Gadamer y el problema de la conciencia histórica

Entendemos por conciencia histórica el privilegio del hombre moderno de tener plenamente conciencia de la historicidad de todo presente y de la relatividad de todas las opiniones. Es necesario que todas las partes sean conscientes del carácter particular de su perspectiva. Sería absurdo recluirse en los límites de una tradición exclusiva, mientras que la conciencia moderna está llamada a comprender las posibilidades de una multiplicidad de puntos de vista relativos. Podemos definir el sentido histórico por la disponibilidad y el talento del historiador para comprender el pasado a partir del contexto propio desde donde él se encuentra. Tener un sentido histórico es vencer de una manera consecuente esta ingenuidad natural que os haría juzgar el pasado según los parámetros considerados evidentes en nuestra vida, de nuestros valores y verdades adquiridas.

La conciencia moderna, como conciencia histórica, toma una posición reflexiva en la consideración de todo aquello que es entregado por la tradición. La conciencia histórica no oye mejor la voz que le viene del pasado, sino que, reflexionando sobre ella, la reemplaza en el contexto donde ha enraizado, para ver en ella el significado y el valor relativo que le conviene. Este comportamiento reflexivo cara a cara de la tradición se llama interpretación. La interpretación se aplica no solo a los textos y a la tradición verbal, sino a todo aquello que nos ha sido entregado por la historia. El sentido de lo dado que se ofrece a nuestra interpretación no se despliega sin mediación: es necesario mirar más allá de lo inmediato para descubrir el significado oculto; como en Nietzsche, el sentido verdadero o real nos llega asimilado y deformado por las ideologías.

Debe reconocerse un saber autónomo para las ciencias humanas. No se trata solo de definir un método específico, sino de reconocer una muy diferente idea de conocimiento a la de la mera cuestión del método. Hay una necesidad intrínseca de asegurar un verdadero fundamento a las ciencias humanas, tal como lo propuso Dilthey, para asegurar un fundamento a la filosofía. Las ciencias humanas quieren ser verdaderas ciencias empíricas, libres de toda intromisión metafísica, y evitan toda construcción filosófica de la historia universal. Para asegurarse una buena conciencia científica, las ciencias humanas, desarrollando sus métodos histórico-críticos, continúan siendo atraídas por el modelo de las ciencias naturales. ¿Por qué en el dominio de las ciencias humanas la idea cartesiana del método no se denuncia como inadecuada?

Según Aristóteles, la idea de un método unitario que pueda ser decidido antes mismo de penetrar la cosa es una falsa abstracción: el objeto determina el método de su penetración. El método inductivo es independiente de la metafísica: no busca causas ocultas, observa solo regularidades, que no implica hipótesis sobre la estructura metafísica de las relaciones en cuestión. Lo que se entienda por ciencia no se obtiene de las regularidades, ni por su aplicación al actual fenómeno histórico. Todo conocimiento histórico comporta una aplicación de regularidades empíricas generales en los problemas concretos a los que se dedica. Su intención verdadera no es explicar un fenómeno concreto como un caso particular de una regla general. Su fin verdadero es comprender un fenómeno histórico en su singularidad, en su unicidad. Cómo ha pasado esto, allí.

¿Hay algún medio para justificar los conocimientos empíricos de la historia, renunciando a las construcciones dogmáticas? Dilthey se pregunta cómo puede llegar a ocupar mediante la conciencia histórica el lugar que había ocupado en Hegel el saber absoluto del espíritu. Subraya que solo podemos conocer desde una perspectiva histórica puesto que nosotros mismos somos ya siempre seres históricos. Aspiraba a legitimar el conocimiento científico de lo históricamente condicionado como ciencia objetiva. Pero dadas las variaciones continuadas de la interpretación de las relaciones históricas, ¿no está ya excluido un saber que ha alcanzado la objetividad? Según las exigencias del pensamiento histórico, todo momento histórico debe ser comprendido a partir de él mismo. ¿Cómo, si el historiador no puede librarse de su propia situación histórica?

Para Dilthey, la tarea de la conciencia histórica se mueve en la propia relatividad, justificando el conocimiento objetivo en el campo de las ciencias humanas. Esta legitimación no puede residir en el saber absoluto de Hegel, que es una autoconciencia actual que reúne la totalidad de las fases del devenir del espíritu. Una conciencia finita e histórica, la identidad absoluta de la conciencia y del objeto es algo fuera de alcance, sumergida en influencias históricas. Dilthey afirma que tan impenetrable como sea el fundamento de la vida histórica, esta vida no existe sin poder comprender históricamente su posibilidad de tener un comportamiento histórico. Esta conciencia histórica sabe colocarse en una relación reflexiva consigo misma y con la tradición. Se comprende a sí misma por y a través de su historia. La conciencia histórica es un modo de conocimiento de sí.

El punto de partida de Dilthey es que la vida comporta en sí misma la reflexión. Esta orientación tiene como fundamento la idea de que toda vida comporta un saber. El saber está ahí, sin reflexión, ligado a la vida. Es la misma reflexividad inmanente de la vida que está, según Dilthey, en la base de la experiencia vivida que tenemos del significado. El arte constituye el órgano privilegiado por el cual se comprende la vida, situado en los confines del saber y de la acción, permite a la vida revelarse ella misma en una profundidad donde la observación, la reflexión y la teoría no tienen acceso. Toda expresión de la vida implica un saber que la conformad desde lo interior. En su lenguaje, en sus valores morales y en sus formas jurídicas, el individuo, el ser aislado, está siempre más allá de su particularidad.

Según Dilthey la tendencia vital de nuestra vida es investigar las formas sólidas. La objetividad del conocimiento científico, no menos que la reflexión meditativa de la filosofía, es como un desarrollo de las tendencias naturales de la vida. Sobrepasar metódicamente las contingencias de una perspectiva puramente subjetiva y realizar así un conocimiento histórico y objetivo, tal es la aspiración profunda de las ciencias humanas. La reflexión filosófica se objetiva a sí misma a título de hecho humano e histórico. Dilthey se preocupó por este problema del relativismo y buscaba asegurar la objetividad en el interior de todas estas relatividades. La tarea consistiría en explicar cómo los valores relativos de una época pueden adquirir un alcance en cierta medida absoluto. De relatividad en relatividad, en ruta a lo absoluto. Se es conscientemente un ser condicionado.

La razón profunda de esta inconsecuencia en el seno del pensamiento de Dilthey reside en su cartesianismo latente. Es la vida real en su totalidad (la tradición moral, religiosa, jurídica) la que debe provocar la reflexión y reclama un orden racional nuevo. Dedicándose a la tradición, el individuo se eleva al nivel del espíritu objetivo. La influencia que ejerce el pensamiento sobre la vida brota de una necesidad intrínseca de encontrar en el interior de las variaciones inconsistentes de las percepciones sensibles, deseos y afecciones, algo sólido. He aquí la incompatibilidad de Gadamer con Dilthey: reclama al mismo tiempo para todas las objetivaciones del espíritu una toma de posición “reflexiva y dubitativa” que reemplaza un trabajo de orden científico. Dilthey continúa adherido al ideal científico de la filosofía de las luces.

Heidegger propone revisar la oposición naturaleza/espíritu: ciencias humanas y naturales deben ser comprendidas a partir de la intencionalidad de la vida universal. Hay que separar ser histórico de ser de la naturaleza. El mundo de las ciencias naturales es un derivado de la comprensión que se ha aplicado a la tarea de aprehender las cosas en tanto justamente que ellas son esencialmente incomprensibles. Comprender no es solo un ideal epistemológico o metodológico: comprender es este modo de ser del estar-ahí que constituye a aquel en saber-ser y posibilidad. La comprensión no es una operación en el sentido inverso y ulterior a la operación de la vida constituyente, sino el modo de ser original de la vida humana. Quien comprende un texto no se proyecta hacia un significado, sino que adquiere por la comprensión una libertad de espíritu inédita.

Comprender es aprehenderse (comprensión de sí con relación a algo de otro), descubrir lo que está escondido en el alma. En Heidegger asistimos a una valoración ontológica del problema de la estructura de la comprensión histórica, fundada sobre la existencia humana orientada esencialmente hacia el futuro. El conocimiento histórico es una mensuratio ad rem. La cosa no se entiende como hecho en bruto, no es un ente subsistente, mensurable instrumentalmente, sino aquella relativa al modo de ser del estar-ahí humano. Ni el cognoscente ni lo conocido están ónticamente y simplemente subsistentes, sino que son históricos, tienen el modo de ser de la historicidad. El hecho de que solo podamos hablar de historia en la medida en que somos nosotros mismos históricos significa que es la historicidad del estar-ahí humano la condición de poder revivir el pasado.

La afinidad con la tradición es tan originaria y constitutiva de la finitud histórica del estar-ahí como el hecho de que este estar-ahí es siempre en proyecto hacia sus posibilidades futuras. No hay comprensión o interpretación que no implicase la puesta en obra de la totalidad de esta estructura existencial. La estructura existencial del pro-yecto arrojado, fundamento de la comprensión como operación significante del estar-ahí, es la estructura que se encuentra también en la base de la comprensión tal como se efectúa en las ciencias humanas. El Dasein que se proyecta hacia su saber-ser futuro es un ser que desde ahora y ya ha sido, de modo que todos los comportamientos libres tropiezan y se frenan a la vista con la facticidad de su ser. La comprensión de la tradición histórica trae consigo la huella de esta estructura existencial del Dasein.

¿Cómo reconocemos esta huella? No puede ser cuestión de oponerse al proceso de la tradición. La actitud auténtica es aquella que interpela a una cultura de la tradición. La realidad de la tradición no constituye un problema de conocimiento sino un fenómeno de apropiación espontánea y productivo de contenidos transmitidos. La llamada conciencia histórica se equivoca cuando califica la totalidad de su historicidad como un simple prejuicio del que librarse. ¿No será preciso admitir que el significado de los objetos de investigación que recibe de una tradición está formado exclusivamente por una tradición? Aquello que aportan la tradición viva y las investigaciones históricas forma una unidad efectiva que no sabrá ser analizada más que como red de acciones recíprocas.

Así, la hermenéutica plantea que el conocimiento histórico no puede ser descrito según el modelo de un conocimiento objetivista, ya que él mismo es un proceso que tiene todas las características de un acontecimiento histórico. La comprensión debe ser entendida en el sentido de un acto de existencia. Somos miembros de una cadena ininterrumpida por la cual el pasado se dirige a nosotros. La conciencia ética es saber ético y ser ético. La estructura de la comprensión que se encuentra en la base de la hermenéutica es una afinidad esencial con la tradición. Se trata de la relación circular del todo y las partes: la significación anticipada por un todo se comprende por las partes, pero es a la luz del todo como estas asumen su función clarificante. Partiendo de la totalidad que no solo forman factores objetivos, sino primariamente la subjetividad del autor, puede nacer la comprensión.

Cuando comprendemos un texto no nos colocamos en el lugar del otro y no se trata de penetrar en la actividad espiritual del autor; está en cuestión únicamente captar el sentido, el significado, la pretensión de aquello que nos ha sido transmitido; captar de la forma más completa posible el valor intrínseco de los argumentos propuestos. La comprensión es una participación de la pretensión común. Lo que tenemos en común con la tradición con la que nos relacionamos determina nuestras anticipaciones y guía nuestra comprensión. Este círculo juega en el interior del espacio entre el texto y quien comprende. La intención intérprete es la de hacerse mediador entre el texto y la totalidad que subyace al texto. Por ello, el fin de la hermenéutica es siempre restituir y restablecer el acuerdo, colmar las lagunas.

El intérprete, en cuanto descubre elementos comprensibles, esboza un proyecto de significado para la alteridad de este. Es esta oscilación de perspectivas interpretativas la que Heidegger nos describe: la comprensión como el continuo proceso de formación de un proyecto nuevo. La tarea constante de la comprensión reside en la elaboración de proyectos auténticos y proporcionados al objeto de la comprensión. Lo que se puede calificar aquí de objetividad sería únicamente la confirmación de una anticipación en el curso mismo de la elaboración de esta última. Toda interpretación de un texto debe comenzar por una reflexión del intérprete sobre ideas preconcebidas que resultan de la situación hermenéutica donde él se encuentra. Debe legitimarlas, es decir, preguntarse por su origen y valor.

El momento ulterior, aquel que es más que un captar puro y simple, determina de ahora en adelante el sentido concreto del captar mismo, y es ahí donde va a insertarse precisamente el problema de la hermenéutica. La intención auténtica de la comprensión es que, al leer un texto, al querer comprenderlo, siempre esperamos que nos enseña algo. Esta receptividad no se adquiere por una neutralidad objetivista: no es posible ni necesaria. La actitud hermenéutica supone una toma de conciencia que, cuando designa nuestras opiniones y prejuicios, los califica como tales quitándose su carácter exagerado. Es al realizar esta actitud cuando surge en el texto la posibilidad de aparecer en su diferenciación y en la manifestación de su verdad propia, frente a las ideas preconcebidas que le oponemos primariamente.

Debemos elaborar una conciencia que dirija y controle las anticipaciones implicadas por nuestras gestiones cognitivas. Se asegura así una comprensión válida ya que está íntimamente ligada al objeto inmediato de nuestras intenciones. La conciencia debe rendir cuenta de sus prejuicios seculares y anticipaciones actuales. El círculo hermenéutico es una dialéctica entre la adivinación del sentido del todo y su explicación ulterior por las partes. La comprensión de un texto no cesa de estar determinada por el esfuerzo anticipatorio de la precomprensión. Toda comprensión de un texto está guiada por expectativas trascendentes, cuyo origen debe ser buscado en la relación entre la pretensión del texto y la verdad. Estamos abiertos a la posibilidad de que el texto sea más auténtico en aquello que concierne a la cosa misma que nuestras propias hipótesis.

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