Aristóteles (IV)

Aristóteles diferencia entre las utilizaciones del lenguaje que comportan la existencia del logos apofántico para los cuales se construye la ciencia, respecto de aquellos usos del lenguaje que contemplan un uso pleno, con todos sus aparatos performativos y dispositivos. La retórica está puesta al servicio de la dialéctica y es, por lo tanto, un proyecto de cobertura racional de la realidad que no puede ser abarcada por la ciencia.

Limitarse al lenguaje apofántico implica perderse una parte de las distribuciones que la comunidad lingüística permite. El lenguaje natural pleno contiene enthimos, a saber, afectos y pasiones. ¿Qué hacer con ese mundo? Debe ser tratado por dos órganos: la retórica y la poética. La retórica es la promoción de discursos que pueden incorporar las instancias discursivas, thimemáticas. Aristóteles intenta aplicar el esquema de la racionalidad filosófica en aquellos casos en los que de ninguna manera hay posibilidad de que se apliquen las propuestas de la ciencia.

Tanto la retórica como la poética completan el universo de lo que una comunidad de lenguaje encuentra como mecanismos de intervención racional. Deben ser incorporadas al esquema de la racionalidad. En la poética concibe enunciados históricos (para los objetos singulares, de tendencia a organizarse como narraciones tradicionales, como los mitos) y si uno quiere liberarse de las narraciones tradicionales que se extienden ad infinitum, tiene que situarse en el nivel del lenguaje de la universalidad, en el que se produce necesariamente una interpretación mediante diferentes modos de entender la universalidad. La universalidad, por tanto, no está completamente asociada a la idea de la ciencia.

¿Qué pasa con los mitos? Que dan lugar exclusivamente a procesos de degradación permanente de la vida racional. Incorporan elementos para los que no hay ninguna posibilidad de ejercer la racionalidad. Se imponen a cualquier forma de narración, proponiendo su propia configuración en una forma infinita e inasimilable a la razón. Lo que define al mito es la parataxis: «y pasó esto, y pasó lo otro, y lo de más allá…», por lo que no hay ontopraxiología. Por ello debe ser evitado si se quiere proponer un mundo racional. La historia está confrontada a la racionalidad, en cuanto la historia es lo que acontece cuando no hay ningún programa que establezca la construcción de un mundo racional.

Hay acontecimientos que ni siquiera caben en la posibilidad estratégica de la ciencia. ¿Qué hacer con ellos? Es lo que se dirime en todas las formas del lenguaje en las que no ha hecho reducción, abstracción, de aquellos elementos que si no se interviniera de ninguna forma, daría lugar al predominio de la historia, que es lo irracional. Aristóteles no puede ser por ello absorbido por Hegel. Los acontecimientos puestos por sí mismos no pueden dar lugar a ninguna secuencia racional. Sería azaroso que la historia coincidiese con la racionalidad. ¿Qué hacer con todas esas cuestiones que debemos arrancar del decurso azaroso de la historia, pero no caben en el discurso racionalizado de la ciencia; para las que el discurso apofántico no es pertinente?

Eso implica reconocer que hay muchas cuestiones a las que, si les quitas los elementos subjetivos, las dejas al margen de todo programa racional. Si haces una selección tal que unas cuantas cuestiones caben en el discurso racional y entregas el resto al sangriento decurso de la historia, te quedas a la intemperie de la acción, de aquel control que debe proponerse en un programa de racionalidad generalizada.

En esa zona ambigua de la retórica en la que no es un simple complemento de la dialéctica y en otros muchos elementos que van a concernir a la poética, de lo que se trata es de encontrar una respuesta al siguiente problema: ¿hay alguna forma de cubrir racionalmente el cómputo del universo de problemas que no son susceptibles de una estrategia científica?, ¿hay alguna manera de cubrir racionalmente el conjunto de problemas que no pueden ser enunciados por el logos apofántico? Aristóteles propone dos máquinas racionales: la retórica y la poética.

O bien renunciamos a que haya racionalidad en lo performativo o bien encontramos un mecanismo para la transferencia lingüística en las que no tengamos que visionarlas tal como se producen en la historia. O bien nosotros intervenimos o la historia se encargará de hacer como ello sea. Hay por ello una apuesta de riesgo. Por ello la retórica trata de hacerse cargo del mundo de los afectos y las pasiones.

¿Qué una a la retórica y la poética?, ¿qué es lo que diferencia a la historia de los enunciados racionales? La apuesta por la universalidad. Lo histórico es lo singular y sobre ello no hay ciencia ni racionalidad. Lo que acontece singularmente es lo que de hecho sucede, lo que de suyo pasa cuando nadie hace nada. Así que el hacer algo es porque no queremos que sucedan sin más, sino que queremos que sucedan según un propósito: el control racional de ese acontecer.

¿Cómo llegar a dicha universalidad? ¿Cómo incluir los afectos y las pasiones sin entregarnos a esa ciega historia del acontecer carente de razón? La estrategia de la retórica es distinta de la poética, aunque el fondo venga de una fuente común. La retórica aspira a tratar afectos y pasiones como si pudiesen formar parte de las premisas de un argumento. Divide por ello el equipamiento de los argumentos en tres instancias: pragma, ethos, pathos. Pragma es el asunto del que se trata. La incidencia del pragma es lo que permite entender la retórica como la contraestrofa a la dialéctica. Otra manera es incorporar los afectos y las pasiones al proceso del racionamiento como si fueran, ya que de hecho lo son, fuentes de premisas para un silogismo.

Lo que la retórica hace es reducir los afectos y las pasiones a formas enunciativas, a premisas de un razonamiento, y esto es la mejor manera de desactivarlas: hacer de ellas un instrumento de racionalidad. La transformación retórica de la ira, por ejemplo, es cuando los enunciados propios de la ira forman parte de una estructura lingüística por la cual el otro puede neutralizarla, contrapesarla, identificarla y oponer argumentos de pacificación; es decir, cambiar las actitudes que se dan en el universo de la historia, de los sucesos, por enunciados, en el que quedan claras las posiciones específicas con el objetivo de introducir los elementos subjetivos en una trama que hace posible el intercambio enunciativo como instrumento de algo que, no siendo científico, permite generar espacios o tránsitos de la historia a la universalidad.

Lo que caracteriza, pues, a la retórica, es esta transferencia del sentido histórico al universal-racional que le permite formar parte de enunciados. Esto explica por qué los razonamientos retóricos tienen el nombre de entimemas, aquello que está en el techo, en el alma irascible. No podemos hacer con ellos operaciones abstractivas, tenemos que usar el lenguaje pleno y lo característico en él: los fenómenos diferentes de los descriptivos. La estrategia aristotélica es tratarlos no en el nivel real histórico, sino como enunciados que pueden formar parte de argumentos. Cuando la ira, la envidia, las formas del talante, todo el catálogo de nuestra retórica, se hacen parte de un universo lingüístico, la construcción de argumentos no es demostrativa pero sí persuasiva, esto es, puede ponerse en el contexto de una negociación racional.

Esta es la misma estrategia que vemos en la poética, a la que los románticos prestaron a ella una atención desmesurada: ¿hay alguna posibilidad de construir universales que no sean como los del logos apofánticos, que no sean universales abstractos sino concretos? En la retórica está imagen está siempre presente, pero bajo los universales de la ciencia. La poética establece una estrategia complementaria ante la pregunta “¿puede de todos modos hablarse de universales singulares, concretos, no abstractos, que no sean los de la ciencia?”. Esta estrategia no es la de la retórica, la estrategia práctica de asimilar los elementos que proceden de las pasiones y los afectos a argumentaciones lógicas persuasivas.

Esta estrategia es imprescindible si se asume que el lenguaje de la retórica no garantiza la obediencia social, la lección paidológica. La posibilidad de una conformación retórica de los usos plenos del lenguaje no garantiza que podamos superar el nivel histórico, y que no vayan a acontecer los sucesos propios de la historia. La retórica tiene que ser complementada con un dispositivo ejemplarizante que introduzca un paradigma para la obediencia social. Una vez establecido en qué forma un mundo no entregado a la irracionalidad de la historia por medio de la promoción de razonamientos prácticos, no garantiza el buen funcionamiento de las sociedades si no se ponen dispositivos de ejemplaridad, que son los que proporciona la poética.

La poética no es una parte de la ontología aristotélica. En la poética no se decide cuestión ontológica alguna, sino de paradigmas sociales que incorporan la vieja paideia religiosa como uno de los dispositivos de una sociedad racional. El centro mismo de la poética aristotélica es la distinción entre los enunciados singulares históricos y los enunciados universales científicos (que remeda la retórica, para el que la retórica es un analogatum en situaciones prácticas) y por otra parte, el arte y la literatura.

En esto, Aristóteles es antiplatónico. La mímesis, que es copia de copia, la literatura entendida como mímesis, que en Platón se presenta como reproducción de apariencia, el escalón más bajo, da un vuelvo en Aristóteles, en virtud de una semiótica. El valor del signo no es mimetizar la realidad sino establecer un modo de nombrar universalmente lo universal concreto. El signo está en el lugar de las cosas, pero lo que define el signo es que ese lugar es uno solo.

Lo que encontramos en la poética es una estrategia diferente de la analítica. No es preciso quitar, sustraer, desmochar, para encontrar un lenguaje meramente descriptivo. Eso que es posible y que da lugar a la ciencia puede acometerse comprendiendo que la singularidad múltiple y plural, en una teoría de los signos, entendidos los signos como espacios, pueden ser representados en un único punto. Acciones diferentes pero análogas en su sentido son representadas por un solo signo. La oportunidad que brinda la poética, que se manifiesta como una vía distinta de la teoría de la ciencia (no una vía complementaria, como la retórica) es señalar que al margen de las operaciones abstractivas están las operaciones simbólicas. Si las primeras consisten en generar abstractos a partir de singulares, las segundas consisten en mantener la singularidad mostrando sin embargo la unidad de su representación en un punto, y ese punto es el signo.

Esto es lo que hace la literatura, que puede ser reducido a un universo filosófico vigilado por la filosofía para que sirva como prototipo educativo, como ejemplo para la educación ciudadana. Ese valor de símbolo lo procura por igual la epopeya, la tragedia y, si es que llegó a escribirse, la comedia.

¿Cuál es el sentido de todo el sufrimiento descrito en la Ilíada? Desde el punto de vista histórico, ninguno: que este muera, que aquel sobreviva, que se peleen… irrelevante. Su sentido es formar parte de los cantos venideros. Porque cuando no haces la historia singular, sino que presentas a los personajes de esa historia como prototípicos, estás engendrando un paradigma, un modelo de comportamiento que, en virtud del error y la depuración, te proporciona un mecanismo de actuación que elimina las desmesuras y propone una vía para un comportamiento racional.

¿Cuál es la misión de la poética? Crear universales concretos, prototipos, paradigmas, ejemplares por virtud de los cuales tú, en tu conducta singular, eliminas aquellos aspectos que causan espanto y turbación. Ese mecanismo de universalidad de la singularidad es posible y su instrumento básico es la poesía. En los prototipos son reconocibles y se pueden asimilar múltiples conductas similares. Así como la retórica complementa la práctica científica, la poética es un dispositivo diferente entregado a una educación filosófica por vía de la ejemplaridad.

Aristóteles cree que mediante esta especie de red en la que unas veces mediante enunciados abstractos, otra mediante enunciados probabilísticos, utilizando el discurso unitario o dialógico, proponiendo estrategias abstractivas o concretas, no queda ningún espacio de la vida social que no pueda ser entendido bajo la figura de una racionalidad más o menos fuerte, dentro de una sistematización que las alcanza a todos. La teoría de la verdad es un instrumento en la teoría de la ciencia. El órgano no es otra cosa que la acción humana, consciente, en el contexto de una ontopraxiología, de lanzar una red sobre lo real de manera que todo pueda ser tratado en forma racional y evitar la pura violencia de los actos entregados a su oscuridad y su mutismo, por una sociedad comunicacional, segura de sus instrumentos de promoción de conductas racionales. Las preguntas ahora son cómo se construyen las ciencias particulares.

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