Trump y el fracaso inherente de la ultraderecha

La respuesta de la extrema derecha al ataque con misiles de Donald Trump —una mezcla de incredulidad, indignación, rabia y desencanto— pone de manifiesto cómo la pérdida de una brújula política clara ha hecho creer a ambos lados del espectro político que el magnate realmente era un antisistema. En entradas anteriores pusimos el acento en cómo el proyecto de Trump ocupaba un espacio muy particular, sin ubicarse en el ámbito pospolítico definido por Žižek, en cuanto aquí los gestos de carácter ideológico apenas se camuflaban, ni tampoco en el populismo antisistema, pues debajo de la retórica no había más que continuidad, capitalismo sin careta, pensamiento hegemónico e imperialismo en su vertiente más rapaz. Sin embargo, lo chocante de su propuesta y el modo de transmitir su mensaje, más próximo a la performance a la que el millonario está acostumbrado que al ámbito político, construyó en el imaginario de un no desdeñable porcentaje del espectro político la idea de que Trump capitaneaba una dirección ideológica claramente definida, anti-establishment, que bien por la izquierda o por la derecha rompería el casco hegemónico y, pese a algunas concesiones, abriría camino a nuevos senderos políticos alejados del status quo.

La extrema derecha, a la que cual el Partido Republicano debe una buena cantidad de votos y la práctica totalidad de su estrategia publicitaria online, pasó por alto en nombre de un supuesto bien superior los guiños hacia ese establishment que, en teoría, tenía las horas contadas, caracterizado como «el pantano» en la retórica trumpiana. La presencia de personajes como Mitchell McConnell, Paul Ryan o Reince Priebus irritó a los más extremistas, que desde medios como Breitbart los habían señalado como los principales escollos para la cristalización de su proyecto nacionalista. El fulgurante ascenso de Jared Kushner, liberal y ex donante del Partido Demócrata, la incorporación de banqueros de Goldman Sachs al equipo de gobierno y la caída sin red de Michael Flynn llenaron gota a gota un vaso que ha terminado por rebosar tras el ataque dirigido contra el gobierno sirio. Desde la perspectiva de la extrema derecha, radicalmente opuesta a la globalización por su consecuencias migratorias, económicas y culturales, este movimiento caracteriza a Trump como un líder caído en desgracia, asimilado por las élites políticas de Washington.

Nos interesa un aspecto fundamental de esta ruptura, de esta abrupta cancelación de la luna de miel, y es la explicación que la extrema derecha ha elaborado para explicar esta decisión tomada por aquel a quien tenían por su paladín. A modo de linterna para alumbrar nuestro camino por tan oscura y, por qué no decirlo, maloliente caverna, echaremos manos de la perspectiva psicoanalítica de Žižek con respecto a las dinámicas en la extrema derecha y su relación de amor-odio con el sistema que siempre, en teoría, intenta destruir y que siempre, en la práctica, acaba imponiéndose.

Defiende el esloveno en varios de sus ensayos que el judío desempeña un papel claro en el credo nazi: atribuirle a él, a un significante más o menos definido, casi abstracto, siempre distante y nunca concreto, a un otro a quien se supone un plus-de-gozar —como en cualquier dinámica racista-xenófoba, o cualquier fórmula basada en el odio a la alteridad—, la culpa de esa falla, de esta falta originaria de todo proyecto societario. La sociedad nace de un acuerdo percibido como renuncia, defiende Žižek con una perspectiva característicamente psicoanalítica, en cuanto plantea la génesis como resultado de una ausencia. Aunque después esa sociedad proporcione una libertad mayor o menor, dentro siempre de sus cauces, no deja de ser percibida por el público descontento como algo inherentemente incompleto, azotado por problemáticas irresolubles, injusto y dado a las crisis. El nazismo, y en general la extrema derecha, atribuyen parte, pero solo parte, de esa culpa al capitalismo. El capitalismo, defienden, no es algo autónomo, no es el ente espontáneo que dibujan Deleuze y Guattari, sino una herramienta en manos de alguien más. El judío, en el nazismo; una variopinta amalgama de intereses globalistas, en el ideario derechista contemporáneo.

Esta alteridad, siempre más lejana, siempre más profunda, siempre detrás de la cortina en el castillo de Oz, vaga y permanentemente oculta, se utiliza como cabeza de turco para explicar la falla inherente al proyecto social. Si nuestra capacidad organizativa acaba en fiasco no es por la mutabilidad de las relaciones sociales o por cualquier otra cosa: un siniestro personaje mueve realmente los hilos, por lo que ha de ser eliminado para el correcto funcionamiento de un sistema originalmente puro, pero ahora corrompido. Obviamente, el problema nunca se soluciona: aunque el nazismo se oponía al capitalismo es los mítines y la teoría, en la práctica no hizo sino retocar aquí y allá algunos de los aspectos más impopulares, mientras su núcleo y estructura se mantenían intactos. El proyecto nazi fue, además de una atrocidad, un proyecto fracasado hasta para quienes lo defendían como herramienta para construir futuro: nunca iría más allá, nunca cambiaría radicalmente la sociedad, ya que no se desembarazaría del capitalismo. A medida que la guerra avanzaba y este hecho resultaba más evidente, la violencia contra el judío se recrudeció, desplazándose la violencia de una frustración por el proyecto imposible hacia un otro cosificado, deshumanizado.

El nazismo se procuró un otro con un enemigo tangible, alguien a quien sus seguidores pudiesen identificar por la calle. Sin embargo, en el caso de la extrema derecha contemporánea, esta perspectiva conspirativa, del otro subterráneo y maligno, esta noción carente de cualquier materialismo, arroja numerosos problemas, además de los obvios. Nos fijaremos en dos.

En primer lugar, la indefinición de esta otredad apenas sirve como herramienta política. ¿Quién mueve los hilos, quién ha convencido a Trump de que se pase al bando de los globalistas y ataque a Siria? Depende a quién se pregunte. Soros, eterno sursuncorda de la derecha; un artefacto imaginario llamado el deep state (¡qué apropiada la referencia a la profundidad!) compuesto por el Servicio Secreto y funcionarios de la administración Obama; su yerno; la secta que esté de moda este lustro (los illuminati y la masonería siempre son buenos candidatos). Ese otro es tan vago que acaba erigiéndose en amenazador, intangible y permanentemente lejano gran Otro. ¿Cómo actuar contra él? Es imposible. ¿Y qué garantiza que detrás de quien se supone manejando los hilos no haya alguien más, y así sucesivamente? La conspiración infantiloide no es una estrategia de identificación del enemigo capaz de crear poder alguno. Como en la Segunda Guerra Mundial, la furia contra un ente intangible acaba volviéndose contra personas muy tangibles y vulnerables. Quien acaba recibiendo el disparo al grito de «¡sal de mi país!» no es un supuesto villano de alcance internacional, sino un migrante o una persona de color.

En segundo lugar, evita la cuestión fundamental, la que siempre resulta tapada por ese supuesto otro malvado: la negativa a confrontar al capitalismo. Cualquier proyecto político alternativo en la actualidad pasa por el fin del capitalismo, o no es alternativo: puede ser propuesta ética, planteamiento moral o utopía, todas ellas opciones válidas y legítimas, pero no un proyecto político. Toda propuesta política, cívica, ecológica, ética e incluso estética que no se entienda en clave de oposición, o cuanto menos de divergencia, está abocada a ser fagocitada por el sistema tarde o temprano. La derecha o defiende el capitalismo (llegando incluso a afirmar, algunos sectores, que el problema está en que aún no hay bastante capitalismo, y que si sus fórmulas no han funcionado es porque no han sido aplicadas con la debida intensidad) o se opone a él en un plano que de tan teórico acaba siendo fantástico. El proteccionismo trumpiano no es una alternativa, como tampoco lo es el cierre de fronteras. No son más que gestos para saciar apetitos ideológicos, dejando intacto el núcleo del problema, el origen de la falta como sociedad, la cuestión siempre eludida, nunca abordada, siempre pintada con otros colores: el del judío, el del migrante, el de la mujer. Lo que sea con tal de cubrir, esconder esa falta, como si se tratase de una imagen obscena, un evento traumático recordatorio del fracaso inherente que lleva ínsito el proyecto ultraderechista.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s