El nihilismo como salida posible

 

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La nada, el vacío como peldaño que establece un trampolín hacia otro estadio, es acompañada por la madurez gestada en un momento previo. Existen aspectos de lo real que, al cumplir su ciclo, en lugar de quedar colmados en virtud de su propio desarrollo, se agotan hasta autoaniquilarse. Se entiende, como parte del proceso que de suyo corresponde a estas entidades: en fin de una etapa que en apariencia es finiquitada de manera abrupta y definitiva. No obstante, cual Fénix que resurge de sus cenizas, esta situación puede implicar la posibilidad de novedad. O más bien, exige la primicia debido a que lo anterior ha terminado por perder la utilidad requerida.

En un sentido nietzscheano, desde la nada como páramo deriva un todo que actualiza las posibilidades de lo real. Lo social, de igual manera a la que puede actuar un sujeto, también sufre un proceso de maduración que, al arribar a un punto culminante, termina por colapsar para encontrar una vía que posibilite la continuación del desarrollo.

Nuestra novicia democracia, escasa en su recorrido en relación a los Estados circundantes, acusa síntomas de crecimiento que se manifiestan en la vacuidad de alguno de sus contenidos. Sintomático de esta situación es el choque entre los poderes ejecutivo y judicial, pues, después de un periodo de asimilación en el que la ciudadanía se sacude el terror derivado de cuarenta años de decisionismo totalitario, se abre el camino para el verdadero contacto con lo democrático. Es decir, se produce una inmersión en lo político que afecta a los individuos que conforman lo comunitario. Se va más allá del mero asentimiento, y comienza un periodo marcado por la soberanía popular.

La particularidad de este modelo de organización social, siguiendo la idea de lo político en Kant, implica una construcción constante en la que prima la implicación. En otras palabras, la res publica debe cuidarse mediante la práctica ciudadana que posibilita lo político como elemento de gestión de lo común. Desde este punto, una vez asimilada la realidad demócrata, la seguridad inunda la comunnitas, y se inaugura el instante pueril en el que se idealizan las posibilidades políticas.

Al mismo tiempo, debido a que se trata de una sociedad adolescente, se establece un espacio para el intrusismo y el aprovechamiento egoísta. Se posibilita la picaresca y el allanamiento del espacio público. En España, la prácticamente nula trayectoria de lo político, en su forma demócrata, mantiene la endogamia en la que los poderes públicos se confunden en un mismo grupo virtualmente homogéneo: la clase política que, lamentablemente, se entiende como enfrentada a lo ciudadano. Realmente se trata de una distinción espuria, pues, sin lugar a dudas, el ciudadano debe ser político en democracia, gracias al civismo y, por su parte, el político, no es más que un ciudadano que cumple con un cometido específico de proyección política. En otras palabras, la distinción entre la clase política y la ciudadanía establece un abismo insalvable que condiciona la vida comunitaria. Esta distinción artificial, tiene la posibilidad de ser instrumentalizada para, de esta manera, facilitar la irrupción del populismo. De hecho, asistimos impávidos a este fenómeno que introduce viejos actores políticos que viven en la abundancia de frustración generada por la grieta en lo político. Desde la frustración establecida por el abuso de lo común, por la acción de una clase política desmandada debido a la ausencia de tradición demócrata, se articula la salida populista que, a fin de cuentas, supone un ataque para la organización de lo común. Este movimiento se da desde el nihilismo y el vaciamiento producido por la destrucción de lo político que genera el abuso. Así, la falta de contenido implica un nuevo comienzo que no siempre resulta del todo conveniente y acorde a un proceso de madurez de lo político.

Se conforma de esta manera una jerarquización social. La naturalización de esta situación permite, en último término, que la persona pública, el ciudadano, asuma que este estatus no responde a ninguna esencia privativa sino que se trata de una posibilidad real en la que todos deben participar. La clase política, una vez que se sustrae el aura que le confiere una especie de realidad especial y superior, termina por trocar en algo accesible que, de hecho, necesita de la colaboración pública para llevar la gestión de lo común. Aquí se encuentra la piedra de toque para el avance, para la adecuada maduración de lo social teniendo en consideración el recorrido realizado y las etapas superadas. Se trata, por lo tanto, del demandado nuevo comienzo que instala en la communitas la participación cívica fundada en la convicción y en la asimilación de un espíritu democrático que requiere de un cuidado y fomento de todos los implicados y participantes.

En este punto se posibilita la madurez del sistema, se alcanza el momento en el que lo político se entiende como público y como necesitado del auxilio popular. La fórmula democrática, una vez que se aposenta de manera adecuada, se comprende como el mejor de los sistemas posibles, aunque, eso sí, implicado en la vida cívica del individuo que debe bregar para su mantenimiento.

Aquí está el primer paso: el punto de partida que desemboca en el nihilismo. La reflexión intelectual de tono crítico, establece una fractura que permite el vaciamiento por la saturación sufrida. La falta de revisión de lo comunitario provoca su degeneración, la caída en el vacío que puede ser aprovechada para el establecimiento de la novedad que, a fin de cuentas, no es más que el resultado de un enriquecimiento que culmina después de un recorrido errático en un nuevo comienzo. Así, la labor realizada por el aparato judicial en los últimos tiempos debiera interpretarse como un síntoma de crecimiento social.

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