Dioniso contra el crucificado: una conferencia de Diego Sánchez Meca

Este texto es un resumen de la conferencia «Dioniso contra el crucificado: la inversión de todos los valores», impartida por Diego Sánchez Meca como parte del curso 2016-2017 del seminario para el pensamiento y la difusión del pensamiento nietzscheano, centrado en torno a la obra El Anticristo. Quienes tengan interés en la conferencia completa pueden verla en este enlace

El Anticristo está encuadrado en el proyecto nietzscheano de una gran obra final que resumiría su pensamiento de madurez. Descartándolo por imposible, Nietzsche planea su Transvaloración de los valores con El Anticristo como primer capítulo; finalmente solo alcanza a completar este último. El pensamiento central de El Anticristo es, por tanto, la transvaloración de todos los valores, con el desenmascaramiento de la moral cristiana como premisa. «El desenmascaramiento de la moral cristiana», dice en Ecce Homo, «es un acontecimiento sin parangón, una auténtica catástrofe. Todo lo que hasta ahora se denominó verdad se descubre ahora como la forma más dañina, insidiosa y subterránea de la mentira. El sagrado pretexto de mejorar a la humanidad es reconocido ahora como la argucia para chupar la sangre a la vida misma, para volverla anémica». Nietzsche personifica dicha esencia al anteponer a Dioniso «contra el crucificado».

La finalidad de la crítica nietzscheana a la cultura europea, expuesta en obras anteriores, no era ofrecer una interpretación histórica de la evolución cultural ni construir un sistema teórico, sino experimentar, ensayar con el pensamiento la posibilidad de una transformación práctica «de la actual situación espiritual y psicológica de Europa, dominada por el nihilismo». El objetivo de Nietzsche es ensayar una práctica culturizadora alternativa a la hasta entonces desarrollada. Se contempla por tanto la posibilidad de otra especie de hombre, «más fuerte que el animal enfermo y débil que es el europeo contemporáneo», más allá del bien y del mal establecidos por la moral nihilista y cristiana. En ese experimento de pensamiento, para pensar esa aventura de formación humana invertida, propone como guía orientativa las categorías históricas de lo pagano, lo clásico y lo dionisíaco.

Se plantea un cambio de rumbo, una orientación nueva de la cultura y humanidad europeas; una posibilidad ni utópica ni quimérica, porque «el hombre es el animal aún no fijado», que carece de naturaleza estable y definitiva. Su existencia y cultura están abiertas a la libertad y la creatividad de todo cuanto se puede proyectar y decidir realizar. No obstante, su originalidad radica en que aquello con lo que se debe trabajar es una moral, un sistema de valores. «La moral en Europa», escribe, «es hoy moral de animal de rebaño, una especie de moral al lado de la cual son, o deberían ser posibles, otras muchas morales». Es en una transvaloración de los valores en lo que consiste sustancialmente el contenido de la acción terapéutica con la que Nietzsche propone afrontar el nihilismo. El núcleo sistemático de este objetivo se encuentra en las obras posteriores al Así habló Zaratustra, ocupándose El Anticristo de la moral cristiana.

Dicha moral queda retratada como el sistema de creencias que ha servido de fundamento de la moral europea y su sistema de valores. El Anticristo busca mostrar las consecuencias que la fe en el Dios cristiano ha supuesto para el desarrollo y el estado de la civilización occidental. En cuanto a su herramienta de análisis, Nietzsche hace su crítica de la religión cristiana desde un uso particular de la idea de proyección de Feuerbach, como más adelante lo harán Marx y Freud. A partir de dicha aplicación, defiende que fueron los nihilistas, los despreciadores del cuerpo y la tierra, la casta sacerdotal, quienes inventaron las cosas celestiales y toda una construcción metafísica y moral de la vida que en el S.XIX «muestra su vacío y su nada constitutivas». Así, llega un momento en el cual la fe en el Dios cristiano «se debilita y ya no sirve de fundamento para los valores y las verdades sobre las que tradicionalmente se había sostenido la civilización».

Esta evaporación de la fe en Dios es lo que se ha dado a llamar el proceso de secularización, un proceso que es quien mata a Dios. Nietzsche no mata a ese Dios de la teología, la metafísica y la política: simplemente quiere situarse en esa línea crítica de científicos y filósofos, para proseguir el trabajo de desenmascaramiento y deslegitimación de la tradición cristiana.

Dios es descrito como «una simple ilusión, la máscara de la Nada» y al mismo tiempo, un instrumento de determinadas formas de ejercicio histórico del poder. En El Anticristo Nietzsche detalla las formas por las cuales la fe cristiana —surgida, al igual que la budista, como una respuesta al sufrimiento— queda definida como una creación infantil de ilusiones sustitutivas, lo cual no hubiese sido tan grave de no haber sido parte de la estrategia de unos pocos para domesticar a muchos. Esta estrategia de dominación consistía en arrebatar, mediante el concepto de pecado y de culpa, el amor a la vida, la auto-afirmación, la adhesión a este mundo. La religión cristiana se desarrolla como una intoxicación para hundir a los seres humanos en el desprecio de sí mismos; habría funcionado promoviendo unos valores que han favorecido la rebañización de las masas, la desaparición de las individualidades fuertes y creativas, la caída en el nihilismo y la mediocridad.

La crítica al cristianismo es, por lo tanto, el primer paso de la transvaloración de todos los valores. Si el Dios cristiano ha servido de fundamento de los valores y las verdades sobre las que se sostenía la cultura nihilista, la pérdida de la fe en este Dios representa que los seres humanos pueden darse unos a otros unos valores, metas y fines que proporcionen un nuevo sentido a la vida y ofrezcan al mundo un nuevo centro de gravedad. Debe por tanto estimarse como positivo. La vida sometida a un Dios eterno e inmutable, argumenta Nietzsche, no puede evolucionar, ya que tiene que atenerse a un orden de valores y verdades fijado de una vez por todas. Es posible ahora crear unos valores basados no en la promoción de la debilidad y el rechazo a la vida, sino en su aceptación y afirmación, a ejemplo del paganismo que sirvió de fuente a una cultura creativa y sana como la de los antiguos griegos, que nunca pretendió la moralización de la sociedad.

La razón de ser de esta sociedad fue la exaltación de una imagen de felicidad representada en la pluralidad de sus dioses. No consistió en la sacralización de ningún código moral que proclamara un bien y un mal trascendentes: la griega era una religión más allá del bien y del mal, y se mostraba como expresión sublimada por un lado de impulsos eróticos que tienden al amor universal —el Eros— y de una crueldad liberada mediante el sacrificio y los rituales litúrgicos —el Thanatos—. Frente a la religión cristiana propone Nietzsche la religión como serenidad, afirmación de la vida en su totalidad, simbolizada en la figura de Dionisos. No se identifica la religión con una Iglesia, una institución de poder que conduce a las almas como un rebaño, sino que se entiende como libre espiritualidad, vida interior que siente la vinculación del hombre con la tierra y le impulsa a identificarse con la totalidad de lo que existe, afirmándola y comprendiéndose parte de ella.

Esta religión promovería un amor espiritualizado y un reconocimiento a la vida, al enseñar al individuo a vivir unido a la totalidad universal en todos los momentos de su devenir. Se favorece la formación y la difusión de un hombre distinto al cristiano nihilista, con valores distintos y superiores. Este tipo humano afirmativo y positivo es posible, atestiguado en culturas como la griega en la que este tipo fue el dominante. Dice Nietzsche que no hay «una humanidad como totalidad unitaria, no hay una evolución de la humanidad como un progreso continuo [sino] evolución de cada cultura, que se ve interrumpida […] en un devenir que no persigue ningún fin predeterminado ni obedece a ninguna finalidad de carácter metafísico». Así, si pueden encontrarse individuos que, en el marco de sus respectivas culturas, constituyen un tipo de hombre superior al europeo nihilista, deben erigirse en referente de ese proceso de educación.

Es importante subrayar el concepto de «educación» porque Nietzsche en ningún momento piensa que este tipo de hombre pueda implantarse en las sociedades actuales como resultado de una revolución política. Cualquier cambio en el que se quiera pensar tiene que pensarse como una metamorfosis progresiva, conociendo las condiciones que determinan lo que se pretende cambiar. Nietzsche no es un revolucionario: defiende que la pura transformación de las condiciones externas no es suficiente, como demuestran las revoluciones políticas que acaban reproduciendo las dinámicas anteriores. Las revoluciones políticas que afectan solo lo externo y no transforman la interioridad dejan su sistema de valores y actitudes idéntico, volviendo al anterior estado de las cosas.

Nietzsche piensa en una élite de individuos con nuevos valores e instintos saneados, que, fortaleciendo una voluntad de poder afirmativa, impulsarán este proceso. Habla de una aristocracia no social ni política sino espiritual, que habría de coexistir con la masa nihilista. Para la consecución de dicho objetivo, El Anticristo ofrece una reflexión fundamental, exponiendo con detalle cómo ha funcionado la figura de Jesús y los santos: como modelos que mueven a las gentes a su imitación. Aquí no habla Nietzsche del contenido de los valores sino de la forma. La élite nietzscheana se presentaría con valores nuevos frente a unos santos y profetas que se apoderan de la imaginación de épocas y pueblos enteros, ofreciendo su vida como un paradigma a imitar. Este modelo de hombre sería «el vencedor de Dios y de la Nada», el Anticristo.

El experimento de la transvaloración se inicia como un ensayo por parte de unos pocos individuos de las condiciones que podrían hacer posible la incorporación de nuevos juicios de valor en los que se traduciría la afirmación, el potenciamiento y la intensificación de la vida, iniciando un proceso que a la larga pudiera llegar a reorientar la situación cultural de Europa. Estos individuos ensayarían en sí mismos un mecanismo de auto-transformación al que podrían ir sumándose luego otros, hasta convertirse en tipos humanos predominantes: esa élite que debe servir de ejemplo, de tipo humano superior y más saludable, debe auto-imponerse una disciplina que termine transmutando en ella los valores nihilistas por una voluntad de poder afirmativa.

«El griego dionisíaco», dice Nietzsche, «tuvo necesidad de hacerse apolíneo, de liberar su voluntad de lo enorme, lo múltiple, lo incierto y lo violento, haciendo de ello una voluntad de mesura, de simplicidad, de ajustamiento a una regla y de inserción en un concepto; en el fondo del griego está lo desmesurado […] y su bravura consistió en su lucha contra [esta desmesura]. Su belleza no le fue dada como una herencia […], lo conquistaron, lo consiguieron, lo trabajaron».

Nietzsche va articulando, en ese proyecto de transvaloración, una comprensión cada vez más aquilatada de la cultura griega, que es a la vez paradigma y punto de referencia. Es importante aclarar por ello la distinción entre lo apolíneo y lo dionisíaco. El joven Nietzsche, bajo la influencia de Schopenhauer, comprende lo dionisíaco como la vitalidad misma de la voluntad como naturaleza, como physis originaria, de la que participa el individuo particular, y que conoce a partir de la experiencia de su propio ser. La voluntad es por tanto la esencia originaria del mundo, incognoscible pero que podemos sentir en nuestros estados corporales, pues somos parte de la Naturaleza del mundo. La crítica a la cultura europea que el joven Nietzsche esboza se enreda inevitablemente en esta nostalgia romántica por lo auténtico aún presente en la metafísica de Schopenhauer, el sueño de volver a los orígenes, al estado de Naturaleza, como reencuentro del individuo con su verdadera esencia. Desde esta comprensión metafísica de fondo, la escisión del individuo del todo primordial representaría una culpa, lo cual implicaría el dolor del mundo, el sufrimiento y la contradicción que señalan la existencia. Dioniso es para el joven Nietzsche esa fuerza primitiva que impulsa al individuo, en la embriaguez de la vitalidad exuberante, a superar los límites de su separación, de su ser fenoménico, para fundirse con su esencia más auténtica en ese Uno primordial.

Ese planteamiento de juventud queda pronto superado cuando, después de El nacimiento de la tragedia, esos impulsos que según Schopenhauer serían el conocimiento que tenemos de lo que es el Ser del mundo quedarían definidos por Nietzsche como resultado de un proceso de aprendizaje social, de configuración y moldeamiento mediante la cultura. No hay nada de innato en el individuo: hay unas energías que se modelan, que se adecuan al proceso de socialización y culturización. El individuo es por tanto un ser social: no tiene naturaleza, tiene un proceso y una evolución, no tiene un ser estable desde el origen.

Esa culturización, que no se limita al intelecto sino que se extiende a los impulsos, es fruto de la educación. De ahí que sea esta la piedra de toque del proceso de transvaloración. La fuerza de las instituciones y elementos culturales griegos de someter los impulsos, afirma Nietzsche, no es algo que el griego tenga por don gratuito, sino que conquistó, que quiso tener y que tuvo, sometiéndose a una larga y exigente disciplina de auto-superación. Una vez clarificado esto, está en condiciones de entender de otra manera qué es lo dionisíaco. A partir de aquí, Dionisio es la prefiguración de la voluntad de poder como prototipo máximo del ejercicio afirmativo de las fuerzas.

Frente a la situación del nihilismo europeo, Nietzsche puede invitar a volver la mirada a los griegos para ver encarnada en su tipo de hombre predominante esa voluntad de poder que logra dominar su propia fuerza. Lo que los griegos nos enseñan, por tanto, es que se puede alcanzar una organización de los dispositivos pulsionales en torno a un centro de gravedad auto-regulador de las confrontaciones entre las fuerzas activas y reactivas, en conformidad con lo que exige el potenciamiento y la intensificación de una vida más fuerte y más saludable.

Este es el tipo de hombre que puede hacer crecer de forma controlada su propia energía vital y orientarla, dirigirla, a la construcción de una cultura superior. Frente a él, el hombre nihilista es el que solo es capaz de actuar bajo fuerzas puramente reactivas. Como no tiene capacidad organizativa o auto-reguladora de su propia energía, vive a merced de las presiones y las fuerzas de la colectividad, de aquellos que dirigen la colectividad y que la manipulan a partir de estas directrices, los esclavos que solo saben obedecer lo que la imposición anónima de la sociedad manda, sin que dentro de su horizonte vital está la posibilidad de contradecir esa imposición para desarrollar un proyecto original de sí mismos.

Lo que se enseñaría sería la cualidad, el carácter, la decisión de querer la salud, entendida como una organización de nuestros dispositivos pulsionales, orientada hacia un movimiento de auto-superación como exigencia de uno mismo en el máximo rigor y la máxima disciplina aplicable. Lo logrado por estos individuos podría llevar a otros a querer seguir su ejemplo. Se daría un modo de vivir sin mala conciencia, más allá del bien y del mal, de acuerdo con nuevos valores afirmativos. Escribe Nietzsche: «Nuestra nueva exigencia es devolver a los hombres el buen ánimo necesario para realizar las acciones difamadas como egoístas y restaurar el valor de las mismas, arrebatándoles la mala conciencia. Y puesto que esas acciones son las más frecuentes y lo seguirán siendo en un futuro, les quitamos su malvada apariencia […] Cuando el hombre ya no se considere malvado, dejará de serlo».

Uno de los frentes fundamentales en los que combatir, uno de los ámbitos en los que la transvaloración se tendría que aplicar para apreciar la dificultad del proceso, es el lenguaje. Habría que liberarlo del uso predominante reactivo que tiene: habría que devolverle su condición de expresión de una voluntad de poder artística y afirmativa. Habría que someter las palabras rutinizadas a un reforzamiento, a una revitalización, mediante su condensación o poetización: flotamos sobre ellas, sin densidad ni contenido. Para que adquiera la intensidad deseada, para que el lenguaje sea ya la forma adecuada al mensaje de la transvaloración, Nietzsche recurre al nihilismo, al ditirambo, a los signos, a los cantos, a los poemas y las máximas. El nuevo lenguaje debería destruir y afirmar, habría de tener a la vez la dureza del martillo que destruye los viejos ídolos fetichizados y la dulzura de la embriaguez de los cantos de Zaratustra. Debe por tanto actuar a la contra de las tendencias fetichizadoras, gregarizadoras, de la comunicación cotidiana; invertir las tendencias nihilistas y reactivas para recuperar su condición de creación artística, en cuyo fondo se encuentra la huella olvidada de una determinada experiencia de lo sensible.

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