebaño, como acto puramente pasivo, es un error notable. Hace falta un esfuerzo muy consciente, concienzudo y constante para ser ortodoxo. Lo fácil es aprender de pasada unos principios, desobedecerlos sin darse cuenta en el día a día, y caer en la herejía de forma inconsciente. Ser rigurosamente ortodoxo, aplicarse con celo a una norma, es un trabajo de auto-disciplina agotador que supone la antítesis de ese gesto pasivo con el que lo caracteriza Miller. Por supuesto que hay seguidores reactivos que no buscan sino la guía del líder. Sin embargo, supone un error calificar a esas personas de ortodoxas. En muchos casos no conocen los principios que los rigen. El carbonero unamuniano, pese a ser fiel y dócil, no es ortodoxo, necesita la continua guía de este para no caer en el pecado involuntario.

Adherirse a unos principios y mantenerse en ellos de forma contumaz no es tarea fácil. Ya que hablamos de psicoanálisis (aunque podría decirle lo mismo de otras adhesiones, como el pensamiento marxista), merece la pena recalcar que el acto de seguir los principios de esta disciplina en una sociedad capitalista, transitar la senda marcada por Freud y Lacan, supone una dedicación a la ortodoxia exigente, que sitúa a quien se decide a recorrerla en un trayecto a contracorriente. Seguir no tiene por qué ser, como dice Miller, un gesto de sumisión. Puede ser algo activo, afirmativo y contestatario.

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