Aristóteles (II)

El pensamiento aristotélico es el de la reconciliación, la rigurosidad en la pesquisa del conocimiento. ¿Cómo llegamos al conocimiento verdadero? ¿Es posible el conocimiento?, ¿a qué renuncia? El integrador mundo de Aristóteles busca respuesta a estas cuestiones. Ésa es la tarea filosófica, su ideal. Su obra proporciona los criterios por los que ha de regirse el conocimiento, de qué enunciados y proposiciones nos hemos de servir para interrogar y comunicar esos conocimientos.

La teoría de la definición afirma que todo discurso es susceptible de ser reducido a enunciados del tipo más simple cuya estructura es la de la identidad: «eso es azul». Aquello cuyo ser podamos definir será alcanzable por el conocimiento cierto, científico. La definición es el instrumento rector de aquello que cabe en el conocimiento científico. Necesitamos definir la definición: no es solo un enunciado. A la determinación de esa función es a lo que llamamos categorías.

¿Qué es una categoría? En primer lugar, «categoría» es un término forense que alude al imputado, a quien se le atribuyen unos hechos relacionados con su responsabilidad jurídica. Categoría es, pues, aquellas instancias o elementos que sirven para una atribución, géneros que pueden ser rellenados por cualquier entidad real. Si no pueden ser criterio de una definición no puede ser sujeto. Son por ello de dos clases: hay algo de lo que se dice algo, el sujeto (entes reales); hay otras cosas que se atribuyen al sujeto, los predicados (formas, géneros vacíos en los que se pueden proponer condiciones concretas).

Definir, por lo tanto, no es más que establecer, dado un sujeto y unos predicados, una identidad. Cuando se consigue que con un número limitado de predicados una definición completa se produce el conocimiento cierto. ¿Cuándo se da una definición saturada que declara la verdad, la esencia? Pocas veces: cuando se ha saturado el número de predicados. De manera fáctica, nunca. «Ciencia» significa colocarse en una situación que se da pocas veces y cuando se da, se da en una forma que no se da nunca.

Para que se dé, tendríamos que hacer una intervención sobre el lenguaje que lo convierte en algo no susceptible de definir la realidad. En el lenguaje arrastramos caracteres de nuestra interioridad y sociológicos, con uso declarativo. Para que haya definiciones, en el uso común del lenguaje tendríamos que prescindir de aquellos supuestos que implican cosas distintas de una mera descripción, cosa que no ocurre nunca. En el lenguaje se mezcla descriptivo e imprecativo: hay que depurar, luego la ciencia es un artefacto. No es una situación sino una operación que excluye buena parte de la realidad para centrarse en algo apofántico, deficitario en términos del lenguaje. La adherencia psicológica o ideológica debe, pues, ser eliminada.

Para que haya ciencia, el ideal de la filosofía como propuesta educativa, tenemos que llevar a cabo un expolio, una substracción, situarnos en una situación artificial que no se da nunca de forma natural. Queda un lenguaje abstracto, fantasmagórico, que no conecta con lo real a menos que llevemos a cabo otra operación: cuando a la categoría del sujeto se le identifica con predicados en número finito tal que puedan ejercer la identidad. «A es B, C y D, y nada más» es una definición saturada y completa.

En toda definición se construye un sujeto abstracto y universal que no remite a ningún concreto, no tiene singularidad ni, por lo tanto, existencia. Solo para un abstracto irreal puede haber atributos finitos. Un sujeto empírico tendría infinitos predicados. Llamemos pues «Historia » a lo que les pasa a las cosas reales. Eso sería lo máximamente real, lo que le sucede a un ente singular existente, y aquello no es objeto de ciencia y debe ser eliminado de la consideración de la educación filosófica.

El proyecto de la filosofía se adhiere pues a esta cuestión: ¿es el conocimiento posible si nos separa ya de la realidad? Será posible hacer definiciones si hay una legitimación que nos permita pasar del sujeto singular con atributos infinitos a un sujeto abstracto universal que permita un análisis finito, lo cual es posible en virtud en dos operaciones que se pueden dar por separado o conjuntamente: si puedo clasificar todos los singulares semejantes hasta decir que todos ellos unidades de un género global o si tengo una intuición. Y las dos cosas son imposibles.

Aristóteles plantea que la intuición plena es imposible, tan imposible como conocer todos los individuos de una sola clase. ¿Cuál es su estrategia para el paso de la singularidad histórica a la fantasmagórica abstracción en la que tiene lugar la ciencia? Situando la ciencia en el territorio de la posibilidad. Mediante la inducción, voy sumando individuos a una lista empírica y acumulando experiencias singulares y cuando llevo muchas, aplico un salto. Eso es una intuición: pasar del «muchos» al «todos». Y es intelectual porque no es empírica.

Esta intuición intelectual construye una categoría del sujeto abstracto que funciona para la definición como real en virtud de que no se puede poner duda de la validez de la intuición a la inducción. Es, pues, una argucia de la razón. No nos lleva a un estrato privilegiado: reproduce un artificio racional. No es una situación del desvelamiento sino un refugio para el cansancio, una parada provisional expuesta a refutación racional. En ese caso cambiaríamos la definición, ya que su valor es artificioso por referirse a un abstracto. Así es posible la aspiración platónica.

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