Aristóteles (III)

¿Cuándo tenemos definiciones? Platón resuelve esta cuestión mediante la estrategia analítica de disolución de los enunciados en términos y el desbrozado de estos hasta sus elementos mínimos. La dialéctica, por lo tanto, es no demostrativa. Por el contrario, en Aristóteles debemos demostrar la posibilidad de asignar existencia a un sujeto para luego atribuirle un conjunto de predicados. Esto ocurre mediante una selección, en virtud de la cual no va a ser sometido a definición sino aquello haya sido seleccionado como susceptible de asignación.

Debemos asignar existencia a cosas como una superficie, el número, el volumen. No aspiramos a ver el mundo tal como se nos presenta: miramos el mundo interviniendo sobre él. Al introducir estos conceptos a los que asignamos existencia intervenimos en la constitución del mundo. A esta co-determinación de la realidad, en la que se introduce un juego conceptual del que establecemos que tiene que pensarse como existente, se le denomina ontopraxiología. Por ello hay ciencia y por ello se pone en marcha la construcción de los juicios.

No hay un mundo y nosotros frente a él: hay un mundo en el que ya de antemano establecemos selectivamente un conjunto de conceptos cuya existencia va a ser comprobada, pero que en sí mismos no aparecen, no se dan a la percepción directa, de forma tal que esta constructividad forma parte de la realidad si, y solo si, nosotros pensamos en ella. Nos abrimos a un mundo con una significatividad puesta por nuestra propia actividad mental. Definimos lo que previamente seleccionamos y seleccionamos de acuerdo con una construcción que nosotros introducimos.

¿Qué hay de los predicados? Para ello se emplean axiomas, determinaciones racionales cuya comprobación existencial es posible, que sin embargo no figuran directamente en la percepción sensible, de modo que deben considerarse irrupciones de la razón para poder explicar la naturaleza. Así, los principios serían operaciones de la razón sobre la naturaleza , probables en el plano de la existencia no porque se den, sino porque se muestran en las operaciones que se pueden hacer en la descripción de lo natural.

Aristóteles plantea que aquello que debe producir conocimiento cierto se trama sobre un conjunto de operaciones ontopraxiológicas, que tienen validez real, pero implican una acción selectiva de la razón, tales que para ellas hay funcionamiento definicional e indemostrabilidad. La intuición intelectual no produce ninguna seguridad: su proyección ontopraxiológica no puede garantizar que replique o reproduzca una experiencia que ni siquiera se da en la experiencia. Ya que no podemos demostrar, lo que podemos es establecer una refutación.

Contra-argumentar no garantiza la eficacia de nuestras proyecciones ontopraxiológicas, sino que pone en marcha esos mismos principios. El escéptico afirma que el principio de contradicción no puede ser afectado, pero al decirlo emplea una técnica de afirmación en la que está incluido el principio de contradicción: si afirma es porque su contrario no es verdadero y si su contrario no es verdadero, implica que está haciendo uso de principios trascendentales. Está empleando enunciados definicionales basados en la intervención de la razón.

El escéptico frente al aristotélico se enfrenta a que ya está empleando la intervención de la razón en el plano de la realidad, presupone operaciones del nous tales que sin ellas deja de tener sentido cualquier propuesta que se haga. Solo es consistente si presupone los principios y los axiomas, y su negación implica que se los tiene implícitamente en cuenta si se le quiere dar validez o significado a lo que el escéptico señala.

Aristóteles no señala que la realidad sea como nosotros la podemos concebir, sino que hay modos universales de la concepción que no pueden ser negados sin excluirse de la comunidad humana. Si podemos fundar la ciencia es porque es un hecho que nos comunicamos, y ése es el factum de la teoría de la ciencia aristotélica: que nos comunicamos, y si podemos reconocer sentido y significado, entonces podemos hacer ciencia y hablar positivamente de un conocimiento cierto.

Esto es así si hay una comunidad, que es el hecho ontológico previo. Lo que Aristóteles transfiere es que el mundo de la inteligibilidad se da en el lenguaje. ¿Por qué Platón está abocado al fracaso? Porque quiere darle una existencia inteligible a algo no físico, hacia lo cual toda atribución de existencia es inverificable: al mundo de las ideas. El mundo platónico es rescatable si entendemos que la realidad del mundo es la que se nos da en el lenguaje, en la comunidad comunicacional. Esto es lo que lleva a decir que el método aristotélico es hermenéutico.

La realidad existe porque incorporamos en ella principios lingüísticos. Hay conocimiento riguroso y cierto porque lo que se hace inteligible en el lenguaje postula una intervención humana en la realidad, una presencia de proyecciones racionales que no se justifican a sí mismas más que mediante instancias refutatorias, empleadas hasta por quienes las niegue. Cualquier argumento que pueda darse postula la pre-existencia de esta comunidad lingüística. Hacemos ciencia, pero esta ciencia es una acción humana.

Frente al establecimiento de un «afuera» de la comunicación en el que se da algo extraño respecto de lo cual somos los constituidos, en Aristóteles hay ciencia cuando obtenemos definiciones esenciales, que tendremos siempre y cuando sea posible establecer el conjunto de conceptos que tienen asignada existencia para los cuales, mediante la interposición de axiomas y el uso de principios generales se puede llegar, en un número limitado de casos, a una definición esencial en la que se asigna un género y una diferencia específica.

Hacer ciencia no es quedarse en este plano estático, sino producir conocimientos. Dadas estas definiciones esenciales podemos ampliar nuestras zonas de conocimiento siempre y cuando lleguemos a planos de razonamiento, a encadenamientos de enunciados que permitan saber cosas nuevas. Los nuevos conocimientos serán indiscutibles (todo lo indiscutible que concibe la comunidad del lenguaje) en la medida en que podamos combinar dos o más enunciados para poder llegar a conclusiones nuevas.

Esto sería el razonamiento o acumulación de logoi, un logos entrelazado con otros logos. La estrategia sofística era la confrontación de logos, ahora lo que se habla de diferentes logos, diferentes enunciados, y a ello se le añade la capacidad de incorporar una acción. El silogismo se le reprocha ser meramente analítico y no producir conocimiento nuevo, lo cual es cierto. Aristóteles no afirma que sea un instrumento de la ciencia: es más bien una demostración de cómo funciona la operación ontopraxiológica, y sirve para mostrar los lugares de la verdad.

El peripato no habla tanto de instrumentos de investigación como de lugares de la verdad con las que toda investigación científica debe contar. Kant descubre al verdadero Aristóteles: las categorías no son más que formas de la intervención del hombre en la naturaleza. Hay una tecnología de la verdad en la que queda completamente comprendida cualquier forma de atribución cognoscitiva de acuerdo con un segundo escalón: las demostraciones silogísticas proponen la forma o la verdad formal.

Para que del silogismo se pase al razonamiento científico, para que de la arquitectura tecnológica de los lugares de la verdad se pase a una compleción, a un rellenamiento que permita la adquisición de conocimientos, se ha de comprobar en la experiencia los resultados de estos lugares formales de la verdad. Un razonamiento científico es aquel que, aplicando la intervención racional, después va a buscar a la experiencia; que partiendo de una comprobación incompleta, inductiva, construida en el nivel de la arquitectura conceptual, a través de los mecanismos de la construcción del razonamiento formal, de la topología de la verdad, se produce o se llega a unas afirmaciones empíricamente comprobables.

Esto quiere decir que nuestra única capacidad de realizar una intervención de la razón encuentra eco en los mecanismos de la naturaleza que se presentan con una capacidad probatoria. Habrá que determinar entonces cuáles son las ciencias:

  • Las teóricas: la filosofía primera o metafísica, la matemática, la geometría y la física.
  • Las prácticas, en las que han de funcionar estos instrumentos ontopraxiológicos, que tienen que ver con la praxis y con las tecnei, que determinan un ámbito en el que no se puede dejar de percibir lo que hay de conocimiento posible. Cabe preguntarse por ello cuánto de realidad cabe en ellas.

¿Es entonces la ciencia capaz de cubrir la totalidad de la realidad? No. Aquellos casos en los que podemos utilizar definiciones completas a propósito de sujetos cuya atribución de existencia depende de una intervención racional sobre las que disponemos de un operativo de axiomas tales que nos permitan demostraciones, razonamientos rigurosos, son muy pocos; pero eso no quiere decir que esta tecnología racional y ontopraxiológica no pueda extenderse por analogía al resto de casos en los que no tenemos demostraciones probativas, pero en los que esta misma operatividad determina la posición racional que permite afrontar esos casos para los que no disponemos de una técnica completa.

La demostración es una parte pequeña de esa dialéctica platónica que este consideraba como capaz de llegar a una región demostrativa todos los enunciados posibles. No es posible porque hay muchas zonas de la realidad que no se dejan incorporar a sujetos abstractos. Que podamos muy pocas veces demostrar solo significa que esta praxis racional es incesante, está obligada a postularse a lo largo del tiempo, es la marca de una humanidad que se despliega en todos sus escenarios posibles aunque no en todos los casos es capaz de llegar a una demostración cierta.

Aristóteles restringe, para hacerla posible, la praxis de la demostración platónica, y la amplía para determinar aquellos lugares en los que es preferible, aunque no siempre posible. La marca de la filosofía estaría no en decir que hay una ciencia arquitectónica a la que se llega por vía dialéctica, sino que nunca depondremos la actitud de afrontar racionalmente los problemas incluso en aquellos casos en los que no podamos tener demostraciones.

Si no tenemos una axiomática, podemos tener una tópica: la opinión mayoritaria, en la que todos o la mayoría están. Hay verdad dialéctica cuando se produce acuerdo entre las opiniones. Así es como Aristóteles introduce la retórica, señalándola como una antistrofa de la dialéctica, su complementación, lo que señala en aquellos casos en los que hay definiciones abiertas no saturadas, no basta con el diálogo sino que hay que estudiar los modos de la persuasión.

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