La postpolítica

 

polis

Desde la polis griega, el pensamiento ha tenido en consideración las distintas necesidades imprescindibles para el cuidado de lo público. La filosofía política nace en este contexto, en un espacio vinculado a una legislación particular en cuya elaboración participaba el ciudadano. Se trataba, por supuesto, de una consideración a la que se accedía por vía privativa por lo que el concepto quedaba restringido a aquel grupo que no poseía aquellas características que imposibilitaban su participación en el ágora.

No hay que perder de vista que nos encontramos ante una sociedad esclavista en la que la organización de lo comunitario permitía esta proyección hacia los demás. Más que individuo, se era persona, se representaba un papel que implicaba la vinculación al devenir de la ciudad. Es por esto que nacen responsabilidades y deberes ligados al derecho a participar en el gobierno efectivo. La retórica o enfrentamiento dialéctico era el mecanismo que movía el engranaje de la polis. La argumentación y la fuerza intelectual, al menos en su representación ideal, implicaba un resorte para movilizar la cosa pública.

En este contexto se desarrolla el conflicto idiosincrásico de lo político. La fricción, el roce establecido entre los participantes en la organización suponía la posibilidad para lo político. Solo por medio de esta situación problemática resultaba posible conciliar las voluntades que confluían en lo común. El enfrentamiento, por tanto, supone el motor que mueve lo estatal.  De no producirse esta situación no hay posibilidad de avance; cualquier otro ejemplo de gestión de carácter estático involucraría la existencia de algún tipo de despotismo que impide la participación.

De manera evidente, la persona partícipe en el proceso político dejaba de lado su faceta privada. El ámbito de lo particular quedaba de lado y se imponía el papel o máscara a representar en la arena popular. Sin embargo, a nivel colectivo existían una serie preocupaciones a las que debía dedicar atención. Se puede decir que una vez traspasadas las puertas de la vivienda particular comenzaba la vida política, la orientada al cuidado de la polis. El individuo particular cuidaba, junto con su familia, de lo íntimo y los ciudadanos políticos gestionaban lo común mediante enfrentamiento dialéctico.

Este tipo de organización, de éxito contrastado y persistente hasta la irrupción de Macedonia, permitió el desarrollo demográfico, cultural y, sobre todo, comercial. Lo económico quedaba bajo el amparo de la política e implicaba otro de los elementos a supervisar. Las restricciones, normativas y demás componendas para el fomento de esta dimensión quedaban bajo supervisión del habitante autorizado para intervenir en este terreno. La política comienza a diversificarse y todo lo comunitario, puesto que se trata de un aspecto fundamental para la persona, recibe su atención.

El devenir histórico ha ido ofreciendo distintas formas de organización del espacio común. La polis, por supuesto, queda muy alejada en el tiempo, aunque, por su raigambre en occidente, aún implica un referente. Sin embargo, con el desarrollo del espacio público tras los totalitarismos y el progreso experimentado después de la Segunda Guerra Mundial asistimos al desmantelamiento de lo político. Los logros alcanzados tras el impulso del Estado de bienestar, la instalación de las democracias occidentales y las metas conseguidas en material laboral y social están comenzando a desmoronarse.

Lo primero que llama la atención es la falta de participación en la cosa pública, lo común se ha convertido en un espacio en el que lugar de confluencia se produce el abandono. De manera tácita se entiende lo político desde un prisma únicamente representativo en el que no existen personas que desempeñen un papel regente; se ha producido una fractura y únicamente concurren ciudadanos o políticos profesionales separados por un abismo insuperable. No existe la preocupación por lo comunitario y nadie parece tener la intención de ponerse la máscara dramática para representar un papel público. El conflicto esencial en política ha desaparecido, únicamente queda como vestigio la pantomima desarrollada en las instituciones públicas.

Se preserva lo individual, se fomenta la inmunización que aleja de la alteridad para establecer pequeños espacios que no terminan de coincidir por estar atomizados. Un inconveniente paradigmático de este momento, marcado por el desarrollo del mercado global, se encuentra en la despolitización de lo económico. El Estado moderno, que nace de la mano del desarrollo mercantil para respaldar su desarrollo, ha comprobado en las últimas décadas como la participación en política económica se ha visto truncada. En este sentido, son las grandes corporaciones las que dirigen esta dimensión gracias a la desregulación transnacional que se ha producido. La empresa, el mundo de los negocios, se rige por una orientación pragmática que esquiva el aparato jurídico-legal establecido por lo estatal en su génesis.

La lógica empresarial ha inundado lo real y, en base a este planteamiento, se busca el rendimiento en toda acción práctica. De hecho, lo social también se ha contagiado de este mercantilismo que únicamente tiene en consideración la rentabilidad. Por supuesto, la cultura, el arte, la ciencia, la sanidad o los beneficios sociales orientados a la eliminación de las desigualdades se han visto afectados por resultar estériles en beneficio. Son dimensiones de lo humano y lo comunitario, que se bien redundan a medio y largo plazo en un bienestar social, no suponen un mercado rentable.

El precio a pagar por la despolitización de lo económico es la desconexión ciudadana de la gestión comunitaria. Esta última generación de derechos, orientados a las libertades más privadas y personales, se olvidan de lo común y renuncian a los hitos superados por la política moderna. De manera paradójica, el terreno pedagógico sí se mantiene profundamente politizado. Cada reforma educativa imprime en la legislación el contenido ideológico del Ejecutivo de turno. De ninguna manera se trata de algo casual, más bien implica un profundo conocimiento de lo común y la manera de controlarlo. De ahí que la filosofía haya sido relegada, para evitar las voces críticas y discordantes con este modelo.

 

 

Un comentario en “La postpolítica

  1. Magnífica entrada, como siempre. Con respecto al último párrafo, me atrevería a señalar cómo de bien organizado está ese aspecto, puesto que no sólo es rechazada la filosofía por el sistema educativo: muchos estudiantes encaran la asignatura por primera vez con un trasfondo negativo; la filosofía ha quedado banalizada antes incluso de empezar a conocerla. Siendo esto así, ¿cómo puede haber progreso? Está en manos de los profesores reincorporar esas voces al grupo de los concienciados.

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