La enésima condena

 

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La primera vez es la peor, la más difícil. Después todo se vuelve más sencillo, incluso rutinario. Solo es cuestión de tiempo. Apología de Sócrates ha legado ese momento, el instante en el que da comienzo el paso inicial para que algo cambie. En este caso, el asesinato de Sócrates. O, si se quiere, de la misma filosofía. De todo esto tomó buena nota Platón, alejado de la política práctica y a punto de sufrir la misma suerte en Siracusa. Al que no sorprendieron fue a Aristóteles, este sí que no dejó nada al azar. Olvidó la polis y salió corriendo a Eubea, tenía claro su posible destino.

Con Sócrates se asesinó por primera vez a la filosofía. Después sucedería en incontables ocasiones, no hay más que repasar la historia occidental para tomar conciencia de esta realidad. La persecución a la inteligencia, a la reflexión filosófica, ha resultado una constante practicada por todas las banderas y orientaciones. Aunque, por otro lado, también se ha producido una filosofía parasita del poder y cercana a los círculos de influencia que de alguna manera viene a respaldar el statu quo. Es decir, el poder no puede prescindir de la filosofía pero también debe mantenerla sometida. Esto responde a la situación ambivalente y esencialmente conflictiva de la política: de una parte la reflexión es capaz de elaborar una noción sobre lo real que puede llegar a convertirse en la preponderante y, de otro lado, la crítica ejercida por el pensamiento puede resultar un elemento disolvente. El movimiento comunitario se realiza al son de la intelectualidad, de la elaboración de una noción sobre lo real que, de manera indefectible, se enfrenta a un posicionamiento opuesto.

El intelectual no siempre goza de prestigio. En demasiadas ocasiones se vuelve un tipo sospecho, alguien que anda por ahí pensando y poniendo en tela de juicio lo aceptado por el sentido común. Así, surge la crítica, la revisión racional sobre lo común pues es en este ámbito, en el comunitario, donde más ampollas levanta el pensador. Cuando existe la posibilidad, también en innumerables ocasiones, lo más sencillo es la eliminación de esa molesta e ínfima perturbación. Esto es lo que le pasó a Sócrates, le quitaron de en medio para que dejase de molestar con una engañosa ignorancia que terminaba por atacar el orden tradicional. Pero, ¿por qué tomarse tamaña molestia por un anciano? Sencillo, ese filósofo era capaz de arrastrar a la gente. ¿Hacia dónde? En dirección a la posibilidad de desarrollar un pensamiento propio. El poder sabía que había pocas cosas más peligrosas para el orden establecido que la reflexión crítica. ¿Y si lo que hacía ese anciano con unos cuantos seguidores se convertía en una tendencia irresistible? Ante ese panorama no tuvieron la menor duda, buscaron el modo más eficaz para cumplir su propósito y el resto de la historia es de sobra conocida.

La filosofía es, por tanto, una molestia que puede llegar a ser profunda. Resulta una herramienta para la transformación, sin pensamiento previo que articule el propio posicionamiento, en oposición a otra fuerza, no existe dinámica social; cambio político. Esto tiene una doble lectura. De la crítica surge la revolución, la agitación de lo común para, en oposición dialéctica, generar la reacción contra lo asentado. Esta última realidad nace también de la filosofía, del pensamiento acomodaticio que busca preservar la tradición por entender que se trata de la postura más conveniente. La crítica, sin embargo, se enfrenta al fundamento de la soberanía establecida y termina por malversar el ambiente estableciendo el caldo de cultivo para el asalto al poder. Pues no nos engañemos, solo desde el poder es posible la alteración de lo comunitario.

De esta forma, la filosofía se incrusta en lo político para terminar sumida en un tira y afloja en el que siempre se producen fricciones y problemas. Esto sucede por el hecho de que, en último término, es la violencia la que resuelve los litigios entre las posibilidades contrapuestas: la intimidación en forma de coacción oficial o el terror derivado de la posibilidad de cambio revolucionario. En ambos casos se producen bandos e irremediablemente resultan vencedores y vencidos. Tal y como parece, la filosofía aparece como un elemento imprescindible: ya sea para el respaldo del orden presente o como ataque al mismo. Sin embargo, la fricción entre ambas tendencias cae en el cainismo y cada facción procura la desaparición de la contraria. Por lo tanto, hay una posición gubernativa y otra que ejerce la crítica.

Hoy se está asesinando por enésima vez a Sócrates, pero, con una novedad. La contemporaneidad no necesita un posicionamiento oficial. Más bien, se trata de un pensamiento que niega la necesidad de pensamiento, aunque resulta él mismo un pensamiento. Esto se ve claramente en la rebaja de estatus y de presencia de la reflexión crítica en los planes de estudios oficiales. Se impone el pragmatismo, el introducirse de manera temprana en el tejido productivo para desarrollar una especialización orientada a ocupar un nicho de negocio. Por supuesto, de manera acrítica y con la sensación de que no hay otra posibilidad. Se deriva una compartimentación del mundo laboral que lleva al desarrollo de habilidades técnicas muy específicas que restan visión de conjunto. Con este planteamiento se pretende agotar el manantial reflexivo y la inteligencia se ahoga en la imposibilidad de desarrollar una postura propia. El pensamiento único que estima como innecesaria la reflexión, no es más que otra postura filosófica que intenta diluir las posturas opuestas desde el momento de su génesis. Por tanto, se sanciona la emergencia del cambio y de interpretación de la realidad. No obstante, Sócrates sigue vivo entre nosotros y el pensamiento único no cae en la consideración de que fomenta la filosofía al ser él mismo resultado de la reflexión. Los propios intentos por frenar la filosofía son un pensamiento reactivo que necesita de un opuesto para su progreso. En consecuencia, y de manera paradójica, supone el alimento esencial para la inteligencia crítica que duda sobre lo establecido.

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