Lacan y el fuego

Dos de los elementos fundamentales de la teoría freudiana son la represión y el inconsciente, el sistema que contiene el material reprimido. Sus mecanismos y procesos, así como la naturaleza de dicho material y el modo en el que está codificado, constituyen uno de los aspectos más discutidos en el psicoanálisis, dado que entre la percepción de un engarzado de estímulos y su configuración como material reprimido media un proceso de simbolización cuyo producto puede adoptar una diversidad de formas. ¿En qué están constituidos, pues, los recuerdos en el inconsciente? ¿Son palabras, imágenes, algún tipo de indefinida evocación? ¿Son puros símbolos?

Cuando aparece ante nosotros el estímulo que evoca al acontecimiento traumático, ¿qué es lo que regresa? Decir «el recuerdo» es insuficiente. ¿«El recuerdo y una serie de emociones asociadas»? De acuerdo, pero esas emociones no son exactamente las mismas que las experimentadas en su día: han atravesado todo un proceso que podríamos llamar de maduración, por el cual el mosto original se ha transformado en un vino lleno de matices, hasta el punto de diferenciarse en grado sumo del material original. Una de las conclusiones de Freud al respecto afirma la existencia de un núcleo inaccesible dentro del material reprimido: algo que trascendería lo oculto para erigirse en inalcanzable, imposible de simbolizar.

Lacan plantea que el inconsciente, inaccesible salvo por mediación de Otro, se estructura como lenguaje: así, en cuanto el signo lingüístico une concepto y huella física/representación de lo vivido, el contenido reprimido también aglutinaría un significante y la construcción resultante del proceso de simbolización por el cual lo percibido deja una marca. La analogía de Aristóteles, por la cual «el alma recibe la forma sensible lo mismo que la cera recibe la marca del anillo de hierro sin el hierro» adquiriría una nueva dimensión: un análisis de ese proceso tan fugaz por el cual el anillo de hierro sin hierro imprime su huella en la cera. No se da en el psicoanálisis un transvase perfecto de lo sensible en el material psíquico que elaboramos a partir de él: entre el anillo y la cera hay por un proceso por el cual lo impreso varía en forma con respecto a aquello que lo provocó.

¿Cómo denomina Lacan a ese núcleo inaccesible en el corazón del material reprimido? El término original es «la Cosa»: muda, más allá de toda simbolización, no cognoscible por sí misma sino a través de la mediación del Otro, que somete el discurso a escrutinio. La Cosa, apunta Lacan, no es nada: solo es algo a través del deseo del sujeto, es el deseo de llenar ese vacío, de otorgar entidad y nombre a esa carencia. Evoca este deseo al requerimiento exorcista de conocer el nombre del demonio para así poderlo expulsar. Existe la necesidad de despejar las sombras, de otorgar una identidad a lo desconocido, de obtener una respuesta a la pregunta «¿qué eres?».

Encontramos en Heráclito una interesante aproximación a la pregunta sobre la naturaleza del ser (que aún no es tal entendida en términos eléatas, sino la pregunta por el ser de las cosas, por la identidad del agente de cambio, el inexorable principio de mutabilidad, la arjé de la physis) que presenta la realidad en términos muy lacanianos: como aquello cuyo ser es precisamente su imposibilidad de ser definido, su estatus más allá de toda simbolización.

El Oscuro de Éfeso describe que lo uno acontece como ruptura de y con lo otro. Hay por tanto un proceso de separación, ¿separación de qué? Entendida la naturaleza de oposición mediante la que Heráclito articula sus pares, nosotros, los sujetos, lo que somos, entes constituidos mediante el proceso de simbolización, nos separaríamos de una realidad pre-simbólica. «Los contrarios lo son porque uno nace pereciendo el otro», define Marzoa. El verano comienza cuando el invierno ha terminado. Cuando nosotros somos la muerte no es, cuando la muerte es nosotros no somos, diría Epicuro. Cuando nosotros somos, una vez hemos crecido en el lenguaje, abandonamos esa realidad pre-simbólica para siempre. Nosotros ya somos sujetos constituidos y esa entidad de la que nos separamos no volverá a resultar accesible nunca más: será el permanente anhelo con respecto al cual media una distancia insalvable.

Cuando Heráclito define la arjé de la physis como el fuego no está afirmando que todo esté hecho de fuego o que su naturaleza sea la del elemento tal como los describiría Empédocles. Lo aclara Marzoa con precisión: «el “en cada caso vivir” del fuego consiste por de pronto en un cierto “encenderse y apagarse”: el fuego tiene lugar como un cierto arrancarse y, por lo tanto, estar entregado a su contrario». Encontramos aquí una referencia a lo descrito en el párrafo anterior. El sujeto escindido de lo real pre-simbólico y al mismo tiempo entregado a este. No pueden entenderse el uno sin el otro: el sujeto se escinde de lo real y al hacerlo lo constituye. Dicho de otra manera: sin un sujeto que percibiese esa carencia, ese vacío que es la Cosa, esta no existiría. El sujeto no existe sin lo real y lo real no existe, ni siquiera en su no-existir en cuanto a no-simbolizable, sin el sujeto.

Continúa Marzoa: «En el fuego tiene su ser esta cosa y aquella y la otra cosa por cuanto al fuego mismo es inherente apagarse. Es en esta huida donde se perciben las cosas: así, la limitación esencial de los dioses consiste precisamente en no poder percibir aquello que sólo se puede percibir en el modo de la huida». El vigués continúa su exposición sobre los presocráticos describiendo el ser como aquello cuya definición consiste precisamente en no poder ser definido. Será Sócrates, retomando el gesto ontológico parmenídeo, quien emprenda mediante el diálogo esta búsqueda condenada al fracaso, este eterno indagar (como afirma Platón, la provisionalidad de la Verdad abre una vía que no puede ser cancelada, la escritura le impone un cierre artificial) por el cual nunca podemos acceder al ser, sino a aspectos de él. No podemos dar con la Justicia, sino con algunos de sus rasgos, algunas de sus características. Al ser le es inherente escaparse, eludir nuestra búsqueda. No se puede percibir en sí mismo, no se nos puede presentar tal cual es: solo puede percibirse, como plantea Heráclito, en el modo de la huida.

El ser, la cosa en sí kantiana, lo real lacaniano. Diferentes modos a través de los siglos de referirse a eso imposible de simbolizar, a aquello tras lo cual siempre vamos, a lo cual siempre arrojamos preguntas, y que siempre escapa burlón. No hay posibilidad de alcanzarlo: es aquello que ya no somos, de lo cual nos separamos, que dejamos de ser en un proceso mediante el que nos constituimos y cuya aprehensión se nos escapa. Es mutabilidad, cambio y transformación, permanente calcinación y regeneración como los mundos abrasados por Shiva. Nacemos de ello y ello nace de nosotros, de nuestro deseo, nuestro anhelo por definir los contornos de aquello de lo que nos separamos y de ese algo inaccesible que llevamos dentro, muy adentro, en el abismal inconsciente.

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