La dictadura de la medianía

Donald Trump Announces His Run for President

El mundo contemporáneo, de tono global y fundado en una economía depredadora e individualista, se encuentra sometido a los dictados de las nuevas herramientas de la información y la comunicación. Las redes sociales, paraíso para la mediocridad, dominan con su apetito omnívoro todas las dimensiones de lo social y, lejos de convertirse en vehículo para la cultura, parecen remar en la dirección contraria. Qué duda cabe que se trata de un formidable instrumento que consiente la comunicación, el traspaso de información y el intercambio de pareceres de manera inmediata. Pero, por el contrario, es tal la avalancha de datos que se genera que el corte no se ha realizado por lo excelso sino por lo vulgar. Es decir, este espacio virtual se ha tornado un altavoz democrático en el sentido de que la participación solo depende de la posibilidad de poseer un simple teléfono (ya existen más líneas móviles que habitantes en el mundo). De esta manera, cualquiera puede dejar su huella fugaz en internet y propagar a los cuatro vientos sus presuntas verdades.

¿Qué es lo que se pide para participar en esta orgía informativa? Simplemente síntesis, brevedad y concisión. Es el único requisito para que tu texto sea leído, aquello que conlleve más de dos o tres minutos de atención será desestimado por considerarse una absoluta pérdida de tiempo. Así, entramos en el reino de Twitter, el ámbito de los ciento cuarenta caracteres.  En este territorio prima la inmediatez y la noticia efímera que enseguida caduca ante el aluvión de datos que generan los usuarios de esta aplicación. A priori, este ingenio vuelve a suponer un recurso increíble que por su rapidez y flexibilidad habilita una multiplicidad de posibilidades. Sin embargo, vuelve a estar copado por la medianía que termina por romper el interés que podría suscitar y se torna terreno para la dogmática más virulenta.

Los ciento cuarenta caracteres de Twitter dan para mucho. En primer lugar, el subterfugio que consiente internet, el anonimato en el que nos sumerge, parece ser terreno abonado para la expansión agresiva de las opiniones más beligerantes. Existen infinidad de tendencias que únicamente persiguen la provocación y el insulto más gratuito para aquellos colectivos o individuos en oposición. De esta forma, la dicotomía propia de la modernidad entre amigo-enemigo se vuelve en este caso dialógica aunque, con la salvedad, de que el agredido o agredidos no tienen posibilidad de réplica cuando se trata de una campaña orquestada en la que participa una multitud desbocada. ¿Qué puede hacer el ofendido ante una montaña de insidias propagadas por la red de manera masiva? Poca cosa. De hecho, Twitter se ha convertido en fuente de verdad y parece que lo que aquí se derrama adquiere, a fuerza de ser repetido como un mantra, el estatus de dogma inamovible.

La situación ha ganado en intensidad. En este caso, el populismo político ha logrado anidar en esta red social y hoy por hoy la crítica gratuita e infundada, la mordacidad contra las instituciones y los abanderados por ciertos valores, parecen habitar este espacio. La situación presente, después del periodo de crisis, ha desarrollado mediante internet un panóptico  paralelo al mundo real en el que algunos se han erigido en vigilantes de la democracia, los valores tradicionales o cualquier cosa que se le ocurra al que publica las etiquetas (o hashtag, pues  uno no es nadie si no usa un anglicismo) más llamativas. En el terreno abonado de la crisis, cientos de miles de iniciativas se han levantado como adalides de las causas perdidas, las problemáticas sociales y el resto de situaciones injustas que se denuncian todos los días. ¿Quién tiene razón? Pues todos, por supuesto. Lo único que hay que hacer es encontrar el espacio que se adecúe a las necesidades de cada cual. De esta manera, la verdad es múltiple; se ha convertido en la hidra mítica que renace con un nuevo punto de vista cada vez que se agota el anterior. La acusación es constante, los bandos se enfrentan a diario para que finalmente no suceda absolutamente nada. Twitter no cambia el mundo, aunque, de manera inequívoca, provoca tendencias y altera las conciencias. Los desposeídos, los marginados, los defensores del tradicionalismo más recalcitrante tienen en este refugio la posibilidad de dar su opinión y encontrar un auditorio que alimente el fuego. Aquí es donde está la magia, en la ilusión de sentirse escuchado con independencia de que aquel que hable esté totalmente vacío. Se trata, por lo tanto, de una herramienta que permite la difusión infinita de la vanidad más pueril. Para esto sirve, como vehículo de la presunción.

Ahora bien, la verdad que se crea también tiene otros problemas más profundos. Si ya supone una dificultad el ataque entre particulares, ¿qué es lo que sucede cuando se produce entre instituciones o Estados? Es lo que parece estar sucediendo en Estados Unidos con su recién elegido presidente. Donald Trump ha encontrado en este instrumento el vehículo idóneo para la difusión de su mensaje huero cargado de nuevas verdades. Con su teléfono móvil tiene la posibilidad, sin tener que recurrir a la rueda de prensa o el discurso, de dar a conocer su sintética opinión reducida a unas cuantas palabras. Tampoco necesita más, el electorado no lo reclama, tiene prisa y no hay que detenerse demasiado. Amenazas explícitas a Estados como México, claras falsedades o ataques contra el sentido común como la vinculación entre inmigración y delincuencia, embestidas a los poderes establecidos como el legislativo. Son infinidad de ejemplos los que podrían ponerse sobre la mesa. El otro día, sin embargo, se dio un paso más allá. El patriotismo más rancio, anticuado e inmunitario volvió a asomar con la condensada frase: “Estados Unidos tiene que volver a ganar guerras”. En esta sencilla oración se condensa todo un programa electoral de alcance global. El dedo acusador teclea con rapidez y, en lugar de señalar durante un discurso a modo de recurso retórico, se convierte en un afilado puñal que derrama sangre en las redes. Realmente, sería terrorífico si y solo si fuese verdad; por el momento únicamente es virtual. Ahora bien, tengo la certeza de que en la América profunda algún patriota sin estudios, golpeado por la recesión y por el odio ondeó su bandera al leer el comunicado de su presidente. Aquí es donde se encuentra el mayor de los peligros: en la agitación de conciencias que se produce.

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