Genealogía del miedo

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El miedo supone una de las emociones más primitivas y viscerales que puede embargar al ser humano. Se trata de un componente biológico básico que posibilita para la supervivencia y que es compartido con el resto del reino animal. Se puede considerar un elemento fundamental que convierte al individuo en un ser que se introduce en el entorno de manera progresiva. Por supuesto, esto tiene que darse con la mesura adecuada pues, en caso de ser demasiado temeroso, se pueden perder las posibilidades que se presenten. Y, en la situación contraria, en el supuesto de caer en la temeridad, esta herramienta no cumple con sus funciones y puede conducir a problemas mayores. En un sentido aristotélico, se trata de encontrar esa justa medida, ese punto intermedio que no lleve a los extremos.

En un entorno natural; por ejemplo, en un bosque durante la noche, esta emoción se hace patente y nos retrotraemos a un estadio bestial en el que un sonido, la oscuridad o cualquier imprevisto puede suponer el detonante para la aparición del pánico. Ni que decir tiene que el conocimiento del entorno o de la situación hace que se disipe en la cotidianidad. Es por esto que la costumbre ofrece el cálido refugio del hábito y diluye esta sensación.

¿Qué sucede en un entorno distinto? En una ciudad, por ejemplo, el sustrato para el miedo vuelve a ser el mismo. Una calle desconocida, un barrio supuestamente conflictivo en un país extranjero o un grupo de personas que te observa puede resultar ese estímulo para que salten las alarmas y el sujeto desarrolle como defensa el terror que dispara la química necesaria para estimular la huida. También los centros urbanos con su desarrollo, iluminación y demás elementos habituales pueden esconder puntos ciegos en los que anida el desasosiego. Todos los lugares, incluso los más cercanos, esconden su propia mítica capaz de estimular al cerebro humano para comenzar a activar una posible defensa.

Así, el miedo, como emoción radical, nace de lo desconocido, de lo distinto que supone una amenaza; aunque en último término no sea más que una falsa alarma. Tal y como ha quedado dicho implica un mecanismo adaptativo que facilita la supervivencia. No obstante, esta emoción esconde tremendos matices pues en la sociedad contemporánea las situaciones de terror visceral son las menos y el recelo adquiere otra forma: el odio. Con todo, se mantienen los elementos fundamentales para que la emoción aflore a la superficie.

En primer lugar, lo desconocido. La alteridad, el que se sitúa enfrente de nuestra escala de valores puede ser entendido como un peligro. Se concibe esta oposición, en lugar de como componente enriquecedor, como una rivalidad en la que los presupuestos propios  podrían ser desbancados. Surgen en este punto los sentimientos gregarios, de aceptación en un grupo para, por este camino, sentir el respaldo necesario para defender nuestros puntos de vista. ¿Qué supone el otro en oposición? De manera evidente una amenaza, la posibilidad de que el mundo ordenado y controlado en el que se desarrolla nuestra existencia de desmantele. Por lo tanto, resulta imprescindible, en este tipo de situaciones, el contraataque. El paso a la ofensiva resulta sencillo pues, como pieza clave, se cuenta con el respaldo grupal que desinhibe para la actuación. El razonamiento, al igual que la emoción, es sumamente primitivo: prefiero no conocer, es ventajosa la aniquilación del peligro. Sería algo así como encender la luz del pasillo por la noche, la ambiente de desamparo se esfuma con la llegada de la luminosidad.

¿Qué es lo que consideramos la alteridad? Todo aquello que recuerde la situación a la que podemos llegar y que sea ajena a nuestra realidad puede ser considerado distinto. Verbigracia, un vagabundo pidiendo a la puerta de un supermercado implica aquello en lo que podemos llegar a convertirnos. Asumimos de manera inconsciente que esa persona ha tenido un pasado similar al nuestro y, sin embargo, algo en su vida fracturó para terminar perdido. Quizás una desgracia familiar, un desorden mental o una mala racha en los negocios le condujo a ocupar ese cartón sobre el que se sienta para evitar el frío. Implica un recordatorio de lo sutil que es la línea que delimita el éxito del fracaso. La vida familiar, una bonita hipoteca y un trabajo en el que no nos sentimos del todo realizados, suponen un bálsamo ante la visión descrita. Aun así, somos conocedores de que siempre se puede caer del otro lado. En el mejor de los casos implica una catarsis cotidiana a la que tristemente estamos habituados. Para otros, sin embargo, envuelve un estímulo para la destrucción de esa terrible imagen que nos devuelve el otro. ¿Por qué hay que aguantar algo así? ¿Por qué no eliminarlo? Aquí despierta la violencia vinculada al miedo contra el diferente, contra la alteridad que implica el reflejo distorsionado de nuestra propia realidad.

Son innumerables los ejemplos que pueden darse aunque, por su peligro y proximidad en el tiempo, me gustaría destacar uno en particular. La organización ultraconservadora Hazte oír decidió durante este último mes realizar una gira por institutos, ciudades y distintas instituciones agitando las aguas de la transfobía más radical. En este caso, la diferencia viene marcada, no solo por la orientación sexual, sino por las contradicciones de género que en ocasiones se producen. Es decir, no siempre los genitales definen a un individuo y, a pesar de que están dándose pasos para la normalización de este tipo de situaciones, todavía el miedo azuza a ciertos colectivos. A partir de esta oposición, de este enfrentamiento cara a cara con la alteridad, en lugar de la tolerancia se despierta la violencia vinculada al terror. Que ni decir tiene que este tipo de posicionamientos no son más que una representación del miedo más arcaico que nos conecta con nuestros antepasados más remotos. Así, de un plumazo, se esfuman las innumerables capas de cultura y civilización acumuladas sobre ese antiquísimo homínido que un día fuimos.

Un comentario en “Genealogía del miedo

  1. Me ha gustado mucho el artículo y el enfoque que has dado a la intolerancia y el rechazo que existe sobre determinados temas en determinados círculos de la sociedad. Siempre he pensado que el problema de este tipo de personas es la ignorancia, pero más acertada es tu idea del miedo, miedo a lo desconocido, miedo a acabar convirtiéndote en aquello que temes. Solo si nos enfrentamos a nuestros miedos somos libres. Un beso. Laura.

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