Filosofías helenísticas: el escepticismo

Más importante aún que la obra de Pirrón es su legado, el constructo resultante, que plantea argumentos frente a las dos tendencias anteriores. El primero es el de la indiferencia de las cosas. No es problema del razonamiento humano, sino de la constitución misma de las entidades, lo que impide otorgarles estabilidad y lo que hace imposible que el juicio pueda denotar un mundo de cosas. En la medida en que son las cosas mismas las que no se mantienen estables y tienen la variabilidad como estatuto de su propia naturaleza, no permiten otorgar confianza a ninguna de las proposiciones que han de hacerse cargo de ellas. Por ello es mejor no hablar de las cosas y no emitir opiniones.

Los conceptos de afasia, no hablar, y adoxía, el no tener opiniones. Nuestros enunciados no pueden denotar a un mundo exterior que pueda tener la misma fijeza que el lenguaje. Aristóteles replica que el azar referencial es la condición para crear comunidades, a lo que Pirrón contesta que lo que está en cuestión no es la posibilidad del lenguaje comunicacional, sino que donde debe ponerse el acento es en la determinación referencial, en ese punto exacto del lenguaje. Claro que se puede crear una comunidad: otra cosa es que su lenguaje pueda tener la posibilidad de referirse a sí mismo con carácter de mención. No podemos hablar de un lenguaje que refiera al mundo, por lo que cada comunidad tendrá su propio lenguaje. Es propio de la sabiduría, por ello, no tener opiniones, no creer que cualquier opinión que replique una comunidad pueda ser pensado como algo a lo que corresponda la verdad. Adoxía es no comprometerse con las opiniones. Ambos conceptos rectifican el juicio aristotélico.

Estos conceptos llevan a dos actitudes: la apatía, la pérdida del apasionamiento y la suspensión del compromiso; la ataraxia, la imperturbabilidad, causa de la felicidad. En la medida en que uno no se compromete. No se puede afirmar la verdad, pero tampoco la falsedad, no por una carencia de la razón humana, sino porque ese defecto está en el modo de ser de las cosas; porque nada, salvo la posibilidad de emitir juicios, nos lleva a ver, a notar que las cosas sean constantes, que se manifiesten incambiables, que tengan algún tipo de homogeneidad. Lo que aparece a nuestro alrededor es lo contrario: una variabilidad que se refleja en el mundo de los enunciados, en el hecho de que cada comunidad humana refleja de un modo distinto las cosas, las presenta a una luz diferente, las objetiva de un modo distinto. Aquí se aprecia cierta conexión entre el pirronismo y la sofística.

Pirrón afirma que debemos atenernos a las convenciones del mundo humano, limitando cualquier imperialismo o totalización de las referencias de esa comunidad, y planteando que esta relativización nos deja penetrar por ese Otro absoluto del hombre que es la divinidad. Es una forma de misticismo negativo, basado en una teología negativa. Lo importante es ver como este magma de tópicos en el que se razona con la desconfianza en los enunciados o en la verdad referencial para hacer un discurso místico, en este concepto hay centrar la atención en un acontecimiento que determina la construcción de la figura histórica del escepticismo: el golpe de mano anti-estoico de Arcesilao.

Arcesilao recurrió a una doctrina que pudiera enfrentar al mundo del estoicismo, y para ello echa mano del pirronismo y empieza a construir el escepticismo. Dirigió su crítica al núcleo de identidad del estoicismo: la posibilidad de establecer un criterio potente de verdad, unido a la fantasía kataleptiké. Su fondo sustantivo es la capacidad de la imaginación de construir concepto, por ello hay que distinguir entre sensaciones y el punto de esas sensaciones.

Así, el asentimiento es verdadero cuando el modo en el que cubre el mundo de las sensaciones se hace evidente. La constancia de las sensaciones o el valor regular de ciertas conductas tal como se perciben, lleva a que la imaginación pueda cubrir con un solo acto de asentimiento un conjunto de acciones diferenciadas con un denominador común. Es en la fantasía kataleptiké donde Arcesilao pone un argumento pirrónico: no otorgar confianza a las percepciones.

La catalepsis estoica presupone que hay un elemento de realidad en la afirmación, que cuando el juicio afirma y da su asentimiento a una construcción de la imaginación, el estoico supone que ese asentimiento no aporta nada nuevo a aquello que es afirmado, sencillamente se hace cargo de una operación de la imaginación. La fantasía kataleptiké funciona mientras la afirmación se limite a tomar nota de aquello que la fantasía nos propone: la eliminación de las diferencias y la constatación de las identidades. Ahí es donde Arcesilao afirma que una cosa es el mundo de las afirmaciones que nos lleva siempre a lo convencional, comunitario, a lo determinado por un lenguaje compartido, y otro es el mundo de las apariencias que nos lleva a lo contrario, al reconocimiento de la diferencia entre las comunidades.

Esto había llevado a Pirrón a la adoxía y la afasia. Pues bien, esto dos puntos resuenan de nuevo en Arcesilao: si lo que hace la fantasía kataleptiké es prestar su asentimiento a un esquema que le proporciona la imaginación, nada hace suponer que ese esquema sea el mismo en todas las formas de mención de los mismos fenómenos por parte de comunidades diferentes. Luego la fantasía kataleptiké es un hecho convencional. No es un hecho de verdad. Solo nos lleva a descubrir el modo en que actúan las comunidades humanas, luego es imprescindible hacer lo que hace el estoico para todo aquello en lo que no tiene una fantasía kataleptiké: dejar el resto en epojé, entre paréntesis, para poder seguir avanzando. Esta eliminación de lastres daba poder al estoicismo y ahí es donde Arcesilao propone un freno.

Lo puesto por los estoicos entre paréntesis es proyectable a la totalidad de las enunciaciones que remiten a la posibilidad de referir el mundo. Porque la fantasía kataleptiké no es otra cosa que una convención comunitaria. Hay que plantear la epojé para toda operación del sentimiento, por lo que queda paralizada la posibilidad de un criterio de verdad. ¿Se destruye así la idea del acceso a la sabiduría? La Academia Media plantea un mundo del asentimiento y un mundo de la realidad, que es donde hay que poner la epojé. Solo es confiable el mundo del juicio, de modo que debemos acostumbrarnos a vivir en el interior de una comunidad del lenguaje en el que la competencia vendrá dada por un criterio que no es el de la verdad sino el de la razonabilidad, la eulogía.

Desde ahí podemos hacer un cálculo de lo que es más o menos razonable, renunciando a lo que es o no verdad; siendo así que lo más o menos razonable es lo que proporciona más ventajas, lo que es más útil, lo que resulta más persuasivo en las distintas comunidades que habitamos. Esto traza un vector estricto de nuestra contemporaneidad. Todas las posiciones que no tienen seguridad a propósito de la verdad no por eso se ven obligadas a caer en un relativismo estricto, sino que puede apostar por la eulogía, por un juicio de razonabilidad que permite la comparación en el nivel del razonamiento persuasivo respecto a las conductas, costumbres y partes de una comunidad, o respecto a las comunidades. Llevamos la discusión al terreno de lo inteligible.

Esto es lo que dice Arcesilao: ya que no es posible hablar en términos de conocimiento, hablaremos en términos de acciones. Es el cumplimiento de ciertos deberes lo que orienta nuestros juicios y es el enjuiciamiento de esos deberes, por razones que tienen que ver con lo que se presenta más razonable, lo que determina esa ponderación entre lo elegible y lo no elegible. La phronesis deja de ser una virtud dianoética para convertirse en un criterio, como un a priori moral. Uno tiene que comprometerse con aquella acción de la que se espera obtener mayor producción de bien, mayores argumentos en favor de una forma u otra del comportamiento.

El pirronismo actúa en una doble dirección: suministrando argumentos en favor de la apariencia frente a la verdad y estableciendo la imagen de la balanza. Ambos motivos pirrónicos de la Academia Media se perciben claramente en su sucesor, Carnéades, que enfatiza ciertas cosas que no percibimos en Arcesilao.

Carnéades determina qué es la producción de bien, planteando que debe generarse en el punto en el que algo puede afirmarse como más susceptible de creencia. Renunciando a todo signo de verdad y falsedad, lo que nos persuade más para nuestra vida es lo que trata de introducir la sabiduría, el no equivocarse en esa representación más persuasiva. Esa representación tiene que estar fundada, por lo que se justifica la educación filosófica, de forma que es al sabio al que le corresponde generar esa representación más persuasiva y que la comunidad partícipe de ella. Pero como esa representación no se puede guiar por la verdad, hay un criterio que guía la sabiduría: nunca ceder a la investigación, confiar en los valores del conocimiento, aunque nunca lleguemos a la verdad. Aquel que dedica su vida a propiciar el enunciado más probable, la representación más susceptible, aquel es el que está determinando el criterio de la sabiduría frente al estoicismo. El estoicismo habla de cumplir los deberes en función de un criterio de verdad. La Academia Media propone lo contrario: saber que no es posible alcanzar la verdad y en esas condiciones, con todo, postular el deber de alcanzarla. Carnéades habla del mismo a priori moral que Arcesilao: investigar es una regla práctica, lo que tenemos que seguir haciendo para ser felices no por un criterio epistemológico sino moral.

El Pirrón histórico ha quedado muy lejos, como una propuesta de la sabiduría mística, un ideal imposible de constituir. Y en la reconstrucción que del pirronismo hace la Academia Media este se ha puesto al servicio del programa de la filosofía, de una educación en la que el filósofo tiene que ponderar el criterio de lo probable y lo razonable, los elementos que ahora justifican la existencia de una educación filosófica. La ausencia de la verdad no paraliza, por lo tanto, un programa activo de constitución de comunidades que se pretenden autónomas, puestas al servicio si no de la verdad, de un deber que no puede ser pensado universalmente, pero que tampoco concitan la aquiescencia puramente individual, como en el estoicismo. Reconstruye así el ideal comunitario que es la educación filosófica.

El pirronismo volvió a ser apelado en la mitad del S.I antes de Cristo, pero desligado de estos dos condicionantes (su memoria histórica y la Academia Media), por Enesidemo. Este reconstruye el pirronismo en un sentido que no permite ni la escapatoria académica ni hace posible mantener la idealización o el engaño del estoicismo. Lo que Enesidemo hace al fundar su escuela es subrayar aquello que la academia media ha encontrado como específico de la herencia pirrónica: una cosa es el mundo de los signos y otra, el mundo de las cosas. Y nosotros vivimos en el mundo de los signos. Esta clarificación hace colapsar el programa filosófico, el escepticismo platónico, y sirve de criterio refutatorio para la sabiduría estoica. Lo que procede de Pirrón, aclara Enesidemo, es que una cosa es el mundo de los enunciados y otra, el mundo de la realidad. Quien diga que coinciden o son conmensurables tendrá que sortear diez argumentos en contra, los argumentos pirrónicos, formas argumentales para probar el abismo.

El dialemo es una de las familias de argumentos: cuando para una misma cosa hay multitud de opiniones nada te invita a pensar que algo es más o menos razonable que si te colocas del lado de los signos. Este criterio plantea que dada la ejecución de varias opiniones diferenciadas en comunidades que bien son las mismas bien son distintas, este argumento de la razonabilidad no nos lleva muy lejos, ya que no permite hacer otra cosa que mantener la balanza. Todas las opiniones tienen un peso semejante, luego inclinan a las comunidades del mismo modo y no hay ninguna posibilidad de que marquen un camino para hacer mesurable el mundo de los signos y el mundo de las cosas.

La segunda familia es la de las diferencias. Si tú tienes distintas sensaciones para los mismos fenómenos, si estos se presentan de diferentes maneras, si todo es cambiante tal como plantea Heráclito, no es posible encontrar elementos de contrastación empírica para el mundo de los signos, que es autónomo y no dependiente de la realidad, y se sostiene sobre el subrayado de ciertas diferencias y la eliminación de otras: sobre sí mismo, más allá incluso de cualquier percepción. Este segundo elemento plantea que la distinción entre signos y cosas es insuperable.

La tercera familia es el de la diáfora, aquel que evita, paraliza de antemano, no ya por razones de constatación como las dos anteriores, cualquier intento de justificación de la identidad entre pensamiento y ser mediante un argumento irrefutable mediante discursos referencialistas. Cuando tú haces un ejercicio de pronunciamiento de enunciados, estás utilizando una serie de principios que tienen validez razonable. Puedes pensar que la proyección de esos principios sobre la naturaleza te da una naturaleza organizada. Lo que no puedes asegurar es que en la naturaleza existan esos mismos principios. Incluso si llegásemos a una comunidad de juicios nunca tendríamos un argumento a favor de que la proyección de las leyes lógicas de los enunciados induzca mediante una referencia meta-fenoménica los comportamientos reales de las cosas.

Hume se hará eco, muchos siglos después, de esta crítica. Hume responde a Kant no negándolo, no señalando que hay una realidad en la conexión causal, sino que la conexión causal es categorial, luego pertenece a la razón, y toda cabeza funciona de la misma manera. Aceptar la tesis kantiana es una de las formas más inteligentes y profundas de integrar el argumento escéptico en la historia de la filosofía: si queda alguna autonomía fuera del conocimiento o excluyendo al conocimiento, será una autonomía moral legisladora. Esto es lo que dice Enesidemo y que será el signo de identidad del escepticismo. Argumenta que su postura es pirrónica, no académica.

El escepticismo, una vez que colapsa la identidad entre pensamiento y ser, está impulsando un ideal profundamente anti-dogmático y anti-filosófico, que es la sustancia misma del ser de Parménides. Toda la filosofía griega organizada en Parménides ha sido proponer argumentos a favor de que esa identidad es posible, y que esa identidad es normativa. El escepticismo, en cuanto que contrafigura, señala que esa identidad es imposible y que esa imposibilidad es normativa. De este modo caería sobre nosotros la responsabilidad de construir el mundo de los signos, de habitar en él: nuestro mundo no es el de la verdad y la realidad. Que el colapso de la identidad entre pensamiento y ser sea normativo significa que desde aquí se van a dar normas para construir el mundo de los signos, y esa aspiración del pirronismo es superar las confrontaciones, anularlas por su invalidez, dejar aparcadas las diferencias, tratar de convivir con ellas, respetar las diferencias sabiendo que son constituyentes, practicar la imperturbabilidad.

Hay anti-estoicismo y anti-epicureísmo en todo esto. Lo que llamamos real no es más que una construcción sígnica. Lo normativo es que, contrariamente al valor del pharmakon epicúreo, la terapia escéptica es la de congelar aquellos elementos que pueden ser causa de preocupación, de ambiciones desmedidas, de conflictos y luchas, de oposiciones entre los hombres. Lo normativo del escepticismo es que renunciar al mundo de la verdad no significa renunciar al mundo humano. Lo que hay que evitar es el choque entre formas distintas de presentarse la realidad. El conflicto de las culturas o el conflicto de las interpretaciones encuentra en la terapia estética una desactivación en favor de una convivencia basada en la ataraxia. Enesidemo dice que ésta es la tradición pirrónica.

El epicureísmo decía que nos marchásemos de la ciudad y construyésemos una comunidad hecha a nuestra medida, a medida de nuestros cuerpos y nuestra naturaleza biológica. El estoicismo decía que no nos marchemos de la ciudad porque no hay adónde ir, que pensemos en términos del mundo completo y construyamos nuestra vida de acuerdo con nuestros deberes, siendo estos aquel elemento universal prescrito por la naturaleza, frente a la cual hay que atreverse al conocimiento. El escepticismo no es tan diferente: no hay refugio, plantea; hay que construir las comunidades que a cada uno le interesan, argumenta; pero prescribe un elemento normativo que no está ni en la constitución biológica de los cuerpos ni en la aparición de los deberes que imponen la necesidad y el conocimiento, que está en el respeto de las diferencias y las diversidades, en el respeto que promueve la despreocupación que engendra la capacidad de afrontar lo distinto sin ánimo de apropiación o dominación.

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