Filosofías helenísticas: el epicureísmo

Al mismo tiempo que Aristóteles trata de conservar el legado de la Grecia clásica, la mayor sagacidad de un Pirrón que niega todas las apuestas de la filosofía clásica, o de un Diógenes que predica la posibilidad de un hombre magnífico a través de la vuelta a la naturaleza, ofrecen una perspectiva en la cual se aprecia muy bien cómo termina el mundo clásico. Los primeros en proporcionar una solución a la crisis del mundo antiguo son los epicúreos.

Epicuro, un médico, asiste a la ruina de Atenas, convertida ya en provincia macedonia. Plantea, en este contexto, una sabiduría que ya no es el legado filosófico de los grandes programas educativos de Atenas, sino que pretende ofrecer una respuesta global a los nuevos estados de cosas que tienen lugar en la ciudad. Sitúa su escuela en un huerto fuera de la ciudad, ya que prescribe ciertas formas de trabajo en la naturaleza, en el que imponer una cierta forma o modo de vida.

El lema que preside la entrada del huerto es «vive oculto/retiradamente». El epicureísmo nace con un discurso crítico inicial, anti-platónico y anti-aristotélico.

  • Contra Platón, Epicuro lo acusa de partir de una falsa concepción: la estimación de ciertos valores que por vía inteligible pueden conectarse con la verdad y, por lo tanto, constituirse en caracteres verdaderos, y que por tanto están imponiendo de antemano una perspectiva naturalista sobre cómo debe comportarse el ciudadano, apelando a una suerte de tipología según la cual el que se salga de ello está incumpliendo el destino que le es propio.Cuando se adopta este punto de vista, es este el que crea la ciudad: las virtudes aspiran a convertirse en leyes, que permitirán el buen gobierno. Epicuro afirma que esto es pura fantasía: la ciudad precede a la constitución de virtudes y la determina. Es porque la ciudad existe por lo que la convivencia ciudadana impone, selecciona, prescribe unos comportamientos sin los cuales la convivencia sería imposible. La virtud no crea la ciudad, es justo lo contrario. La virtud no tiene que ver con la comunidad: puede crearla, pero puede tener muchas otras producciones, y no tiene por qué quedar aprisionada al fenómeno preexistente de una comunidad que, de hecho, ha sido ya puesta en bancarrota por la aparición de los estados globales helenísticos. Esto constituye una crítica al programa de la paideia filosófica: no hay comportamiento natural que averiguar, ya que estos no pasan por la ciudad, sino que son constituidos de antemano por la existencia de ésta.
  • A Aristóteles lo acusa de traidor: sabiendo que el horizonte de la ciudad estaba perdido, que no hay ciudad con caracteres propios más allá de las convenciones impuestas por los hechos comunitarios, y ante un horizonte que no podía ignorar, hace toda una nueva reflexión en torno al carácter natural de la convivencia ciudadana, cuando ya era consciente de la desaparición de esa presunta naturaleza comunitaria.

La ciudad ya no es «la ciudad», ya no es el referente último de los discursos, no es más que un artefacto tecnológico, un mecanismo convencional de vida que puede adoptar otros mecanismos y de hecho lo hace. Epicuro propone replantear el ideal de la vida bajo estas condiciones, a partir de la sinceridad, la visión limpia de los hechos acontecidos. El epicureísmo se presenta como una forma de sabiduría nueva que trata de buscar un remedio, un acomodo, a la nueva situación del declive de las ciudades y su constitución como artefactos contingentes y convencionales, enmarcadas dentro de estados.

Epicuro se topa entonces con la posición alternativa a la ciudad: derribar los muros de la ciudad y enfrentarse a la naturaleza, recuperar la condición de entes naturales, que es en lo que consiste el cinismo. El cinismo busca recuperar la esencia del hombre como animal: frente al ciudadano opone al hombre magnífico, aquel que no pone obstáculos ni reparos a la libre expresión de la lógica de sus deseos, a su propia naturaleza.

Epicuro es crítico con la alternativa cínica, por no considerarla alternativa (la naturaleza no es alternativa a la ciudad) ni posible. Plantea que la verdad es posible, que se puede alcanzar. Su análisis atomista y materialista trata de explicarnos cómo tiene lugar, cómo se producen y cuáles son los fenómenos propios de la naturaleza. Epicuro no es un escéptico, no rehuye el contacto con el conocimiento y cree que es posible. No se critica la perspectiva naturalística de los cínicos mediante una huida del mundo de la naturaleza: es porque cree que la naturaleza es cognoscible, porque su sistema puede proporcionar conocimientos ciertos, le quita los privilegios que Diógenes quería darle, el hecho de que pueda convertirse en norma de conducta humana.

Precisamente porque conocemos la naturaleza sabemos que un comportamiento natural no puede ser el referente contrario que deba sustituir a la ciudad, ya que un conocimiento de la naturaleza ofrece la imagen de que ésta está formada, integrada, por cuerpos cuya vitalidad se haya sometida, como característica esencial, al límite y a la regulación de sus propias leyes. La lógica del deseo no es expansible infinitamente. Al contrario: el carácter natural que preside el deseo lo convierte en un fenómeno limitado, con un ciclo temporal determinado que se satisface y engendra siempre en parámetros de fugacidad, de corta duración, y cuyo límite puede ser siempre explicado.

Aunque estemos en la naturaleza, no todo es posible. No podemos expandir infinitamente nuestros deseos, no podemos ejercer ese gesto magnífico de la transgresión cuyo resultado será la satisfacción permanente, pues ésta también es un fenómeno natural sujeto a una determinación. Por mucho que extendamos el deseo de comer, la capacidad de satisfacer ese deseo es siempre restringida. Uno puede querer comer, pero se satisface pronto, y si quiere extender esa lógica pensando que es natural, se encuentra con un dolor de barriga impresionante. Es la propia naturaleza la que impone límites, y una vez satisfecho un deseo tarda en reproducirse y no se puede expandir indefinidamente.

No se trata de oponer a la lógica de la ciudad la lógica de la naturaleza. La ciudad no es el componente que reprime o limita el desarrollo de la personalidad o la conducta, sino que ese límite, esa determinación, está dada por la naturaleza misma. No se es feliz en estado de naturaleza. No por romper la ciudad se accede a la felicidad. La felicidad no nace de una posición negativa, que es según Epicuro el error del cínico. No hay una transgresión que construya una ética positiva, es una trampa del deseo que, precisamente porque es limitado, tiene siempre y necesariamente que proponer imágenes nuevas para que los ceses, que son naturales, no impliquen una eliminación completa de sus fuentes últimas. No hay una lógica del deseo ni una ética de la naturaleza.

Epicuro propone una segunda línea argumental que tiene mucho que ver con otra tradición clásica: con la capacidad argumentativa, de persuadir sobre qué es lo mejor o más conveniente. Epicuro desarrolló una física y una dialéctica, una lógica de la persuasión. Este segundo universo argumental es importante porque para que haya una ética, si se parte de la crisis de la ciudad y no se confía en la naturaleza, es necesario que se pueda crear algún tipo de relación/conexión que permita el cumplimiento de aquello que la naturaleza por sí sola no da.

Es necesario que se cree, por ello, una nueva comunidad. No puede ser la comunidad de la ley, que se expresa en la vida política y para la cual el referente ciudadano ha desaparecido. El Estado no garantiza ni la felicidad ni la conducta recta. La ciudad, en tanto que artefacto desecho, arruinado, tampoco tiene la capacidad prescriptiva que permite construir algún tipo de mundo propio, ya que este no puede ser el de la naturaleza sin más. Es decir, es necesario construir una nueva comunidad que no sea ni la política, en las condiciones de la lejanía del Estado, ni la comunidad irrisoria, desbancada, que es la de la prescripción de la ciudad, la fortaleza de unas instancias que se anteponen a nosotros.

Esa comunidad en la que va a ser posible vivir de la manera que impone la naturaleza, en el marco de los límites, tiene que ser una comunidad de elección, libre. Es comunidad, un hecho comunitario, aquello que nace de la elección, vinculada a los fenómenos de la comunicación racional, de la persuasión, del convencimiento. Solo en el lenguaje se producen aquellos fenómenos que permiten la comunicación entre los que eligen formar parte de una comunidad y por lo tanto se excluyen de cualquier otra.

Epicuro, que no tiene interés en desarrollar una lógica demostrativa, que entiende que la capacidad del conocimiento físico pasa por otras instancias, como el análisis de la sensación y el cómputo de las sensaciones verdaderas, entiende que toda la lógica debe quedar reducida a la retórica y a la dialéctica. La dialéctica y la retórica son como quien cierra la mano y la abre: cierra la mano el dialéctico, acopiando argumentos para la discusión, y cuando los tiene en la cabeza abre la mano y los exhibe en forma de discurso persuasivo para invitar a formar parte de cierto grupo humano. Esta comunidad electiva es la comunidad de los amigos, porque no se basa en hechos obligatorios, en la necesidad de una experiencia y transgresora, sino simplemente en la coincidencia de los argumentos que nos invitan a pertenecer en algún tipo de finalidad común. La comunidad de amigos serviría para esto: para poder vivir de forma natural. No se derriban las murallas para encontrarse con la naturaleza sino para crear unas murallas más confortables: las del huerto. Elegimos esta comunidad no para ejercer funciones en el contexto de una vida pública, sino al revés, para participar de aquellas finalidades comunes que han sido seleccionadas, elegidas entre aquellos que quieren participar.

La vida propuesta por el epicureísmo tiene muchos problemas que resolver. ¿Cómo se soluciona la producción de bienes para esa comunidad, por ejemplo? No figura. Lo que figura en los programas epicúreos son los resultados de esa elección comunitaria, resultados que se dan en el cumplimiento estricto del pharmakon, la medicina que debe presidir la construcción de cualquiera de estas comunidades. Compuesto de cuatro instancias, prescribe las condiciones mismas cumplidas las cuales es posible entrar a disfrutar de una comunidad participativa. Sus prescripciones están determinadas por la crítica a las sucesivas formas de la educación en la Grecia clásica, expresando otros tantos ideales que ya son plenamente helenísticos.

Las prescripciones del pharmakon son las siguientes:

  • No sentir el temor de los dioses. Los dioses constituyeron la ciudad, pero ahora se han apartado de nosotros, se han ido, por lo que no hay que temerlos. No hay instancia sobrenatural que imponga la aparición de leyes o normas que interfieran en nuestros comportamientos propios. Si no hay dioses, nuestros comportamientos son electivos. Dependen de la voluntad asignativa que nos lleva a buscar conciudadanos capaces de hacer esta misma experiencia.
  • No temer a la muerte, al Más Allá. Mientras yo soy la muerte no es, cuando la muerte es yo ya no soy, luego no hay coincidencia temporal que nos haga convivir. Pero hay otro trasfondo, un trasfondo propio: aquello que previene el premio y el castigo. Una sociedad selectiva siempre puede poner fin al vínculo de las reglas o normas que la constituyen, no necesita auto-infligirse unas normas de castigo o unas conductas premiables, puesto que ningún elemento normativo puede ser prescrito más allá de la vida. Es el temor al castigo de muerte lo que ha constituido los sistemas penales. Una comunidad electiva no teme a la muerte, no se impone norma alguna de premio o castigo.
  • En esta comunidad selectiva, el criterio de elección ha sido la satisfacción realizable de los placeres propios. Uno elige la forma de vida que quiere precisamente para no sufrir ansiedad, angustia, para limitar el impacto del dolor. En este contexto, la comunidad de elección es la condición de posibilidad de una vida de placeres, entendiendo por ello aquellos que están determinados por los límites impuestos por la naturaleza. Formamos comunidades porque queremos ser felices dentro de los límites realizables de nuestra propia capacidad de ser felices.
  • Este elemento corona y da sentido al pharmakon: todo lo dicho hasta ahora es la condición de posibilidad de bastarse a sí mismo, de ser autosuficiente, de vivir en la plenitud de la propia capacidad volitiva. La autosatisfacción propia, la autarquía, el carácter autónomo, es el resultado del hecho comunitario mismo, pero que no es ni restituido ni superado ni concebido meramente por este. Uno tiene que procurarse la felicidad que le es posible, y esa felicidad que le es posible es aquella que determina el cómputo de lo que le basta a sí mismo. No hay grandes heroicidades ni grandes metas: hay un horizonte concreto de felicidad realizable determinada por la esfera de la propia supervivencia, de la propia autonomía.

El mal dura poco y es soportable, por lo tanto, el bien debe ser pensado como la eliminación de ese mal, sabiendo su carácter relativo y conociendo la escasez de sus efectos. Un bien no es una lucha titánica, sino el amortiguamiento del mal en que vivimos. El placer se haya al alcance de nuestra mano, el mal dura poco y es fácilmente soportable.

La ética epicúrea siempre está en el entorno de los contextos de crisis, allí donde los signos históricos parecen quebrar. El discurso epicúreo nos permite tomar aliento, por ello ha tenido muchas replicaciones históricas: en los contextos de crisis hay una tendencia a escapar de la realidad desdichada para vivir una vida autárquica en el contexto de un retiro, de un posicionamiento fuera de los cursos del mal y de la desgracia. Es una forma estética de vivir, de construir un mundo a nuestra manera (es un posicionamiento plural, no hay una sola manera de ser feliz). No hay ideales trágicos ni individuos magníficos, no hay sociedades perfectas ni estados que nos hagan satisfacer unos deseos siempre limitados.

Nietzsche diagnosticó la esencia del epicureísmo como la renuncia a la tragedia. Esto no le gustaba, ya que era más amigo de la transgresión cínica. Epicuro proyectaba una forma de auto-limitación poco conforme con la idea del superhombre que sí veía en el cínico, capaz de la transgresión de las leyes y los valores. En parte de los discursos estéticos de la posmodernidad, la recuperación del epicureísmo viene dada por motivos que tienen mucho que ver con ideales de la reconciliación propia, bastarse a sí mismo, retirarse, ocultarse sin aspirar a extrapolar modelos, con una medida de la felicidad que no tiene que ver ni con lo divino ni con lo natural.

¿Cómo se puede realizar? No tiene respuesta a esto. El epicureísmo tiene una visión tecnocrática de la vida política. No hay capacidad de mantener las virtudes epicúreas si no hay una renuncia a la participación ciudadana como participación política. Si no hay participación política hay que buscar la felicidad en estos modos restringidos, pequeños, aparentemente modestos, que hablan no de derribar murallas sino de construir las propias.

Un comentario en “Filosofías helenísticas: el epicureísmo

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