Byung-Chul Han y la saturación positiva

Cuando Byung-Chul Han señala la saturación de positividad, el narcisismo, la ausencia de comunicación por exceso informativo y la auto-explotación del trabajador como elementos característicos de la sociedad, es inevitable volver el rostro hacia algunas de las iniciativas y servicios promovidos por Google, así como sus consecuencias.

En su ensayo Psicopolítica, el filósofo describe la creciente presencia y acumulación de poder por parte de las empresas de Big Data. Estas, con el objetivo de recabar información para su posterior venta, llevan a cabo toda una serie de ofertas y propuestas que participan en la configuración de un panóptico digital, dentro-como-parte del cual el usuario, lejos de sentirse coartado o vigilado por este ojo que todo lo ve, se siente libre y desinhibido para compartir toda clase de detalles acerca de su vida, sus hábitos, preferencias o incluso registros genéticos, como veremos más adelante. Las empresas de Big Data no sonsacan información: ofrecen una serie de condiciones y el ciudadano se la proporciona de buen grado. ¿Cómo, exactamente? En esta entrada hablaremos de dos ejemplos.

El primero parte del respaldo económico que Google proporciona a la empresa 23 and Me, dedicada al análisis de ADN. Esta interesante información puede obtenerse por cualquier usuario a cambio de una cantidad relativamente pequeña: cien euros. ¿El motivo de un precio tan bajo? Muy sencillo: la costosa investigación está sufragada por Google, la cual dispone a su vez de acceso a la información que recaba. Nada impide que dichos contenidos pasen después a manos de compañías farmacéuticas o aseguradoras. ¿Ha extraído Google esos datos de forma imperativa, forzosa, con el autoritario «tú debes» por delante? Por supuesto que no. Lo ha hecho ofreciendo la interesante oportunidad de conocer tu porcentaje de este o aquel grupo étnico, o tu predisposición a ciertas enfermedades.

Esta es, según Han, una de las características del verdadero poder: no obliga porque no necesita obligar, no fuerza porque no necesita forzar. Extiende una oferta, proporciona libertad, a sabiendas de que el usuario de dicha libertad la empleará de un modo que le fortalece o le beneficia. Es por eso, como comentábamos en una entrada anterior, que la Audiencia Nacional española proyecta semejante imagen de debilidad con la desproporcionada condena a la tuitera que se mofó de Carrero Blanco en dicha plataforma. Mientras tanto, delitos que sí dejan a su paso a numerosas personas afectadas —la propia nieta del ex presidente del Gobierno ha afirmado que la sentencia le parece «un disparate», así que sería absurdo señalarla como víctima— como la evasión de impuestos, el cohecho y demás formas de corrupción son castigadas con penas mucho menores, cuando ocurre. Todo poder que actúa mediante el escarmiento y la violencia es un poder que es, y se sabe, débil.

Volviendo a Han, el segundo ejemplo es el sistema de puntos con el que Local Guides, recompensa a sus usuarios a cambio de que proporcionen información sobre los lugares que visitan, los servicios que emplean, las tiendas en las que compran, etc. A cambio de subir fotografías o dejar valoraciones sobre la atención allí dispensada, reciben puntos canjeables por una mayor capacidad de almacenamiento, entradas a eventos, regalos anuales y acceso a novedades de la compañía aún no reveladas al gran público[1].

Apunta Han en varios de sus ensayos, entre los cuales merece la pena señalar La sociedad del cansancio y Topología de la violencia, que en el capitalismo contemporáneo el trabajador es explotado y al mismo tiempo se explota a sí mismo. Esta dinámica no solo afecta a la clase obrera: hasta los directivos de las empresas más importantes sacrifican su tiempo en el altar del flujo de capitales, de la producción y el rendimiento, anteponiendo el negocio a la familia, la salud o el desarrollo personal, en un gesto no egoísta sino, como señala Žižek, cuasi-religioso, en cuanto la entrega al ideal capitalista es plena. No se pretende caer con este comentario en la maniobra de equiparación de los grandes directivos a un obrero cualquiera, falacia de corte liberal por la cual el multimillonario no es sino un trabajador que se esforzó especialmente. Se persigue, por el contrario, poner de manifiesto cómo el capitalismo absorbe en su dinámica a todos sus integrantes, y cómo la dinámica de auto-explotación no hace distinciones ni concluye una vez se ha llegado a una cierta capacidad económica.

Así, el usuario de Google que dedica su tiempo a subir fotos y dejar valoraciones también se explota a sí mismo, llevando a cabo para la empresa con sede en California un servicio sin duda mucho mas valioso que las recompensas percibidas. El trabajador entrega gustoso su plusvalía sin que medie un contrato. Observamos aquí una doble atomización, proceso muy característico del capitalismo. En primer lugar, atomización de las condiciones laborales: el contrato surge como garantía legal y puede funcionar como cortafuegos para proteger los derechos del trabajador. A consecuencia de ello, las nuevas modalidades de trabajo eventual, a cambio de promoción, colaborativo, etc. buscan prescindir de cualquier estabilidad, de la fijación y los límites impuestos por este documento legal.

Platón conocía bien el poder de lo escrito, pese a su crítica del texto en cuanto impondría un límite artificial a la explicación y el diálogo: el ateniense encontró en la sociedad de su época una escritura sacralizada, con capacidad creadora y rectora, depositaria del conocimiento y gestionada por la élite. Al utilizar el texto como herramienta pedagógica, argumentan Safouan y Žižek frente a Derrida, Platón lo desacralizó, transformándolo en un medio a través del cual constituir una racionalidad más allá de las creencias. Hacer desaparecer lo escrito es una decisión contemporánea motivada por el deseo de atomizar las garantías, los derechos y los límites que regulan el grado de explotación al que uno se ve sometido. Si, como señala Han, se fomenta el auto-empleo, es porque de esta manera no hay contrato, no hay nada que acote qué es trabajo y qué no lo es, nada que regule las horas invertidas: en no habiendo contrato, el trabajador puede explotarse a sí mismo sin límite.

La segunda atomización consistiría en la desaparición de la frontera entre ocio y trabajo, una distinción fundamental que estorba al avance de la productividad. Como señala Han en La expulsión de lo distinto, el trabajo se ludifica y el tiempo de ocio se entrega a actividades de gesto laboral, productivo, en las que el productor se explota a sí mismo. Toda la temporalidad quedaría por tanto subsumida a la dinámica productiva, de la saturación positiva sin limitaciones, libre de una negatividad definidora de espacios.

Este sistema de puntuación promueve una dinámica compulsiva que anula el criterio y favorece la pura acumulación de datos. Para elaborar una opinión hace falta tiempo. El juicio rápido nace de la mera emoción, de sensaciones apresuradas, sin que medie un proceso de reflexión. Valorar por el objetivo de valorar deviene así tarea acumulativa, rápida, inmediata. La saturación de cientos o miles de opiniones acaba no proporcionando tanta información como podría suponerse por el esfuerzo colectivo dedicado. Pese al tiempo invertido por innumerables usuarios, muchas veces acabamos basando nuestras decisiones en la recomendación de un amigo, y cuando nos dejamos convencer por el enjambre de usuarios anónimos nos acompaña una sensación de sospecha que no se da cuando la garantía viene de alguien de quien nos fiamos. Un comentario sincero proporciona mucha más información que miles de estrellas en una escala de uno a cinco. Estas no comunican, solo transmiten, porque no son mensajes sino apenas signos vacíos.

Entra aquí otro factor: el narcisismo. Imaginemos la situación: alguien entra en una tienda a dos minutos del cierre. Aunque el trabajador, visiblemente cansado, le despacha con atención, en su trato se deja entrever una razonable premura. Las maneras del cliente, cuya consulta acaba requiriendo de un cuarto de hora, son muy desagradables: falta al respeto a quien le atiende, se enfada cuando lo que quiere no está disponible y eleva el tono. Acaba marchándose muy enfadado de la tienda, saca el móvil y con un gesto, transforma su enfado en una valoración negativa. No importa que su criterio tal vez no sea el más adecuado, que no le preocupe el cansancio de quien le atiende o que haya entrado a dos minutos del cierre: su opinión cuenta tanto como la de cualquiera y su falta de empatía se diluye en el océano de puntuaciones, donde todas son acogidas por igual. No hay reflexión alguna: el enfado momentáneo se transforma, alquimia moderna mediante, en una valoración permanente.

La ira irreflexiva también tiene consecuencias en el ámbito político. Trump fue aupado a la presidencia en buena parte, aunque no de forma exclusiva, por el voto rural. El mismo voto rural que, de haberse aprobado la reforma planteada por el Partido Republicano, hubiese perdido buena parte de la cobertura para muchos de los problemas que sacuden sus comunidades, como el consumo de drogas. El mismo voto rural que puede ver peligrar sus industrias por la falta de mano de obra migrante, un voto rural no representado en un equipo de gobierno que ya cuenta con cinco banqueros de Goldman Sachs. Por supuesto, dichos votantes tienen motivos fundados para la rabia: la precariedad a la que el sistema los ha abocado bien explica que el suyo haya sido un voto de castigo. Por desgracia para este sector de la población, en el ámbito político la ira desprovista de reflexión no crea poder alguno ni provoca el menor cambio en el sistema. El poder está configurado para canalizarla en su beneficio, ofrece libertad porque sabe que la manifestación de la ira lo termina apuntalando.

Así, nos interesa tanto el efecto que la valoración impulsiva pueda suponer en el tejido social, como hasta qué punto el narcisismo promovido por el sistema atomiza cualquier proximidad hacia el otro. ¿Cuáles son las posibilidades de cambiar el modelo económico de la sociedad, si se niega cualquier solidaridad al trabajador a cambio de una tarjeta de regalo de Google, una vez lleguemos a cierto número de valoraciones? ¿Qué poder va a surgir de un electorado cuyo voto de castigo hacia las élites, a las que ubican en las zonas urbanas de la costa y en los despachos de Washington, acaba reforzando a la élite financiera y política, permitiéndole llevar a cabo su proyecto prácticamente sin oposición?

Cuando la posmodernidad señala la ausencia de alternativas al capitalismo no quiere decir «el capitalismo es el mejor sistema», «todo esfuerzo por el cambio es inútil» o cualquier otra afirmación que las lecturas miopes le atribuyen. Señala precisamente que en una sociedad como la contemporánea, reemplazar el modelo económico por otro se antoja una tarea utópica. No por la ausencia de propuestas, sino porque el mejor garante de la estabilidad del sistema es el grado hasta el que se han interiorizado sus dinámicas.  Si vale más mi derecho a un trato que estimo conveniente por encima de las condiciones laborales que impongo al trabajador, si prima mi derecho a valorar sobre mi responsabilidad de hacerlo de forma juiciosa, si prefiero auto-explotarme y hasta explotar al otro, entregando mi plusvalía no por la fuerza sino por voluntad propia, la posibilidad de una alternativa al sistema no hace más que diluirse.

[1] ¿No hay algo vagamente religioso en todo esto? La entrega del usuario se manifiesta aquí en forma de sacrificio, de entrega de su tiempo y su movilidad a un gran Otro que le cubrirá de regalos a cambio de su diligencia. Google, pese a tener sedes físicas, está en todas partes y, aunque lo observa todo, su participación en el transparente panóptico digital hace que su escrutinio no asuste; ha pasado de ser algo más que una empresa para devenir entidad. El hecho de que todos seamos espiados por Google y se acepte como algo inevitable que de algún modo nos iguala, ¿no evoca a la universalidad instaurada por la cristiandad, por la cual todos somos iguales ante los ojos del dios reducido a idea, a concepto, que ama a todo el mundo y juzgará a todos del mismo modo? La recompensa definitiva es en este caso acceso a información reservada, a algo más allá del alcance del típico consumidor, el cual debe esperar como todos los demás a que el producto esté a la venta o a su anuncio en una keynote (la cual, con su directivo hablando en un ominoso escenario donde solo están el producto y él, tiene también algo de ceremonial, de liturgia). Es decir, si el usuario sacrifica suficiente tiempo, el gran Otro le otorgará el privilegio de echar un vistazo donde nadie más puede mirar, sin poder llegar al auténtico núcleo (los procesos internos de la compañía).

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