La exaltación de la reflexión filosófica

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No cabe duda de que la filosofía ha visto menoscabada su influencia en los últimos tiempos.  Esto ha sucedido de manera drástica, visceral y prácticamente inmediata pues el presente sometido a la categoría de aceleración imprime un ritmo inasequible para la reflexión. De un tiempo a esta parte, son otros los elementos que se han erigido como guía de la acción práctica dejando de lado la inteligencia que tradicionalmente dirimía la realidad socio-política. Y, por añadidura, la cultura. Hoy prima el rédito inmediato, el pragmatismo desviado de la intelección para erigir en referente carismático al mercado.

¿Cuándo se ha producido este viraje? Puede decirse que la situación presente es consecuencia de todo el desarrollo secular aunque, por otro lado, debe reconocerse que desde la caída del bloque soviético el proceso se ha acelerado. En todo caso no tiene mayor trascendencia; de lo que no hay duda es de que asistimos a un escenario global en el que prima el libre mercado desregularizado. En este sentido, el encuentro entre la globalización y la modernidad ha provocado el híbrido actual en constante crecimiento omnívoro. Sin embargo, todo este engranaje no es ni muchísimo menos gratuito, se encuentra bajo el amparo de la realidad neoliberal que, por supuesto, ha desarrollado su propia filosofía de corte neoconservador.

 Desde la caída del socialismo real, el mensaje neoliberal se ha erigido como el pensamiento único, como la alternativa válida para acometer el presente y, por ende, el futuro. Son varios los elementos que engarzan con esta ideología pues, aunque de manera paradójica se anuncia el fin de las ideologías, esta misma inclinación supone un constructo ideológico. Entonces, ¿de dónde emana este posicionamiento? En primer lugar, en contraste con el totalitarismo y el comunismo extinto, se identifica con la libertad individual en el marco de un Estado débil sin control social. Es decir, todo aquello que pueda relacionarse con intervencionismo se liga de manera automática con la coacción y la pérdida de libertades. La ecuación que se ha desarrollado es la siguiente: libertad de mercado es lo mismo que libertad individual. Ahora bien, no se tiene en consideración que el laissez faire vigente segrega de manera automática a la población entre aquellos que dominan lo económico, los que viven al amparo de los primeros y, por último, la inmensa mayoría mundial (cada vez más en las sociedades occidentales) de los absolutamente desposeídos. ¿No se trata entonces de un tipo de violencia tácita el hecho de que no todos podamos acceder a las mismas oportunidades? ¿No es una realidad fundada en la segregación el hecho de que dependiendo del origen de nacimiento el destino está de antemano marcado? Para la caverna neoconservadora evidentemente no; suponen que estas carencias se pueden paliar con esfuerzo y se apela al ideal del self-made man. Sin embargo, es más que evidente que el reparto de los recursos no resulta ni de lejos distributivo, aquí el que más tiene es el que más consigue.

¿Cómo es posible que este planteamiento haya tenido un éxito absoluto y global? La respuesta viene dada de antemano, puesto que las alternativas históricas se consideran vinculadas al control estatal, la opción neoliberal del mercado totalmente desregularizado se establece como el resquicio para alcanzar la libertad. Además, existe un control emotivo y sentimental que conecta la eventualidad del cambio con el terror, con el vacío. A grandes rasgos, se entiende la ocasión de permuta de la situación presente como un salto hacia la nada cargado de incertidumbres. De este modo, el discurso neoliberal ha encontrado destinatario para su mensaje en la clase dirigente, los grandes conglomerados empresariales e incluso de los centros académicos y culturales. Así, se hace complejo evitar que la gran mayoría de la población se sienta felizmente mecida en esta situación de permanente ruptura. Además, la novedad viene dada por la moda, por el cambio constante de tendencias que homogeneiza, curiosamente prestando atención a la individualidad, a la ciudadanía. Las grandes alteraciones, los cambios esenciales de sistema son, sin embargo, una quimera. Más que nada porque son imposibles, la presión social se ha vuelto huera frente a la actual connivencia estatal y empresarial. El fugaz periodo decimonónico de alteración de la comunidad mediante la presión popular se ha disipado. La enorme cantidad y diversidad de movimientos reactivos contra la globalización económica y política no son efectivos, no van más allá de la mera recogida de firmas o de la presencia en la calle. Ahora bien, este tipo de acciones se traducen en la más absoluta nada; no afectan a la política.

¿Dónde queda entonces la reflexión? Aquí es donde entra en juego la filosofía, la capacidad históricamente contrastada de criticar y desenmarañar la realidad vigente. En este punto es donde el pensamiento filosófico tiene validez y tiene que dar un paso al frente. La importante y trascendental misión de la filosofía contemporánea pasa por atacar de manera dialéctica todo este entramado en el que se hunde la humanidad. Esto, por supuesto, sin darle un carácter meramente teorético; tiene que afectar, desde la ampliación del horizonte hermenéutico, al ámbito inmanente. La intelección, el uso de la capacidad crítica tiene que conseguir la alteración del presente sociopolítico. No puede permitirse quedar al margen de la deriva social pues, en caso de claudicar, únicamente quedará espacio para la razón pragmático-instrumental. Hay que romper la hegemonía del discurso único, es imprescindible recuperar un posicionamiento utópico que busque desde el presente una nueva deriva para el futuro. ¿Implica esto una vuelta al pasado o la pérdida de los pasos dados desde la modernización? Ni muchísimo menos, no toca la renuncia a las comodidades derivadas de la contemporaneidad; lo que sí es fundamental es reformular el tipo de relaciones para encuadrar la comunidad venidera. La filosofía, por lo tanto, tiene que volcarse en la husma de alternativas que no por imposibles son menos valiosas pues, sin lugar a dudas, hasta del error nacen soluciones. No puede ser que todo se haya reducido a una mentalidad dirigida por lo económico, que no se contemplen recursos divergentes. El pensamiento debe orientarse a la redistribución de la coacción legal desde los Estados debilitados a un orden global en el que operan las nuevas formas directoras de lo social. Debe regularse un mundo globalizado totalmente caótico y ajeno a los poderes convencionales. Esto, por supuesto, solo es posible desde la acción filosófica crítica, contestataria y contraria a las soluciones previamente deglutidas por la dirigencia. Es decir, el papel de la intelectualidad no puede ser otro que no conformarse con la explicación simplista impuesta desde hace tiempo; la realidad es mucho más complicada y debe ser conquistada. Pues, en caso contrario, el futuro se desvanecerá en la inacción.

 

Un comentario en “La exaltación de la reflexión filosófica

  1. Me ha gustado este análisis que haces sobre la realidad política actual, sobre todo porque al final pones un toque optimista. Me quedo con la frase ” la realidad es mucho más complicada y debe ser conquistada”.
    Un beso.
    Laura

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