Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt

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El ideal ilustrado y el mundo colapsaron a mediados de siglo XX. La Segunda Guerra Mundial se convertiría en el mayor de los atentados contra la humanidad gracias al empleo la ciencia y la técnica con el fin de erradicar al enemigo. Sería el pueblo judío europeo el que encarnase de manera patente esta implosión de la historia, esta radicalización absoluta del devenir político occidental. El Estado y los líderes nazis, culpables de tamaña aberración y de haber perdido la guerra, tendrían, como dijo Walter Benjamin, que responder ante los vencedores. Pues, sin lugar a dudas, la historia se escribe por lo que triunfan y estos, como se encarga de recordar Arendt, no tuvieron que rendir cuentas por el uso de armas atómicas contra población civil. Esto, sin embargo, es otro asunto.

Lo que sí resulta pertinente es el hecho de que en 1960, después de una década de vida anónima en Argentina, Adolf Eichmann fue secuestrado en Argentina por el Mossad. El recién creado Estado de Israel se había embarcado en la búsqueda de criminales nazis para juzgarlos. En este sentido, se topó con este exdirigente nacionalsocialista que ni tan siquiera se había preocupado de esconderse debidamente. Únicamente había cambiado de nombre y llevaba una vida anónima con su familia en un suburbio bonaerense. No resultó complejo para el servicio secreto dar con su paradero y llevarlo a Israel. Una vez en el Estado judío, se conformó un tribunal y se le facilitó una defensa para cumplir con todos los requisitos legales de imparcialidad. En ese punto, tras quince años de la finalización del conflicto, el mundo podría mirar cara a cara a uno de los monstruos que habían ocasionado tanto dolor y sufrimiento.

Lejos de lo sucedido en los juicios de Nuremberg, en los que los acusados intentaron exculparse manchando a sus compañeros, Eichmann aceptó de buen grado la responsabilidad de sus actos. Es decir, se escudó en el organigrama y en el cumplimiento del deber. A su modo de ver, simplemente se dedicó a mover gente de un sitio a otro y no se consideró en ningún momento responsable último de lo acontecido durante el desarrollo de la Solución Final. Si bien es cierto que quedó demostrado que fue conocedor de las atrocidades cometidas, insistió en que jamás en su vida había dado muerte a ningún ser humano de manera directa o indirecta. De hecho, lo que arrojo el interminable interrogatorio fue la imagen de un tipo anodino y poco inteligente muy alejado del supuesto criminal que había pergeñado el genocidio. Se trataba de un simple burócrata, un funcionario que bien podría haber estado pegando sellos en cualquier oficina postal. Eichmann, sin afán de cultivar esta imagen pues su simpleza resultaba evidente, se mostraba culpable en el ámbito de pomposidad y grandilocuencia que siempre parecía haber mostrado. Su ambición fue lo que le había llevado hasta el puesto que desempeñó con esmero y diligencia. Pero este chupatintas, este don nadie, necesitó de algo más que la nuda ambición, también contaba con una mente carente de imaginación idónea para el desempleo de tareas mecánicas. En otras palabras, podría haber estado movilizando ganado que a él le hubiese supuesto lo mismo. De hecho, estaba lejos de ser un furibundo antisemita. Únicamente cumplía con su cometido entregado a su afán de medrar.

Un acontecimiento de la magnitud de la Solución Final no hubiese sido posible en ningún otro momento histórico ni bajo otro régimen político. No quiere esto decir que el nazismo fuese peor o mejor que otros totalitarismos, resulta absurdo cuantificar su maldad en relación al número de muertes. De hecho, si nos fijásemos en la Rusia de Stalin o en el Gran Paso Adelante Chino el número de víctimas es bastante mayor. La característica de la Alemania de ese tiempo estuvo marcada por una biopolítica entregada a lo ario. Lo judío, como elemento adyacente a lo vital alemán debía ser extirpado, se trataba del tumor de la nación contra el que se luchó de manera científica. Eichmann dejó claro durante los interrogatorios que él nada tenía que ver con el resultado último de las deportaciones, se trataba de una cuestión médica a la que se entregaron profesionales del ramo. Los métodos de aniquilación pasaron, de esta manera, de simple asesinato a convertirse en una cuestión de salubridad para Alemania. Se cumplieron protocolos, se llevaron a término investigaciones y se dispuso una mecanización de la aniquilación en la que el reo participó con especial dedicación y cumplimiento. El carácter plano y su afán de notoriedad le capacitaban para llevar a término su encomienda. En su opinión, el hecho de que fuesen personas y que conociese las consecuencias de estos movimientos humanos no venía sino a reforzar su planteamiento relacionado con el compromiso adquirido.

La observancia de unos complejos requisitos convirtió la matanza en un acto más de Estado. De hecho, parece ser que eran pocos los soldados alemanes entregados al asesinato desmotivado. Estos eran casos particulares considerados mentalmente inestables y no resultaban bien recibidos en los equipos de trabajo. Sin embargo, la muerte institucionalizada y conducida por cauces legales sí era aceptada. Himmler utilizaría este hecho para levantar la moral de la tropa haciendo ver lo que debían sufrir por el bien de Alemania. Por su parte, Eichmann estuvo en otro eslabón de esta cadena de montaje. A su dispositivo se le atribuyó la novedad de establecer puntos que, en colaboración con los Consejos judíos, identificaban a los individuos y los desposeían de identidad para de esta forma poder conducirlos a la prescriptiva muerte. En los lugares organizados para tal fin el judío alemán entraba, renunciaba de forma legal a su nacionalidad, a sus bienes y salía como un apátrida al que poder extirpar como si de una malformación nacional se tratase. Después de este proceso, quedaban despersonalizados y a expensas de las necesidades estatales. Siempre, por supuesto, bajo legitimación legal. La vida y la muerte como su antítesis inseparable quedaban bajo el amparo de la burocracia.

El mal, como decía Arendt en el subtítulo de la obra, quedaba banalizado. No se trataba de una cuestión de pura perversidad, de villanos terribles que cumplían sus más sádicos deseos. Se trataba, por el contrario, de una cuestión administrativa. Y, en este punto, es donde Eichmann fraguó su carrera funcionaria. De ahí, que desde su miope punto de vista no hubiese cometido ningún delito pues siempre se mantuvo bajo el cumplimiento del deber.

 

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