La inteligencia

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En opinión de Unamuno la inteligencia es un elemento poderoso con posibilidades de emplearse en sociedad. La plutocracia se ve asaltada por el uso de esta capacidad que se convierte en algo revolucionario y con opciones de modificar la realidad. Los poderes fácticos, los que se encuentran al acecho tras las sombras de la apariencia, no consienten esta contingencia y se asustan ante la llegada de la reflexión crítica que destruye el entramado que soporta su modus vivendi. Este modelo de guía de lo político se caracteriza por la eliminación de la capacidad intelectiva para dejar al colectivo en una situación de perplejidad permanente.

La contemporaneidad ha establecido una escala de valores fundada en el pragmatismo, en la competición desleal en la que prima el individualismo. Se promueve la inmunización frente a la comunidad, y se crean infinidad de espacios particulares cerrados sobre sí mismos en un intento por no entrar en contacto con la alteridad. El otro se vuelve rival en lugar de convertirse en la ampliación y proyección del individuo en su forma comunitaria, se torna algo opaco contra lo que se lucha sin crear una verdadera conflictividad política.

Las nuevas tecnologías han ayudado al desarrollo de esta nueva individualidad que sume a lo particular en el abismo de la insolidaridad. Solo permanece lo propio en una alocada carrera por prevalecer. Sin embargo, ¿qué es lo que queda tras este enfrentamiento que no construye y no implica un enriquecimiento dialéctico a través de lo político? Tras el paso de la posmodernidad no queda nada, solo el rastro de la particularidad que no deja más que terreno yermo sobre el que no vuelve a erigirse la communitas. Este es el proceso al que conduce lo global entendido como lucha de todos contra todos; bellum omniun contra omnes. Las barreras que se erigen contra la alteridad son virtuales, aunque igualmente eficaces: cada cual se mantiene en su propio espacio alimentado por la satisfacción de necesidades impostadas en base al consumo desmedido.

Esta situación se agudiza por la ausencia de una normativa definida. No existe un aparato jurídico-legal que tenga trascendencia real en el mundo globalizado que se está organizando. Las antiguas categorías, las que levantaron el espacio estatal han caducado y en su lugar no se ha desarrollado una nueva conceptualización capacitada para dar cuenta del devenir actual surcado por la aceleración. En este sentido, se necesita de la inteligencia capaz, por medio del lenguaje poietico, de establecer una batería de conceptos que describan el nuevo escenario compartido. De no darse este acontecimiento, seguirá imponiéndose la ley del más fuerte; en este caso, el poderoso que se arrima a los flujos económicos.

Lo económico no necesita de la inteligencia, sí de la intuición y de la falta de escrúpulos para superar las contrariedades que ofrece la verdadera visión de lo que subyace a las democracias occidentales. La lógica económica controla todos los ámbitos de lo social, la rentabilidad se impone. Únicamente se hace imprescindible la aplicación de un sencillo balance de cuentas para llegar a la consideración de aquello válido o inválido. Lo humano, lo genuinamente comunitario que se traduce en lo político, queda relegado.

No obstante, el presente ofrece una inflación del término inteligencia que ha desembocado en su devaluación. Su sentido primitivo se ha visto alterado, no contiene la tensión necesaria como para suponer el verdadero motor para el cambio. No se trata más que de una palabra vacía devorada por el sistema imperante caracterizado por el pensamiento único. Se ha convertido en un elemento más de consumo haciendo un uso del término que le arranca cualquier valor.

Hoy por hoy la inteligencia no es crítica, no implica un componente reflexivo e intelectual que se enfrenta a lo establecido para desenmarañarlo y transformarlo. La inteligencia no supone el punto inconformista del que mira con sospecha el discurso establecido. Ahora la inteligencia está en los electrodomésticos, los coches o incluso la ropa. Todo lleva el apellido inteligente; tejidos que se adaptan al ritmo de vida de cada cual, vehículos que maximizan el consumo e incluso llegan sin intervención del conductor al lugar de destino, frigoríficos que hacen la compra por ti. La vida se ha vuelto más sencilla, aunque, por el contrario, esconde en lo esencial de este cambio el profundo problema a desentrañar.

Se fomenta un modo de vida inerte y atravesado por la superficialidad que implica la ausencia de decisiones propias. Ya no es imprescindible lanzarse a la acción práctica tras la meditación, existen una serie de técnicos y artilugios que hacen de la existencia algo fluido en lo que prácticamente no hay que participar; solo dejarse llevar por el arrullo de la posmodernidad. La inteligencia ha claudicado, se ha hundido en el marasmo que implica un mercado global caótico y totalmente desbordado por su propia dinámica interna.

Resulta imprescindible recuperar un sentido de la inteligencia que asuma su disposición crítica y combativa para eliminar el oropel que impide la visión de la comunidad atomizada que está dibujándose en lo contemporáneo. Lo político implica cambio constante y, por este motivo, supone su cuidado continuo para evitar que se descomponga. El sapere aude kantiano adquiere verdadero sentido en el presente, necesitamos desembarazarnos de toda esta cohorte de tutores que nos hacen la vida más fácil. Hay que volver a utilizar la inteligencia, aunque, por supuesto, suponga un esfuerzo.

 

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