La necesidad radical de educación

 

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La reflexión resulta uno de los elementos clave para entender la realidad humana. Si bien no es la única característica, sí es una de las principales para determinar la naturaleza subjetiva. El trabajo intelectual, la eventualidad de proyectar al futuro las posibilidades del presente establece un horizonte de expectativa al que direccionarse. En caso contrario, únicamente queda un erial sin posibilidades de desarrollo. La capacidad racional, si bien idiosincrásica de lo humano, necesita de manera indudable de su fomento y estímulo para lograr sus mejores resultados. Siempre existen sujetos particulares que logran, mediante sus propias luces, una mayor hondura en sus cavilaciones, mentes brillantes y capaces de un gran impulso intelectivo por sus propios medios. Ahora bien, cuando esta característica es fomentada de manera explícita y se hace de lo intelectual, o más bien de lo cultural en todas sus formas, una forma de vida respaldada por la arquitectura institucional se consigue un rédito mayor.

Por supuesto, puede darse el ejemplo contrario. El campo del conocimiento siempre ha sido objeto de litigio, siendo el pensamiento unificado el escalón desde el que se levanta todo régimen totalitario. La coacción física supone un elemento fundamental para entender este espectro de lo político aunque, sin el control de lo intelectual, lo despótico tiene poco recorrido. Queda de manifiesto la necesidad de controlar lo intelectual para traducirlo a un caso político fáctico. Primero se asalta lo real para después acechar lo racional, ambos elementos van indisociablemente unidos. Prueba de ello es el control cultural que a nivel estatal se establece en los citados regímenes; la falta de libertad de expresión y la censura resultan connaturales al control tiránico.

Ahora bien, ¿qué es lo que está sucediendo en las democracias occidentales contemporáneas? Evidentemente, no puede decirse que nos encontremos en regímenes totalitarios que eliminan la posibilidad de publicar o crear. Más bien, se trata de todo lo contrario, asistimos a una multiplicación y democratización de los medios expresivos que genera una vulgarización de lo excelso. La alta cultura, como elemento de consumo está desapareciendo y, en un mundo capitalista globalizado, si no hay demanda no hay producción. En este caso, el neoliberalismo establece la máxima de que la libertad comienza por lo económico para que, de este modo, cada cual pueda dirimir qué es lo que le interesa en cada momento. En este caso, la cultura de calado intelectual se está marchitando pues no interesa. Así de simple, no hay otro motivo. Si interesase sería un objeto más sobre el que mercadear, como sí sucede con creaciones artísticas que alcanzan precios desorbitados cuando son utilizadas como simple inversión. De este modo, la expansión de los medios audiovisuales a todos los estratos ha terminado por familiarizar lo eminente pero sin reparar en su alcance esencial. El metadiscurso de la obra de arte ha comenzado a perderse.

La situación da la impresión de que empeora a cada paso, la orientación pragmática que inunda lo comunitario ha invadido todos los niveles. Por supuesto, el ámbito educativo y todo lo que esto supone también se ha visto profundamente afectado. El utilitarismo actual del que solo importa el rendimiento pecuniario, ha terminado por ocultar los resortes auténticamente humanos escondidos tras esta realidad. En otras palabras, la creatividad o la posibilidad de improvisación son componentes educativos a los que atender pues, sin lugar a dudas, lo que necesita un individuo es la capacidad de adaptarse a lo contingente.

¿Qué es lo que ha sucedido para llegar a este punto? Lo que ha pasado es que la lógica empresarial ha alcanzado el plano educativo. El entramado corporativo mundializado lleva tiempo trabajando sobre la formación como si se tratase de un elemento más del mercado. El motivo es claro: lo pedagógico se ha convertido en objeto de negocio. El individuo, arropado por la lógica neoliberal, elige en este plano y el alumno ha terminado en convertirse en cliente de una educación a la carta. Por supuesto cada cual es muy libre para decidir, dentro de los límites legales, qué es lo que considera mejor para la formación de su familia. Ahora bien, ¿qué es lo que en la actualidad se puede entender como más adecuado?

Hasta el momento esto no tendría que resultar intrínsecamente negativo pero es que existe otro factor de fondo. ¿Qué es lo que busca la empresa privada en todo este asunto? Evidentemente, un beneficio mercantil. Esta es la naturaleza de los conglomerados empresariales, es su razón de ser y supone un elemento clave para la dinamización de lo social y lo económico. No hay motivo para preocuparse cuando una empresa busca rendimiento, este es su objetivo esencial. La problemática se encuentra en que un ámbito tan crucial para lo comunitario sea objeto de gestión privada. Resulta patente que lo privado y lo social no siempre concuerdan, están condenados a entenderse pero no siempre son dos dimensiones bien avenidas.  Con todo, esto es lo de menos. Más importante es la intrusión de los intereses privados en la formación. Los planes de estudios se encuentran actualmente plagados de materias meramente prácticas o de iniciación a lo empresarial. Y, si bien esto no supone un problema en sí mismo, sí lo es el hecho de que las materias que fomentan el espíritu crítico están relegadas a un lugar subsidiario. ¿En qué se traduce este hecho? La realidad es que se está generando, desde el presente educativo, al ciudadano del mañana. Y este no es más que un mero técnico que necesita buscar por sí mismo los recursos reflexivos para repensar el espacio de lo político. La democracia es inalcanzable, siempre está en constante alteración y su plena implementación de una sociedad es una utopía irrealizable. Ahora bien, como elemento frágil debe ser cuidado y fomentado y, para esto, se necesita a un ser humano lanzado a la intelectualidad pues es desde su capacidad crítica desde donde puede llevar a término esta tarea. En caso contrario, estaremos supeditados a la regencia de aquellos que sí tienen acceso a esta posibilidad instructiva. Por lo tanto, educación es libertad y no mera adquisición de conocimientos técnicos. La una no puede existir sin la otra.

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