Barthes: literatura y poder

Frente a la lectura lineal, superficial, ignorante de los juegos del lenguaje, Barthes plantea una lectura fuente de placer, cautivadora, capaz de proporcionar no ese placer gregarizado y no perverso al que pretende arrastrar el poder, reemplazando las especificidades que cada neurosis halla en el texto por el grosero imperativo del superyo lacaniano («¡goza!»), sino al goce que hace tambalearse la relación del lector con el lenguaje.

Esta superposición de niveles de significación es parte de la semiosis, esa fuerza liberadora de la literatura que introduce en el lenguaje servil[1] la heteronomía de las cosas. Esa semiosis se forma, especifica Barthes, con los desechos del lenguaje, trabaja con ellos para configurar un texto en el cual sí hay juego, sí hay perversión y sí hay placer. Los niveles de significación establecidos por la ideología, que las supuestas voces autorizadas —desde su falsa posición de objetividad, neutralidad y ciencia— plantean como inamovibles no por el imperativo autoritario, sino por un pretendido sentido común[2], esos niveles secundarios donde se juega el significado de las palabras, se alteran por esta fuerza de la literatura.

Al fin y al cabo, ¿no es el deseo, como plantea Lacan, sino lo opuesto a la ley? Si la ley establece unos parámetros, si el poder hace del lenguaje una legislación y de la lengua un código, ¿no es esperable el deseo de la literatura de alterar ese lenguaje que, como apunta Jackobson, dice más por lo que obliga que por lo que permite? ¡Cómo no aspirará la literatura, en su siempre imposible intento de representación, a desplazar ese lenguaje, a introducir en él los elementos de su transformación![3]

A este respecto y en relación al texto señala Barthes que el placer no se obtiene del mero «deshojar verdades»[4]: el placer no está ni en la cultura ni en su destrucción sino en los claroscuros, el fading: un poco de ideología, un poco de subversión. Excitan las rasgaduras, no la exposición pura. Encontramos un planteamiento similar al de la obra de Tanizaki, que al desarrollar su perspectiva de la estética aboga por la sombra como elemento dador de belleza, frente a la pura oscuridad o la pura luminosidad que deja todo al descubierto y no permite el ocultamiento, la seducción.

¿Quién experimenta, en Barthes, este placer? ¿La conciencia auto-transparente cartesiana? Por supuesto que no. El protagonista de esta concepción hedonista y materialista de la lectura es el cuerpo, elevado por Barthes a la categoría de sujeto histórico. La literatura, en su movimiento de transgresión por el cual no busca el deseo del Otro sino su goce, pone a disposición del lector un placer que es tomado por el cuerpo, un ente más opaco y autónomo que la antes mencionada conciencia. No sorprende la inclinación barthesiana por la cultura japonesa: a la antes mencionada estética de Tanizaki, extraída de la tradición zen, habría que añadir la concepción del cuerpo como un sujeto de placer más fundamental que la conciencia, tal como lo plantea Yukio Mishima. Encontramos en Mishima una similar perspectiva por la cual el cuerpo no es materia pasiva al servicio de la mente sino agente autónomo, perceptivo, capaz de invertir esta supuesta jerarquía ilustrada. La respuesta a la pregunta «¿qué sabe mi cuerpo de fotografía?» no sonaría muy diferente en labios de Barthes o en los del autor de «El sol y el acero».

El poder, por supuesto, no permanece ajeno a esta subversión: el poder es polimorfo, múltiple, ni estrictamente político ni estrictamente ideológico, y su nombre es Legión. El desvelamiento del mito que lo constituye acaba reforzándolo y el lenguaje transparente sartreano no le afecta, afirma Barthes. El poder se apropia del goce proporcionado por el texto, como hace en todos los ámbitos: «toma el producto del goce amoroso y lo transforma en soldados y militantes», diría Barthes en una amarga cita. Ante esta gregarización del goce, el autor del texto puede obstinarse o desplazarse, reafirmar la inviolabilidad del texto y su semiótica o, en última instancia, renegar de lo escrito, no de lo dicho. Sea cual sea su decisión, o incluso si se dan las dos, la función utópica continúa su desempeño. Ni la literatura ni la respuesta por parte del poder tienen fin.

[1] El cual gregariza mediante la generalización y ejerce su función autoritaria mediante la aserción.

[2] Señala Žižek en “El objeto sublime de la ideología” que este es precisamente el objetivo de toda ideología: que por lo ella configurado sea percibido como algo inmediato, natural, de sentido común.

[3] Foucault plantea que la máxima expresión de esta tendencia la encontraríamos en Sade, el cual «calcina el lenguaje» al dirigir su sadismo no solo al Otro o a sí mismo, sino hacia todo cuanto es. Frente a esta afirmación defendemos la réplica de Beauvoir, para la cual lo que se da no es una verdadera perversión del lenguaje, la superposición a la que señalaría Barthes, sino un falso ejercicio de superficial inversión de los significados que deja intacto al poder al aceptar sus términos.

[4] Recordemos que en Barthes leer no consiste en desentrañar un texto sino en desmarañarlo, y que bajo esas sucesivas capas a deshojar no hay nada: lo real lacaniano no simbolizable, la pérdida/ausencia que describe Marzoa, la imposibilidad de interpretación completa de la existencia a la que señala Gadamer en referencia a la hermenéutica de la facticidad heideggeriana.

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