Miguel de Unamuno y Sigmund Freud

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La particularidad de la producción filosófica, literaria y lírica de Unamuno hace casi imposible la catalogación de su pensamiento en una escuela concreta o en un grupo definido. De todas formas, se pueden entresacar una serie de rasgos genéricos, así como antecedentes a su pensamiento, como impulso para el desarrollo de su personalísima voz aunque no se tratase de un autor con un sistema filosófico[1]. Uno de sus elementos característicos se encuentra en el carácter particular e independiente de su reflexión, así como en el enfrentamiento contra cualquier tipo de imposición externa. Por añadidura, el vasco defendió el recurso a la contradicción interna y mostró como estímulo de su creatividad el hecho fundamental del contraste de ideas antitéticas para instituir la creación de nuevos contenidos intelectuales. De esta forma, aunque su creación resulta prácticamente inabarcable en cuanto a la variedad de temáticas y orientaciones asumidas, se pueden constituir unas claves mínimas que permitan comprender el modo de aplicación de su metodología.

La ciencia habría fracasado como sucedánea de fe y religión pues no tiene capacidad para tratar con asuntos afectivos y volitivos circunscritos a los más íntimos afanes antropológicos; no puede colmar el hambre de eternidad. Esto es declarado por don Avito cuando se encuentra con Augusto en Niebla: “—Sí, yo por aquí; enseña mucho la vida, y más la muerte; enseñan más, mucho más que la ciencia”[2]. Desde la razón y sus derroteros únicamente se puede demostrar la finitud del ser humano, allende el terreno de la ciencia solo hay incertidumbre; duda existencial por el destino del alma. De hecho, la razón cuando cae en la frustración debido a su incapacidad se radicaliza y acaba por destruir su propia validez al desmoronarse en forma de escepticismo orientado, en último término, al relativismo más absoluto. En relación a la aplicación de métodos científicos sobre la psique y el hambre de inmortalidad pueden localizarse ciertas similitudes entre Sigmund Freud y Unamuno pues este último empleaba métodos cercanos al psicoanálisis además de una actitud de sospecha ante los sistemas filosóficos y la conducta humana. Esto puede traducirse en una cercanía en los planteamientos de ambos autores y en una influencia sesgada y tácita del austriaco aunque, desde un punto de vista formal, se produjese un rechazo del trabajo freudiano debido al contexto cultural y moral vivido en la España de principios del siglo XX. En este sentido, suponía un obstáculo el tratamiento que hizo Freud sobre la sexualidad[3]. El método psicoanalítico puede concebirse como una herramienta hermenéutica que busca escudriñar lo que el subconsciente reprime y no deja aflorar. Ofrece, por este motivo, una tendencia adecuada para el filósofo español que concibe lo real como un elemento para problematizar y desvelar de esta manera las dificultades insertas en lo social y personal. Además, la metodología freudiana se explicita en la noción filosófica que Unamuno construyó como justificación y racionalización de conductas pre-racionales o irracionales[4].

Como temática fundamental en ambos autores se encuentra el ser humano concreto y particular; lo que el bilbaíno denominó el hombre de carne y hueso. Para el austriaco las pulsiones están conformadas por los deseos añadidos a las pulsiones innatas de carácter biológico reprimidas por el inconsciente para que por esta vía el sujeto pueda llevar una vida adecuada. El español también reconoce en su “intraconciente” una serie de elementos análogos que le llevan a sostener que la vida psíquica no se reduce únicamente a la parte consciente[5]. En este último orden psíquico, el catedrático defendió como fundamental la tendencia del hombre a perpetuar su propia conciencia individual más allá de la existencia física haciendo de este rasgo el componente psíquico básico de la vida humana.

De manera concluyente, la vasta obra unamuniana puede abordarse desde múltiples ángulos y aspectos que transigen con una mayor profundidad hermenéutica. No cabe duda de que el rector fue un hombre interesado en la intelectualidad de su tiempo y que su búsqueda de respuestas le llevó a diferentes puertos. Por añadidura, puesto que siempre defendió su derecho inalienable a contradecirse, su producción intelectual está, como él mismo diría, plagada de simas y cumbres. Toca, por tanto, explorar este riquísimo paisaje reflexivo.

[1] Ribas, Pedro, Unamuno y Schopenhauer: el mundo onírico, en Anales de literatura española. Universidad de Alicante. 1996. P. 106

[2] Unamuno, de Miguel, Niebla. Cuarta reimpresión. Madrid. Alianza Editorial. 2001. P. 133

[3] González García, Ernesto, Unamuno y Freud, dos antropologías y un mismo método en Cuadernos de la cátedra de Miguel de Unamuno, No. 29 (1994). P. 72

[4] Ibídem. Pp. 76-77

[5] Ibídem. P. 83

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