La lógica de la anti-vida

El director de la Oficina de Administración y Presupuesto de Estados Unidos, el republicano Mick Mulvaney, explicó en una reciente rueda de prensa los presupuestos para la legislatura, una especie de caricatura grotesca de los postulados económicos de la derecha. Entre las medidas expuestas se encuentran sustanciosas rebajas en ciencia, medio ambiente y programas de asistencia nutricional, por un lado, y mareantes incrementos en la partida presupuestaria de defensa y seguridad nacional, por otro. Uno de los puntos más controvertidos era la decisión de la administración Trump de reducir la partida asignada a los programas de asistencia para la nutrición infantil y juvenil, gracias a los cuales niños y niñas en situación de pobreza comen en los colegios, al no poder garantizar sus hogares una nutrición adecuada. Mulvaney lo justificó aludiendo a que dichas iniciativas se aprobaron con el objetivo de mejorar el rendimiento académico de dichos niños y niñas. En vista de que no hay una mejoría estadísticamente significativa en los resultados, argumenta el de Carolina del Sur, lo más sensato es reducir la cantidad de dinero para financiarlos.

Antes de entrar en lo escalofriante de este argumento, cabe señalar que Trump y su administración demuestran de nuevo no ser una iniciativa anti-sistema sino precisamente la cara más desenmascarada y pura del mismo. Con cinco banqueros de Goldman-Sachs en su gabinete, recortes a la asistencia sanitaria de la población más desfavorecida[1], desregulación para las operaciones financieras y prácticas xenófobas contra los migrantes procedentes de países musulmanes pobres, queda en evidencia que el mensaje anti-establishment no era sino demagogia para reunir los votos de un electorado desencantado, exhausto. Nietzsche señalaba que nihilismo y vida reactiva iban de la mano: un porcentaje amplio de la población estadounidense, cuyo desengaño con la política le llevó a desconfiar de cualquier candidatura «de Washington», no se sentía capaz de producir poder alguno. Quería soluciones radicales, rápidas. Trump y su retórica Disney («votadme y todos vuestros sueños se harán realidad») identificaron esta demanda nihilista-reactiva y le ofrecieron exactamente aquello que buscaba. Décadas de concebir la democracia no como participación, sino como delegación, hicieron el resto.

Con respecto al argumento de Mulvaney, la aplastante lógica del rendimiento que lo guía evoca a unos escenarios de literatura distópica. Si un estudiante mal alimentado obtenía una nota media y con un programa de asistencia que le permite comer obtiene unos resultados iguales o que «no justifican la inversión», la ayuda se retira. La lógica empresarial de juego de suma cero, aplicada a la nutrición de los menores. Si un estudiante recibe algo básico para su desarrollo físico y cognitivo, más vale que devuelva algo a cambio en términos de productividad. Imaginemos el siguiente escenario: un niño mal alimentado recibe la asistencia de dicho programa. Dedica la energía adicional a hacer deporte, o a salir a dar una vuelta en bicicleta con sus amistades, ayudar a su familia en las tareas domésticas, asistir a un familiar anciano o minusválido, descubrir y crear una facultad artística, aprender un lenguaje de programación con ayuda de Internet, coquetear con la persona que le gusta. En definitiva, una mejor alimentación le insufla una nueva energía, pero el dinero invertido no se traduce en más dinero sino en experiencias fundamentales para la vida; en vida. ¿Debe retirarse esa ayuda?

La medida ni siquiera sigue su propia lógica. La obesidad ha dejado de ser la enfermedad de los ricos para ser la enfermedad de los pobres. El porcentaje de estadounidenses obesos crece cada año a causa de que la comida insalubre (carbohidratos complejos, grasas hidrogenadas) es barata de producir, mientras que la saludable (grasas vegetales, proteínas de calidad) son caras. Por el precio de una botella de aceite de oliva, un estadounidense puede comprar media docena de Big Macs. Un niño que crezca en un entorno deprimido, donde ni siquiera puede tener una nutrición estable y adecuada, tiene dos opciones: unirse a un programa de asistencia o llenar el estómago con la oferta «tres por un dólar» de la cadena de comida rápida más cercana. El tratamiento de las enfermedades derivadas de la obesidad es tan elevado que las compañías aseguradoras prefieren cubrir operaciones de reducción de estómago y banda gástrica a fin de evitar males futuros, que acarrearían su correspondiente sobrecoste. ¿Cuánto costará el tratamiento de las enfermedades de un adulto obeso desde la infancia? La voracidad cortoplacista de la lógica del beneficio es tal que acaba disparándose en el pie.

El mensaje para la juventud y para toda la sociedad es claro: «rinde de forma estadísticamente significativa o te quitaremos el pan de la boca, la asistencia te alimentará mientras traduzcas tu vida/tu energía en rendimiento. Elige con cuidado en qué inviertes tus julios». La lógica de la productividad aplicada al ser humano es la lógica de la anti-vida. Anula la posibilidad de desarrollo más allá de sus estrechos patrones. El capitalismo del S.XXI invierte a Kant y lleva la inversión aún más lejos: en primer lugar, el ser humano concebido no como fin en sí mismo, sino como herramienta por y para la producción; en segundo lugar, la misma vida entendida en idénticos términos. Desaparece la experiencia, desaparece el individuo, hasta el «yo» desaparece en una enajenación extrema en la que el ser humano deviene puro medio, recurso humano, materia productiva a reemplazar en el momento en que pierde operatividad. Ni siquiera hay una necesidad de disimularlo o de envolverlo en retórica: un traje y una corbata afirman lo inevitable ante un auditorio de periodistas que asiente, graba y pasa a la siguiente pregunta.

[1] Trump aseguró que una de sus prioridades sería devolver sus antiguos puestos de trabajo a los mineros de las zonas deprimidas del país, más por su valor simbólico-nostálgico-nacionalista que por el impacto real que tendría en un porcentaje muy minoritario de la población. Su propuesta de revisión de la ley de asistencia sanitaria limita, entre otras, la cobertura de enfermedades pulmonares crónicas, generalmente desarrolladas por los mineros. Normalmente emplearíamos la expresión «el chiste se cuenta solo», pero esta situación no tiene nada de gracioso.

Un comentario en “La lógica de la anti-vida

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