La violencia como terror-espectáculo para la integración

cuadro-terrorismo

La democratización del acceso a los recursos audiovisuales ha forjado un aparente repunte de la violencia en sociedad. Da la impresión, por el retrato ofrecido por los medios audiovisuales y redes sociales, que el choque entre facciones e individuos se ha tornado habitual. No obstante, el día a día cotidiano ofrece otra lectura y no parece hacerse notar este exabrupto comunitario en forma de agresión constante y desmedida.

Lo que sí ha sucedido, dado el acceso al mundo virtual desde cualquier teléfono móvil, es que la agresión y el terrorismo se han vuelto más visibles y resulta ensordecedora la cacofonía que genera este tipo de acciones que, si bien muestran una tendencia, deben considerarse como algo excepcional al margen de las comunidades actuales. Con todo, lo que sí está alterándose es el tratamiento y asimilación que se realiza de esta realidad. No termina de naturalizarse el hecho de que existe un terror espectáculo instrumentalizado para la dirección social. Los movimientos populistas o extremistas que están proliferando en Occidente favoreciendo la exclusión y la inmunización se desarrollan a la sombra de esta situación; aunque, más bien, progresan en virtud de la manipulación establecida desde la opinión pública sometida a un determinado tipo de facciones. Las víctimas por conflictos y enfrentamientos han disminuido, al menos en Occidente, en términos absolutos. Ahora bien, la que se ha visto vapuleada es la cotidianidad.

El mundo físico ha sido trascendido, ya no resulta el referente al que aferrarse y da la impresión de que la realidad digital ha adquirido más presencia que la circunstancia más inmediata. La interconexión y la inmediatez es lo que prima y, siguiendo este esquema extraído de la lógica empresarial, hoy la noticia implica el automatismo que viene dado desde el entramado digital. El apetito por la crónica de sucesos es imparable y el morbo público debe ser alimentado pantagruélicamente. Se está estableciendo una sociedad del miedo que mueve lo político en base a la amenaza invisible que se cierne sobre la comunidad. Por esta vía se refuerza la inmmunitas, aunque sobre un fundamento falaz que se vuelve veraz a fuerza de repetición; no porque exista un peligro real para la sociedad en su conjunto.

Ahora bien, el terror actual ya no está deslocalizado y ha regresado al punto de partida. De alguna forma, la aceleración contemporánea ha establecido un espacio de ruptura en el que el conflicto de lo político, en su sentido moderno, ha fracturado y ha trocado otra realidad que todavía no termina de entenderse. La comunidad siempre oscila sobre la violencia, la política no es más que una vía para domesticarla y hacerla asumible en un espacio común. Sin embargo, la discordia generada ha establecido un abismo insalvable entre la población y el miedo virtual que se ha forjado dando posibilidad para la manipulación del electorado.

Dice mucho del presente el hecho de la violencia se ha asimilado como algo que acompaña a la creación de nichos sociales muy particulares. Es decir, hoy por hoy parece vincularse la agresión con distintos perfiles que van desde lo deportivo hasta lo político, sin dejar al margen lo religioso. La imagen devuelta desde los mass media es la de una sociedad enferma en la que se ha asumido la intimidación como un medio de relación que permite, por añadidura, la identificación con un determinado nicho comunitario. En otras palabras, ya no se trata de algo residual y reservado para los excluidos y marginados: el uso del terrorismo, en mayor o menor escala, se ha convertido en una herramienta a la que se accede por los cauces democráticos empleados para la dirección de lo social. Verbigracia, no hay manifestación actual en la que no exista un grupo de exaltados que termine enfrentándose con los cuerpos de seguridad del Estado. Finalmente, lo que queda no es propósito de la protesta sino el terror que se ha tornado espectáculo gracias a las redes sociales.

Del otro lado, la violencia verbal, ajena a lo políticamente correcto, parece ser atacada de manera recurrente por el aparato judicial. En este sentido, se persigue el tono agresivo que sobrevuela las redes sociales para mantener una corrección que no invite a la agresión o al abuso sobre ciertos colectivos aparentemente desprotegidos. La realidad es otra; lo que realmente sucede es que se asiste a una censura tácita, aunque, de otro lado, se fomente la provocación debido al bombardeo de imágenes cargadas de fanatismo que asaltan a la ciudadanía. En este caso, soy de la opinión de que la violencia llama a la violencia resultando imprescindible el control de esta situación.

Tal y como trató Hannah Arendt, se asiste a una banalización del terror que termina por convertirlo en una tendencia chic o inclusiva para ciertos grupos sociales marginados. El terrorismo actual, de supuesto corte religioso, no es más que otro elemento político que, lejos de intentar la creación de una determinado tendencia o conciencia ideológica, supone el refugio para los desheredados que viven en los márgenes de la communitas. Se convierte, gracias a este uso que se realiza de la agresión, en un componente integrador que permite sentir la confortabilidad de la vida en sociedad en el seno de una organización con una reglamentación determinada. Cómo ha logrado este éxito; muy sencillo, se ha convertido en un terror-espectáculo que hace uso de técnicas cinematográficas y publicitarias para lograr el fin que se ha propuesto. El mensaje, realmente vulgar y carente de inteligencia, cala de manera efectiva por el simple hecho de estar adornado por un montaje y unos efectos que imitan a las grandes producciones de cine y televisión. No deja de resultar paradójico que el islamismo radical contrario a lo occidental se nutra de sus mismas técnicas fundadas en la lógica empresarial para alcanzar sus objetivos.

Esta última reflexión lleva el razonamiento al punto de partida: mientras desde medios informativos y redes sociales, hábilmente instrumentalizadas por extremismos y radicalismos, se llama a la exclusión para evitar la agresión externa, lo que realmente está sucediendo es que el enemigo es interno. Y, en este sentido, no hago referencia a grupos aislados insertos en la sociedad. Lo que quiero denunciar es la enfermedad y declive de la comunidad occidental que genera y alimenta estas excrecencias que ella misma produce. Mientras se mantenga el orden global actual que deja de lado a grandes grupos sociales, el populismo, la agresividad y el fanatismo más ramplón seguirán presentes.

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