Lidia Falcón y el espantapájaros queer

En una historia alternativa, Narciso podría haber sobrevivido. En lugar de mirar su propio reflejo hasta caer en las aguas, repararía en los variados elementos a su alrededor: los árboles, los animales, hasta las formas de las nubes. Saldría de sí mismo, pues es su interior habría disposición y «espacio» para integrar cuanto le es ajeno. Interesado por aquellos fenómenos tan distintos a él, se lanzaría a investigarlos y daría esquinazo a su destino. Este escenario plantea un problema: sin un Narciso al que la muerte hizo inmortal, el síndrome debería tener otro nombre. ¿Algo rebuscado y lleno de guiones, tal vez?

Freud se sorprendería al descubrir que hemos dejado atrás buena parte de los controles coercitivos de la Viena de su tiempo. La sociedad contemporánea se ha desembarazado de la opresiva presencia del super-yo freudiano y se aleja progresivamente del mundo descrito en El malestar en la cultura. En la actualidad, el imperativo viene de otra dirección y está marcado no por el tabú sino por la acumulación. De bienes materiales, de ego, de experiencias que por su falta de significado y narratividad no crean temporalidad alguna. El personaje prototípico del S.XXI no es el neurótico o el histérico sino el narcisista, lleno de sí mismo hasta quedar tan saturado («full of oneself») que no puede cambiar. Se osifica. Rellena de mismidad todo espacio vacío, elemento imprescindible para el movimiento y la mutabilidad.

La relación con el Otro queda determinada e irremediablemente desviada por este narcisismo. El narcisista no se asoma a la alteridad. Ni siquiera le despierta curiosidad porque cree ya conocerla. ¿Cómo iba a escapar algo, por extraño que fuese, a su escrutinio y juicio? En vez de molestarse en conocer al Otro, se hace con un significante y proyecta sobre él un constructo imaginario que reúne todo cuanto ya detesta. Incurre de forma sistemática en la falacia del hombre de paja: le atribuye unas características y un discurso, sea este manufacturado o convenientemente deformado hasta proporcionar acomodo a sus prejuicios. Poco importa el auténtico mensaje.

Los bulos que saturan Facebook y plataformas como Alerta Digital o Breitbart son consecuencia y parte fundamental de esa dinámica narcisista. El consumidor de noticias falsas busca la validación de sus prejuicios y no soporta la información nueva/diferente que contradiga su perspectiva, por lo que la desestima como falsa. Solo admite su eco, su propio reflejo. La información ya no se analiza, no se extraen conclusiones de ella pues las conclusiones ya estaban formadas de antemano. Simplemente se consume con rapidez, se deglute sin apenas pasar del titular porque apenas dos líneas cumplen la función, esto es, reforzar la visión que el narcisista tiene del mundo. Quien confecciona la noticia sabe lo que se espera de ella, de modo que o bien la construye desde cero o la modifica a conveniencia.

La reciente columna de Lidia Falcón pone de manifiesto que el narcisismo no es, como se tiende a señalar de forma errónea, una cuestión generacional. Es una cuestión social-transversal. Se exponen aquí una serie de argumentos sobre la teoría queer, formulados como réplica a un percibido ataque a sí misma y a un feminismo, el suyo, defendido como depositario único de sensatezDe entrada, la validez de su planteamiento queda en entredicho desde el momento en que este no es el resultado de unas conclusiones sobre el contenido acerca del cual se opina, sino de una serie de falacias argumentativas y acusaciones con muy poco fundamento entre las que asoman la transfobia y, es necesario señalarlo, una grave falta de empatía.

Falcón no ataca a la teoría queer, sino a un espantapájaros sobre el cual ha escrito esas dos palabras y al que atribuye no pocas imprecisiones. Reducir las teorías de, por ejemplo, Judith Butler a la volátil apetencia de este u otro género, como si se tratase de la caprichosa elección en un buffet, pone de manifiesto una ignorancia sobre la cual no puede edificarse réplica alguna. Falcón, admitido por ella misma, no se ha asomado a un corpus teórico presente en el mundo académico, social y de los estudios de género desde los años 90. No ha podido ser por falta de medios.

Cuando se habla de la comunicación reducida a cámara de eco, la primera imagen con la que se suele ilustrar el concepto es la de un millennial cuyos cientos de seguidores en las redes sociales coinciden por completo con sus ideas. Aislado de toda alteridad, se satura diariamente de opiniones favorables, de su propio reflejo, y gira sin salirse un milímetro del eje de su punto de vista particular, cautivado por el eco de su mensaje. Si bien es un retrato acertado de este fenómeno, tanto peor es la cámara de eco de quien desestima una perspectiva durante dos décadas porque no necesita acercarse a ella.

La ligereza que Falcón atribuye a la teoría queer evoca poderosamente al ataque arrojado por todo dogmatismo sobre cualquier perspectiva que se saliese de sus márgenes. Del mismo modo que el espantapájaros queer de Falcón encuentra encaje en todos los géneros y elige uno u otro como si de una prenda de ropa se tratase[1], los sofistas fueron también ridiculizados por el dogmatismo moralista platónico como defensores de una caricatura del relativismo que jamás plantearon. Su visión de la pluralidad de criterios se tergiversó hasta convertirse en un «todo vale» por el cual tanto respeto merecía la opinión de un entendido en la materia como la del primero que pasase por ahí. Siguiendo un procedimiento similar, el ataque de Falcón hacia los postulados queer acaba dirigido contra supuestas defensas de la pederastia en las que incurre dicha teoría —sería interesante comprobarlas, mas la autora no cita fuentes— y una irreal disposición hacia la fluctuación del género. Falta de criterio y perversión moral, ¿le falta algo a este muñeco?

Digámoslo claro, con Gadamer: toda acusación de [añado: absurdo] relativismo suele provenir de un [añado: también absurdo] absolutismo. Nietzsche, cuyo pluralismo fue distorsionado por los intereses sesgados de quienes lo criticaban, advertía del miedo que sienten las voluntades frágiles ante el vacío, la falta de equilibrio, el no tener un suelo bajo sus pies. Todo narcisista es una voluntad frágil: no permite la contradicción, no tolera la réplica. Como tal, tampoco soporta la pérdida de certidumbres ya osificadas. Cuando un nuevo planteamiento retira el suelo teórico bajo sus pies no reacciona con la curiosidad serena de quien pregunta e investiga, sino con la rabia impulsiva de quien se protege una herida en el ego.

La crítica fundamentada es bienvenida y necesaria en la teoría, tanto queer como cualquier otra. Sin embargo, la destrucción de un espantapájaros creado ad hoc y relleno de inexactitudes y falacias no produce conocimiento alguno. Difícilmente puede llamarse filósofo quien incurra en ello.

[1] Desde el punto de vista del psicoanálisis, es muy interesante cómo el denominador común de todos los hombres de paja es la envidia de quien los construye hacia su supuesto plus-de-gozar. El racista acusa al inmigrante de disfrutar de una vida fuera de su alcance: supuestamente vive sin trabajar de las ayudas del gobierno, es promiscuo, consume y vende sustancias prohibidas, vulnera la ley y da rienda suelta a sus instintos violentos sin sufrir las consecuencias. ¿No suena a la clase de cosas que le gustaría hacer a un supremacista, libre de los férreos dictámenes que el entorno le impone? ¿No son estas algunas de las cosas que los nazis hicieron en cuanto llegaron al poder? En el fondo de todo dogmatismo es habitual encontrar un poso de rencor, de ressentiment si queremos decirlo con Nietzsche, por el cual se envidia a quien elige voluntariamente no someterse a este o aquel código moral y lo que es más insoportable, disfruta de ello. Incómodo por los grilletes de una moralidad no siempre elegida, el dogmático atribuye erróneamente el goce de esos placeres siempre fuera de su alcance a un Otro que en realidad desconoce.

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