Dejad morir a los héroes

Aristóteles, frente a Platón, argumentaba que el teatro era de gran utilidad para la formación de la ciudad. Frente al discípulo de Sócrates, cuya crítica definía a esta forma de arte como la mera «copia de una copia», el estagirita reivindicaba el valor aleccionador del teatro y el potencial pedagógico de la catarsis. El espectador se asomaba a través de la obra a la vida de un diverso elenco de personajes, los cuales, ya fuese por sus bajas pasiones o por el irresistible efecto de la desmesura, eran castigados. Así, quien presenciaba su terrible destino aprendía no mediante el castigo, sino mediante la contemplación del castigo aplicado sobre alguien en quien se pudiese ver reflejado. Se trata por tanto de una función pedagógica muy económica, en cuando previene la acción en vez de corregirla y contribuye a construir un carácter recto. Nietzsche indagaría en El nacimiento de la tragedia sobre el teatro, el papel del arte y el espíritu griego, basado no en la represión cristiana de los instintos sino en la debida regulación de los mismos, a través de herramientas culturales.

El héroe trágico, por lo tanto, sufre y sirve de aprendizaje. A través del héroe, quien conoce su historia aprende sobre el poder imparable y soberbio de los dioses, los cuales no aceptan desafío alguno a su autoridad; aprende acerca de la vulnerabilidad del ser humano, su inherente y pasmosa fragilidad, cómo una vida que se daba por inalterable puede truncarse sin remedio; aprende que la existencia tiene un inmenso componente de puro azar, que la justicia debe construirse sobre una naturaleza veleidosa que nada sabe de los asuntos del ser humano. El héroe trágico, como decíamos, sufre y sirve de aprendizaje. Y muere. En una entrada anterior hablábamos de cómo la muerte «cierra» al personaje, le otorga una entidad: es en la separación con la vida cuando se define la psyché, el alma. La muerte no es una cuestión meramente efectista, un puñetazo sobre la mesa del relato, con la vista puesta en el melodrama. La muerte tiene un papel, o más bien varios: para con el personaje, para con la historia, para con el público.

El capitalismo fagocita todo elemento cultural hasta darle una utilidad en la producción. Si no se la encuentra originalmente es manipulado hasta darle acomodo, y si ni por estas acepta encaje alguno, es descartado o se le condena a los márgenes. Por tanto, la figura del héroe necesitaba de un importante acondicionado para ser de utilidad al capitalismo. El sistema no podía, desde luego, coger al héroe trágico tal cual es y tratar de buscarle una función, de instrumentalizarlo tal cual lo encontró.

En primer lugar, era necesario retirar el elemento de la muerte inevitable, trágica, cruel, inmerecida, que llega de forma azarosa y hasta gratuita. El capitalismo no acepta la muerte, un auténtico anatema en cuanto detiene toda producción. La muerte es la anti-producción, la anti-utilidad, y por tanto es o bien censurada, o bien cubierta de fastos, oropeles y frivolidad hasta hacerla desaparecer bajo tanto atrezzo. Cuando se ve venir y se produce por causas naturales a una edad avanzada se le coloca el cartel de «merecido descanso» (¿de trabajar?, y ya que estamos haciendo preguntas, ¿todo descanso tiene que ser merecido?, ¿no se puede descansar porque sí?) o se reacciona ante ella apelando a una supuesta injusticia cósmica, atribuyendo a la Naturaleza nada menos que nuestro propio sistema de lo bueno y lo malo, lo apropiado y lo indebido. Una actitud infantil, a todas luces, fruto de un sistema que educa en negar a la muerte, en evitarla de todas maneras con batidos détox y crema con ácido hialurónico, en no mencionarla, en no representarla, en condenar lo decrépito a un rincón, en colocarse las antojeras para que su sombra no distraiga de la tarea permanente en la que el capitalismo transforma la vida, esa «vida convertida en medio de vida» descrita por Marx. El héroe trágico no podía morir sin más.

En segundo lugar, era necesario un héroe cuyos actos siempre acarreasen unas consecuencias apropiadas. El capitalismo contemporáneo, apunta Max Weber, hunde sus raíces en una ética protestante basada en la contraprestación tanto terrena como ultraterrena de los esfuerzos. El trabajo dedicado tendría, por lo tanto, una recompensa, y el vicio —como puede atestiguar el medio millar de personas incinerado por Calvino— un castigo severo e inmediato. El problema del héroe trágico es que puede ser castigado por su conducta o puede que el infortunio caiga sobre él. Puede haber llevado una vida honesta y que esta cambie en un abrir y cerrar de ojos, poniéndolo en una senda que solo lleva a la destrucción. ¿Es esto justo? Bien, he aquí una pregunta absurda. Ni es justo ni deja de serlo. El rumbo que ha tomado su vida no viene determinado por tal o cual persona, que manipula los acontecimientos para ello: lo veleidoso de la existencia, a lo que aludíamos antes, escapa a cualquier clasificación moral.

El capitalismo, por tanto, educa en que el esfuerzo siempre tiene recompensa. Esfuérzate mucho, trabaja, y lo conseguirás todo: la casa, la nacionalidad, la fortuna. Los pobres, por lo tanto, no se están esforzando lo suficiente. No se están implicando. Un mendigo es una persona, por hacer uso de un comentario que en mi experiencia he encontrado típicamente adolescente, demasiado perezosa o desganada para buscar trabajo. Si alguien sufre es porque en cierto modo lo merece, o porque no ha hecho lo bastante para dejar de sufrir. Hasta los muertos por cáncer «han perdido la lucha contra el cáncer». ¿Será que no pelearon con suficiente tesón? Encontramos una de las caras más horribles de esta mentalidad en una encuesta de Gallup llevada a cabo en EE.UU. el 27 de abril de 1938: ante la pregunta «¿cree que la persecución de los judíos en Europa ha sido culpa suya», el 64,9% de los encuestados afirmó que sí, lo era (10,9% defendieron que era completamente su culpa, el resto, que lo era en parte). «Si los judíos son reunidos en guetos es porque algo habrán hecho, ¿no?», podría haber añadido cualquiera de los respondientes.

Así las cosas, el héroe clásico, el héroe trágico, el héroe que sufre, no era de utilidad al capitalismo. Necesitaba otro modelo de héroe: ético, a cuyos actos siempre le correspondiesen unas consecuencias acordes, y que nunca terminase de morir. Su valor pedagógico permanecía intacto: educaría, sí, pero educaría en los valores del sistema. La perseverancia como bálsamo de Fierabrás para el éxito material y social, la muerte como mero contratiempo del que sobrevivir renovado, creyendo aún más en la tarea asumida, dispuesto a derrotar a «el mal» de una vez por todas. Echemos un vistazo a este vídeo:

En él se defiende la supuesta estructura que atraviesa todo héroe, definida por el —seamos generosos— mitólogo Joseph Campbell. Campbell, cuya línea de estudios fue definida como «mitología de Ronald Reagan» y cuyos conocimientos fueron puestos en duda por reputados coetáneos, planteó que todo héroe atravesaba diversas etapas a lo largo de su relato: una llamada a la aventura, la asistencia de un mentor, la entrega de un artefacto especial, una falsa muerte a la que seguiría un renacimiento, un retorno al status quo… Una fórmula, en definitiva, que Campbell no tardó en convertir en filtro universal de cualquier relato de corte épico que quisiese pasar la criba hollywoodiense, homogeneizando las historias y transformando la rica pluralidad del heroísmo en un producto de consumo fácilmente digestivo.

Un vistazo siquiera superficial a los mitos griegos, a las sagas nórdicas, a los relatos africanos, a la muchas veces cruenta mitología japonesa, a las raíces del hinduismo y a los poemas épicos de corte germánico desmonta la teoría de Campbell, a menos que se esté dispuesto a seleccionar de forma muy exclusiva y a aplicar una óptica muy torcida a fin de que los hechos coincidan con la premisa —algo que ya criticaba David Hume como una perspectiva anti-científica hace dos siglos—. Sin embargo, para el capitalismo el rigor histórico e investigador no es ni de lejos tan importante como el valor publicitario y la utilidad en la cadena productiva. De modo que el muy errado planteamiento de Campbell encontró quien lo escuchase.

Resulta hasta cierto punto desasosegante, aunque nunca sorprendente, que dicha tesis se utilice ahora como herramienta motivadora en el campo de la educación, la autoayuda o quienquiera sea el destinatario del vídeo. No, los héroes no mueren para resucitar al instante y lanzarse de nuevo a la carga. No, los héroes no siempre triunfan para regresar al status quo y disfrutar de un retiro dorado, ese «merecido descanso» tan ideológico. No, los héroes no siempre son llamados a la aventura: a veces son arrastrados a la tragedia. Este retrato infantilizado del héroe oculta muchas y fundamentales capas de la existencia humana. Tratar de apartar, por desagradable e improductivo, el elemento azaroso de la existencia no es ya buscar una burda simplificación de la misma: es una medida interesada con un objetivo claro, sobre el cual se busca construir una fantasía. La correlación plena entre hacer y recibir no existe. El tesoro al final de un camino de sudor puede o no estar ahí. Y la muerte no es un incordio a eliminar: es el elemento dador de sentido.

Aprender de los héroes de la antigüedad no es exhumar sus relatos para maquillarlos y encajarlos, mal que bien, en los engranajes del sistema. Aprender de ellos requiere conocer la memoria que encierran y de la cual formamos parte. Y dejarlos morir.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s