La construcción del sujeto

 

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La elaboración del yo se me antoja un proceso prácticamente alquímico en el que los ingredientes mezclan y maceran hasta conseguir una mezcla de la que surge el individuo. Supone un proceso ininterrumpido que, de hecho, tiene un cariz vital, pues de manera inequívoca implica todo el devenir de la persona. Para llevar a término este constructo que es el yo se necesita de un referente que viene dado por la alteridad. El otro en oposición supone el punto de partida, la piedra de toque y el instrumento para mejorar la propia realidad particular; es imprescindible esta referencia para lograr el desarrollo de lo propio. Sin la vida en sociedad, sin el conflicto y el espacio derivado de lo político no sería posible el pleno crecimiento personal debido, entre otros motivos, a la falta de referentes culturales, personales y artísticos que terminan por configurar lo humano en toda su magnitud. Es una realidad patente el hecho de que un desarrollo del infante, al margen de lo social, del otro en oposición y como referente, supone una fuente de numerosos problemas y desórdenes psíquicos estudiados desde hace tiempo.

Este camino vital viene dado, como ya ha quedado dicho, por la referencia constante que supone el otro. De este modo, se van estableciendo fases que, a modo de metáfora, pueden entenderse como los círculos concéntricos de una diana. El centro va rodeándose de manera paulatina por una circunferencia cada vez más amplia y colorida que hace del juego algo más completo. Sin cobertura conformada, al modo de una cebolla, por pieles cada vez más alejadas del corazón, el centro quedaría desprotegido y abandonado a su suerte. Podría decirse, que cada experiencia amplía el espectro del sujeto haciéndole poseedor de un registro más variado y profundo que lidia con situaciones de todo tipo. Se logra, por esta vía, una mayor flexibilidad que hace del individuo un ser arrojado a lo común y en conflicto creativo con el sujeto con el que comparte el espacio comunitario. El yo necesita de este sustento, de esta experiencia múltiple que le enriquece y prepara para la vida en conflicto político.

Se van quemando fases que permiten este crecimiento concéntrico marcado por la oposición. El primer paso se produce en la infancia con un espacio cercano que arropa al yo en el círculo de la familia. Se trata de un momento primitivo donde lo común, en el que ya se produce el choque pareceres y posturas, permite preparar al individuo para el siguiente escalón que viene a marcar el estadio posterior. Este suele producirse en la adolescencia, cuando se choca con el reducto en el que se encontraba, cuando necesita desperezarse y abrirse camino hacia el exterior dándose de bruces con la realidad comunitaria. En este punto, se producen los primeros desengaños y problemas por la fricción mal gestionada por un yo en construcción que aún no sabe lidiar con el mundo exterior, con la realidad circundante en la que una vorágine de voluntades en desarrollo acaba por confluir en un mismo espacio. Esto, desde luego, supone un problema al que debe enfrentarse el individuo que acaba por tallar el proyecto que implica la vida del sujeto en su forma personal. Por fin, como última parada en este trayecto de elaboración de la persona se ingresa en lo político, en lo comunitario donde el conflicto se intensifica y el yo se publicita. Este paso hacia lo común implica la proyección de lo privado hacia lo público partiendo del ámbito personal en trance con la alteridad.

En el enfrentamiento con la alteridad, se forja el yo como némesis del otro que apuntala o genera el andamiaje individual. Aquí, por supuesto, según se va avanzando por los círculos concéntricos que constituyen el devenir vital, nace la reyerta. Lo político y comunitario implica, en consecuencia, un enfrentamiento que termina por definir el espacio compartido en base a la oposición entre el yo y el otro. Este encuentro, o desencuentro, marca la communitas como el espacio en el que confluyen los intereses propios en discrepancia con los de los demás. Por este motivo, el ingreso en lo político implica esta preparación progresiva desplegada en la vida.

¿Qué sucede en la contemporaneidad? El presente, establecido desde una lógica empresarial, marca como esencial un pragmatismo científico-técnico que ha terminado por invadir la génesis del yo. Los círculos concéntricos señalados con anterioridad quedan anulados desde el momento en el que las redes sociales y los modelos de entretenimiento masivos invaden lo privado. Se ofrece, por tanto, una imagen adulterada del otro, de la alteridad. El relato de lo comunitario se ve desgajado de la profundidad que implica lo política y se queda en lo superficial; en lo vacío sin contenido.

El reflejo devuelto por el universo virtual, por la alteridad posmoderna, no conecta con lo común sino con el imaginario de lo común. Se abre, por esta vía, una sima infranqueable entre el ciudadano y su función cívica en el ámbito de lo público. Este accidente geográfico, que implica un alejamiento, es horadado por la imagen alterada que se obtiene desde la alteridad. Lo que realmente ocurre es que este espacio virtual es elegido por cada cual en base a intereses particulares, no existe una comunidad real sino pequeños fortines de opinión en los que no se admite la disidencia ni la discrepancia; estas posibilidades son entendidas como un desafío destructivo y no como una fuente de riqueza por medio de la oposición dialéctica. Por este motivo, debido a que se evita el conflicto, lo político acaba por diluirse en esta construcción de la alteridad marcada por la cadencia digital y el aislamiento del yo.

 

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