La perspectiva nietzscheana de la Historia: apuntes y fragmentos

Necesitamos la historia, no como un «ocioso mimado en el jardín del saber», sino para la vida y la acción. Todos sufrimos una «fiebre histórica» y debemos reconocer que la sufrimos, con el fin de actuar contra y por encima de nuestro en favor de un tiempo futuro. El rebaño ignora lo que es el ayer y el hoy, atado a la inmediatez de su placer y su disgusto, a la estaca del momento presente. El animal es feliz porque olvida, vive de manera no histórica. El hombre no puede olvidar y depende siempre del pasado, intenta levantarse de su lastre.

Cuando aprende la palabra «fue», recuerda por medio de la lucha, el sufrimiento y el tedio lo que es su existencia: un imperfectum que nunca llega a realizarse de un modo completo. En las pequeñas y grandes dichas hay algo que hace que la felicidad sea tal: el poder olvidar, la capacidad de sentir de manera no histórica, abstrayéndose de toda duración. Quien es incapaz de instalarse, olvidando todo lo ya pasado, en el umbral del presente, quien es incapaz de permanecer erguido en un determinado punto, no sabrá lo que es la felicidad o, lo que es peor, no hará nunca nada que haga felices a los demás. El problema es que es imposible vivir sin olvidar: existe un grado de vigilia, de rumia, de sentido histórico, en el que se daña lo vivo para quedar destruido, tanto en un pueblo, en una cultura o en un hombre.

Para determinar ese grado y, sobre este fundamento, los límites en los que el pasado ha de olvidarse para no convertirse en sepulturero del presente, es preciso conocer el grado de fuerza plástica de un hombre, un pueblo o una cultura; esa fuerza para crecer por sí misma, de transformar y asimilar lo pasado y extraño, de sanar las heridas, de reemplazar lo perdido. Cuanto más poderosas son las raíces de la naturaleza más íntima de un hombre, tanto mayor cantidad de pasado logra apropiarse o apresar. Todo lo vivo solo puede ser sano, fuerte y productivo dentro de un horizonte. La buena conciencia y la alegría en el actuar depende, en el individuo y el pueblo, de que exista una frontera, un límite que separe aquello que es claro y capaz de ser abarcado desde una perspectiva de todo lo que es oscuro; pero también depende de que se sepa justa y oportunamente tanto qué olvidar como qué recordar. Lo ahistórico y lo histórico son en igual medida necesarios para la salud de un individuo, un pueblo o una cultura. La capacidad de poder sentir de manera no histórica es mucho más importante y originaria en la medida que constituye el fundamento sobre el que puede en general desarrollarse y crecer algo justo, sano y grande, auténticamente humano.

El exceso histórico hace que el hombre deje de serlo. El hombre que actúa siempre carece de conciencia, también desprovisto de la ayuda del saber, habrá de olvidar lo principal para centrarse en lo único que le importa y ser injusto frente a lo que permanece a su espalda sin reconocer más que un único derecho: lo que debe realizarse en ese momento. La historia es útil si se la concibe con claridad y en detalle; para darnos cuenta de que los mejores espíritus de la raza humana ignoran de qué modo tan arbitrario y casual su visión ha llegado a dar forma a lo que ven y a lo que exigen ver violentamente a cualquiera. Decimos «violentamente» porque la intensidad de su conciencia es excepcionalmente grande. Podría llamarse «suprahistórico» a este punto de vista, puesto que quien lo adopte no podría ya sentir completamente ninguna tentación de seguir viviendo y cooperando en la marcha de la historia, ya que habría reconocido finalmente la única condición de cualquier suceso histórico: la ceguera a injusticia de los hombres que actúan. Incluso se habría curado de la tentación de tomar a la historia demasiado en serio.

Por otra parte, la mirada fija en el pasado de los hombres históricos los empuja hacia el futuro, estimula su valor para medirse más tiempo con la vida, enciende en ellos la esperanza de que la justicia vendrá, de que la felicidad se encuentra tras la montaña a escalar. No saben hasta qué punto es ahistórica su manera de pensar y actuar en la historia y en qué medida su ocupación histórica no es un instrumento del conocimiento puro sino de la misma vida. El hombre suprahistórico no ve salvación en el proceso. Se adhiere a la siguiente tesis: el pasado y el presente son uno y el mismo, típicamente semejante en toda su diversidad y, como omnipresencia de tipos eternos, una estructura estática de valores inmutables y de eterno significado. No nos importaría, por tanto, ser inferiores a los hombres suprahistóricos, poseedores de gran sabiduría y a la vez tan saturados de hastío vitral, porque mientras pudiéramos estar seguros de poseer más vida que ellos nuestra ignorancia tendría de cualquier modo mucho más futuro que toda su sabiduría.

La historia, pensada como ciencia pura y convertida en soberana, sería para la humanidad una especie de conclusión de la vida, un ajuste final de cuentas. La historia, en la medida en que sirve a la vida, está al servicio de un poder no histórico y, por tanto, en esta subordinación, no puede ni debe ser una ciencia pura como las matemáticas. Que la vida necesita el servicio de la historia es algo que debe comprenderse como la tesis de que un exceso de historia daña lo viviente. La historia pertenece sobre todo al que quiere actuar, al poderoso, a aquel que mantiene una gran lucha y necesita modelos, maestros o consuelo, mientras que, paralelamente, no es capaz de encontrarlos ni entre sus camaradas ni en su presente. Así, mediante la utilización de la historia, logra escapar de la resignación.

Historia monumental: Cuando lo más vivo, claro y grande para mí son los grandes momentos en la lucha de los individuos, es un pensamiento que tiene su correspondencia en la exigencia de una historia monumental. ¿De qué forma sirve al hombre del presente la consideración monumental del pasado, la ocupación con lo clásico e infrecuente de tiempos anteriores? Extrae de ella la idea de que lo grande alguna vez existió, de que fue posible y por lo tanto quizá sea posible de nuevo. Sin embargo, con cuánta violencia hay que obligar a la singularidad del pasado a subsumirse dentro de un esquema general y quebrar así sus asperezas y líneas precisas en aras de una armonía. Por lo tanto, podría llamarse a la historia monumental, en tanto que prescinde en lo posible de las causas, de una colección de «efectos en sí» o de acontecimientos que tendrían efecto en todas las épocas.

Mientras el alma de la historiografía resida en las grandes iniciativas que un hombre poderoso puede extraer de ella, mientras el pasado tenga que ser descrito como algo digno de ser imitado, como imitable y posible por segunda vez, corre el peligro de ser torcido un poco, de ser embellecido y así aproximado a la libre invención. Cuando la consideración monumental del pasado domina sobre las otras maneras de considerar la historia, esto es, la anticuaria y la crítica, sufre el pasado de ese mismo daño: grandes partes de este se olvidan, se desprecian, constituyéndose algo parecido a una corriente gris continua en la que sólo hechos particulares previamente adornados se alzan como archipiélagos aislados. La historia monumental engaña a través de analogías: atrae al hombre poderoso a la temeridad y al entusiasta al fanatismo.

Los auténticamente veraces de la historia monumental son aquellos que son capaces de aprender para la vida y traducir lo que han aprendido en una práctica más elevada. Recibirá críticas, pues el creador siempre ha estado en desventaja frente a quien sólo ha observado como espectador sin ponerse manos a la obra. Todo el arte aún no monumental, por actual, carece de necesidad en primer lugar; en segundo, de pura inclinación; en tercer lugar, de esa autoridad de la historia. El inmovilista afirma: «¡mirad, lo grande ya está ahí!», pero en realidad lo grande que ya está ahí le importa tan poco como lo que pueda volver a surgir. De esto da testimonio su vida. Por esto, la historia monumental no es sino la máscara bajo la que en él su odio hacia lo poderoso y grande de su tiempo se hace pasar por la satisfecha veneración de lo poderoso y grande de épocas pasadas. Parece que su lema fuese: «dejad a los muertos enterrar a los vivos».

Historia anticuaria: Lo pequeño, lo limitado, lo caduco y lo caído en desuso recibe su propia dignidad e inviolabilidad en la medida que el alma conservadora y veneradora del anticuario se traslada a estas cosas y en ellas prepara un nido acogedor. La historia de su ciudad se convierte para él en su propia historia. Con este «nosotros» se mira por encima de la vida efímera, curiosa e individual para sentirse dentro del espíritu de la casa, su generación, su ciudad. Ocasionalmente hasta saludará el alma de su pueblo como su propia alma. El placer que el árbol siente en sus raíces, el gozo de no saberse mero producto de la arbitrariedad y de la contingencia, sino flor y fruto que ha crecido de un pasado que justifica su existencia: he aquí lo que ahora se define como sentido histórico.

No obstante, en este estado el hombre no estaría más capacitado para descomponer científicamente el pasado. El pasado mismo sufre tan pronto como la historia sirve a la vida y es dominada por impulsos vitales. El árbol siente sus raíces más de lo que puede verlas, pero este sentimiento mide toda su grandeza según la grandeza y fuerza de sus ramas visibles. El sentido anticuario de un hombre, de una comunidad o de todo un pueblo posee siempre un limitado campo de visión. No percibe la mayor parte de las cosas y atribuye a lo singular una importancia excesiva. No existen para las cosas del pasado ni diferencias de valor ni proporciones que las juzguen comparativamente, sino siempre solo dimensiones y proporciones de las cosas del pasado en referencia al individuo o pueblo que mira hacia atrás bajo la perspectiva anticuaria. He aquí un gran peligro: llega un momento en el que todo lo viejo y lo pasado que entra en esta perspectiva se toma como igualmente digno de veneración, repudiándose y desechándose sin respeto todo lo que no reconoce el carácter venerable de lo viejo. Es un proceso de osificación.

Cuando se petrifica el sentido de un pueblo de tal modo, cuando la historia sirve a la vida pasada socavando la vida posterior y suprema, cuando el sentido histórico no conserva ya la vida, sino que la momifica, entonces muere el árbol de manera antinatural. La historia anticuaria se petrifica justamente en el momento en que la frescura vital del presente ha dejado de animarla y entusiasmarla. La historia anticuaria únicamente es capaz y entiende de conservar la vida, pero no de engendrarla. Se necesita aquí un impulso, una voluntad de poder, que no se encuentra en esta perspectiva.

Historia crítica: lleva el pasado a juicio para finalmente condenarlo. Su sentencia, la de la vida, es siempre implacable, siempre injusta, porque nunca ha fluido de ninguna fuente pura del conocimiento. Considerar críticamente el pasado mientras sus raíces son aniquiladas, pasando cruelmente por encima de cualquier tipo de piedad, no deja de ser un proceso peligroso: en la medida en que somos el resultado de generaciones anteriores, también somos el resultado de sus aberraciones, pasiones y errores, no es posible liberarse completamente de esta cadena. Llegamos a una lucha pues entre naturaleza heredada y precedente y nuestro conocimiento, tal vez también a una lucha entre una nueva y rigurosa disciplina y lo heredado y aprendido del pasado; plantamos una nueva costumbre, un nuevo instinto, una segunda naturaleza, y de este modo la primera termina por atrofiarse. Se trata del intento de darse a posteriori un pasado del que se quiera proceder frente al pasado del que se procede. Para los luchadores, para los que se sirven de la historia crítica, no deja de existir un consuelo singular saber efectivamente que esa primera naturaleza alguna vez fue una segunda naturaleza y que cualquiera segunda naturaleza triunfante también será algún día primera.

Se ha interpuesto un astro deslumbrante que ha transformado la constelación: a causa de la ciencia, a causa de la exigencia de que la historia debe ser ciencia. Ninguna generación hasta ahora ha percibido un espectáculo como este que ofrece ahora la ciencia del devenir universal, por otro lado, tan imposible de apresar con la mirada. El hombre actual está lleno de conocimiento, como piedras que crujen en su estómago: este crujir delata la propiedad más característica del hombre moderno, el contraste entre un mundo interior al que no corresponde ningún tipo de exterioridad y una exterioridad a la que no corresponde ningún mundo interior, una contraposición desconocida en los pueblos antiguos. El conocimiento que se toma en exceso, sin hambre, incluso sin necesidades, deja ya de obrar como un motivo transformador que impulsa hacia afuera y permanece oculto en un mundo interior ciertamente caótico. El proceso interior es ahora el asunto mismo, la formación propiamente dicha.

Nosotros los modernos no tenemos nada propio: solo llenándonos hasta el exceso de tiempos antiguos llegamos a ser algo dignos de consideración, como enciclopedias ambulantes. Toda la formación moderna es esencialmente interior. Esto da lugar a que se origine el hábito de dejar ya de tomar las cosas en serio, una débil personalidad en virtud de la cual lo real, lo existente, solo causa una leve impresión. El pueblo denominado culto debe ser en cualquier tipo de realidad una unidad viviente y no disociarse miserablemente entre un interior y un exterior, un contenido y una forma. Asimismo, se atreverá a reflexionar sobre el modo de restablecer la salud de un pueblo trastornado por la historia y sobre la manera de volver a encontrar sus instintos y con ello, su honradez.

Todos los hombres siguen su propia voluntad, pero no una voluntad fuerte, rica en reflexiones, sino de acuerdo con las leyes prescritas, por un lado, por la precipitación general, y por otro, con la búsqueda general de comodidades. Existe un peligro famoso en esta interioridad: el peligro de que el contenido mismo que se supone que no puede ser visto completamente pueda en algún momento evaporarse; externamente nadie se daría cuenta de esto ni de su anterior existencia. La acción visible no manifiesta la totalidad y la autorrevelación de esta interioridad, sino tan sólo una tentativa débil y torpe de alguna de estas fibras por querer aparentemente valer como totalidad.

La sobresaturación histórica de una época es peligrosa y enemiga de la vida: provoca un contraste entre lo interior y exterior, da origen a la creencia de poseer la virtud del sentido de la justicia en un grado superior al de otras épocas, se impide llegar a la madurez al individuo, cae en una actitud irónica hacia sí misma y deviene cinismo, que destruye la vida. El hombre moderno padece de personalidad debilitada, se ha convertido en un espectador, ha perdido su instinto, ya no puede, confiando en el “animal divino” dejar más las riendas cuando su entendimiento vacile. Se vuelve pusilánime e inseguro, deja de creer en sí mismo y se hunde en su ensimismamiento, en su mundo interior, lo que significa que del amontonado caos del que aprende no resulta ninguna acción hacia el exterior. Lo que se enseña no se transforma en vida.

La formación histórica y la chaqueta del burgués universal dominan simultáneamente. Lo cierto es que no se ven personalidades ni libres, sino hombres cubiertos tras la categoría de lo universal. El individuo se ha replegado a su interioridad, ya no se descubre ni rastro fuera de él. Parece que su única tarea fuera vigilar y custodiar la historia para que sólo pudieran salir de ella nada más que historias, pero ningún acontecimiento, y evitar así que las personalidades llegasen a libres, verídicas consigo mismas y con los demás, tanto en la palabra como en los hechos. En este mundo de obligada uniformidad exterior nadie se atreve a cumplir la ley de la filosofía consigo mismo, nadie vive filosóficamente. Hoy todo filosofar moderno está limitado de forma en apariencia erudita, policial y políticamente, por gobiernos, iglesias, academias, costumbres y por la propia cobardía de los hombres. Todo se reduce al suspiro: «ojalá» o al conocimiento «érase una vez».

Se piensa, se escribe, se publica, se habla y se enseña filosofía; dentro de este límite todo se permite, aunque sólo en el ámbito de los negocios; en la vida, por el contrario, todo sucede de manera diferente: aquí solo una cosa se permite, mientras que todo lo demás sencillamente es imposible, pues así lo requiere la formación histórica. Solo las personalidades fuertes pueden soportar la historia, los débiles son barridos completamente por ella. Quien no se atreve ya más a confiar en sí mismo e involuntariamente pide consejo a la historia para comprender sus sentimientos (¿cómo me debo sentir aquí?) se convertirá poco a poco en un actor que representa un papel. Gradualmente desaparece así toda posible congruencia entre el hombre y su ánimo histórico. Es totalmente indiferente lo que persigamos con tal de que la misma historia quede preservada como algo agradable y objetivo, en realidad por gentes que no pueden por sí mismos hacer historia. Precisamente en este desenfreno de efusividad crítica, en esa falta de dominio sobre ellos mismos, en eso que los romanos llamaban impotentia, se revela la debilidad de la persona moderna.

Los historiadores ingenuos denominan «objetividad» a medir las opiniones y las acciones del pasado desde las opiniones comunes del momento presente: aquí ellos encuentran el canon de todas las verdades. Su trabajo es adaptar el pasado a la trivialidad del tiempo presente mientras llaman «subjetiva» a cualquier historiografía que no tome como canónicas aquellas opiniones comunes y normales. Es mera superstición creer que la imagen que las cosas muestran en un hombre inmerso en tal estado reproduciría fielmente la esencia empírica de las cosas. ¿Qué es la historia sino la forma en la que el espíritu del hombre se mide con los acontecimientos que le son incomprensibles, une elementos que no se sabe si guardan relación, sustituye lo incomprensible por algo comprensible, introduce sus conceptos de una finalidad externamente orientada en un conjunto que seguramente solo admite finalidades internas y finalmente supone la mano del azar donde seguramente actuaron miles de pequeñas causas?

Solo desde la fuerza más poderosa del presente tenéis derecho de interpretar el pasado, solo a través del máximo esfuerzo de vuestras propiedades más nobles adivinaréis lo que es digno de saberse del pasado, lo que es digno de ser conservado y lo que es grande. Lo semejante se descubre por medio de lo semejante. De lo contrario, rebajaréis el pasado a vuestro nivel. La historia es escrita por el hombre experimentado y reflexivo. Mirando hacia adelante, marcando una gran meta, dominaréis al mismo tiempo ese impulso analítico que devasta vuestro presente e imposibilita cualquier tranquilidad, cualquier crecimiento y maduración. El supremo imperativo es alcanzar la madurez y huir de esa impuesta educación paralizante de nuestro tiempo, que precisamente concibe su utilidad en impediros alcanzar dicha madurez con el fin de dominar y explotar a los inmaduros.

Se produce una popularización e infantilización de la ciencia, lo cual no es otra cosa que ajustar el traje de la ciencia al cuerpo del público medio. La historia tiene que solucionar el mismo problema de la historia, el saber tiene que volver contra sí mismo su propio aguijón. Este triple «tiene que» es el imperativo del espíritu del nuevo tiempo, si es que en este realmente hay algo nuevo, poderoso, prometedor u original. Nuestra más noble recompensa sería la de imponernos ahora la tarea de aspirar a retroceder más allá y detrás de este mundo alejandrino y buscar nuestros modelos por medio de una mirada valiente en el mundo originario de la Antigüedad clásica, de lo excelso, lo natural y lo humano. Allí encontraremos la realidad de una formación especialmente ahistórica, una formación rica y llena de vitalidad.

Creo que en este siglo no ha existido ninguna variación o giro peligroso de la formación alemana que no se haya vuelto peligroso a raíz de la influencia de la filosofía hegeliana, la creencia de ser un vástago tardío de los tiempos, cuando toda la miseria conocida se eleva a la consumación y cumplimiento de la historia universal. Semejante modo de considerar las cosas ha acostumbrado a los alemanes a hablar de «proceso universal» y a justificar su propia época como el resultado necesario de este «proceso del mundo». Hegel habría tenido que decir que todas las cosas que vinieran detrás de él tendrían propiamente que valorarse solo como mera coda musical del rondó histórico-universal. Quien ya ha aprendido a doblar su espalda y asentir al poder de la historia termina por otorgar un sí mecánico a cualquier poder, sea este un gobierno, una opinión pública o una mayoría, al compás de cualquier poder. ¡Cuánto se engañaría el que considerara la historia como juez de esta inmoralidad de lo dado!

Al lado del hombre moderno se encuentra su ironía sobre sí mismo, su conciencia de vivir en un estado de ánimo historicista y crepuscular, su miedo a no poder salvar completamente nada de sus esperanzas y fuerzas de su juventud en el futuro. Se llega aún más lejos: al cinismo. Pregúntate para qué existes tú, el individuo, y si nadie puede decírtelo, entonces intenta en algún momento justificar el sentimiento de tu existencia a posteriori, fijando una finalidad, una meta, un «para esto» elevado y noble. Y perece en el intento. Para comenzar a despejar el terreno de estas creaciones se siguen escribiendo y buscando las leyes de la historia desde el punto de vista de las necesidades derivadas de las masas, según las leyes del movimiento de las capas más bajas. Las masas solo son modelo en tres sentidos: como copias borrosas de los grandes hombres, como resistencia frente a lo grande, como instrumento de lo grande. ¿Cómo que hay leyes en la historia, según demuestran las estadísticas? ¿Leyes? Sí, pero lo que demuestran no es sino lo general y angustiosamente uniforme que es la masa.

Es esta historia la que más se aprecia hoy en día: la que toma los grandes impulsos y fuerzas de las masas como el elemento histórico más importante y fundamental y considera a todos los grandes hombres solo como su más clara expresión. Lo grande no debe depender del éxito. Al Estado corresponde toda una particularmente importante misión dentro de este sistema universal de egoísmos a fundar: debe convertirse en el patrono de todos los egoísmos inteligentes para protegerlos con su poder militar y policial de todas las irrupciones de egoísmos no inteligentes. Defenderemos nuestra juventud de los iconoclastas esforzados en destruir las imágenes del futuro. En esta lucha tendremos que hacer una comprobación terrible: que los excesos del sentido histórico que padece el presente se fomentan, animan y utilizan intencionadamente. Se utilizan estos excesos frente a la juventud con el fin de domarla.

El deseo del alemán de experimentar algo por sí mismo y de sentir crecer dentro de sí un sistema vital relacionado con las propias experiencias queda aturdido y anestesiado por la ilusión. Deambula por las galerías en lugar de acudir al taller de la única maestra real: la naturaleza. Imposible la rebelión contra el pasado, imposible oponerse a la obra de los dioses. La creencia en la aeterna veritas de este orden es el fundamento de la nueva educación y de ese Estado. El alemán no posee cultura porque su educación se lo impide. Está incapacitado para la vida. Así se le asegura el «ser« vacío, no la vida verde y plena. Mi sensación originaria me garantiza solo que soy un ser pensante, no que soy un ser viviente, que no soy un animal sino un cogito. «¡Dadme primero vida, y os crearé a partir de ella una cultura!», afirma Nietzsche.

El exceso de historia ha debilitado la fuerza plástica de la vida, porque ha dejado de comprender el servicio del pasado como un alimento vigorizante. Los medios contra lo histórico se llaman lo ahistórico y lo suprahistórico. Con el término de «lo ahistórico» se denomina el arte y la fuerza de poder olvidar y encerrarse en un horizonte determinado; «lo suprahistórico» son los poderes que desvían la mirada de lo que meramente deviene, dirigiéndola a lo que da a la existencia el carácter de lo eterno e idéntico, hacia el arte y la religión. La vida es el poder máximo, dominante, porque un conocimiento que destruye la vida acabaría consigo. El conocimiento presupone la vida.

«Conócete a ti mismo» es una sentencia difícil, pues el dios délfico no proclama ni oculta nada, solo indica, como decía Heráclito. ¿A dónde apunta? Hubo siglos en los que los griegos se encontraron con un peligro semejante al que nosotros nos encontramos: el de perecer por la inundación de lo extraño y pasado en la historia. Sin embargo, nunca vivieron en orgullosa inaccesibilidad: su cultura fue más bien un caos de formas extranjeras. Pese a ello, la cultura helénica no se convirtió en un mero agregado de cosas dispersas, gracias a la máxima apolínea. Los griegos aprendieron a organizar el caos. Dejaron que sus necesidades aparentes se extinguieran y tomaron posesión de sí mismos. Cada cual ha de organizar el caos que lleva dentro de sí para llegar a reflexionar sobre sus auténticas necesidades. Así se revelará el concepto griego de cultura, como una nueva y mejorada physis, sin interior ni exterior, sin fingimiento ni convencionalismos; la cultura como homogeneidad entre vida, pensamiento, apariencia y voluntad.

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