Los nuevos palacios micénicos

Se ha hablado mucho de posverdad. Considero que emplear este término genera confusión y se presta a muchas manipulaciones. La verdad emana de los hechos: centrémonos en ellos. El ciudadano de una sociedad posfactual no niega la verdad en sí, la existencia de una verdad, no abraza un relativismo absoluto: simplemente niega los hechos en los que se sustenta la verdad del otro, entendida en el mejor de los casos como supuesta. Echando un vistazo a un estudio que se llevó a cabo recientemente, observamos que el 15% de los votantes republicanos consideran que hay más personas en la fotografía de la izquierda que en la expuesta a la derecha. Si se les indica que los hechos no son así, afirmarán que se trata de una mentira de alguna cadena de televisión de opuesta tendencia política.

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Los autores del estudio afirman que estos resultados pueden deberse en parte a un deseo por parte de los votantes republicanos de manifestar su respaldo a Trump. Esta decisión estaría motivada por efecto de un fenómeno psicológico que un equipo de investigadores de Tejas, California y Yale ha denominado «respuesta expresiva» (entendida como aquella que pretende expresar algo más que la mera percepción). ¿Serviría de algo aportar datos que revelen objetivamente la mayor afluencia del acontecimiento de la derecha? Nyhan y Reifler, que definieron el célebre backfire effect (que podríamos traducir como «efecto tiro por la culata»), seguramente se mostrarían en desacuerdo. Según sus investigaciones, cuando un individuo que posee una fuerte convicción se ve expuesto a datos, cifras o hechos que contradicen dicha convicción, esta no solo no se tambalea sino que, al contrario, se refuerza. Esta sorprendente capacidad de distorsionar los hechos no surge espontáneamente sino que es dirigida e intencionada, como la apatía inoculada de la que advierte Debord. Los nuevos autoritarismos no buscan el poder mediante la represión frontal contra la masa desafecta, sino contar con el respaldo de esta erigiéndose en la única fuente de soluciones claras frente a una cada vez más confusa globalidad.

El objetivo, en estas formas políticas autoritarias, demagógicas y con claros tintes fascistas, ni siquiera es formar una corriente de opinión favorable. Va más allá de eso. La meta es anular la capacidad de formarse una, característica que Hannah Arendt señala en los totalitarismos. El objetivo es negar la validez de los hechos para que sobre ellos no pueda erigirse verdad alguna. Ante los hechos, proponer «hechos alternativos». Negar cuanto se dijo con anterioridad, contradecir, confundir, utilizar el dog-whistling para afirmar una cosa y rechazar a continuación que se ha dicho. Presentar el mundo como un lugar hostil, demasiado complejo, demasiado peligroso para pararse a pensar, a la manera del permanente estado de excepción del que advertía Walter Benjamin: cada minuto de reflexión, cada intento de comprender la realidad, es un minuto desperdiciado que los enemigos (el grupo social que convenga demonizar; desde opositores a poderes extranjeros, desde migrantes a activistas) pueden aprovechar para infligir daño. Se impone como máxima, a todos los niveles, que no hay tiempo para pensar: hay que actuar. ¿Quién actuará?

«No tenéis que hacer nada», afirmó Trump durante su campaña electoral. «Votadme y todos vuestros sueños se harán realidad», sentenciaba con su habitual retórica. «No perdáis el tiempo buscando una fuente de información válida», parece querer decir continuamente, «pues todas son corruptas y mentirosas. No os paréis a pensar, pues es tiempo perdido que no estamos empleando en combatir a nuestros enemigos. Además, ya nos hemos fiado demasiado tiempo de las personas que piensan, de los expertos, y todo ha ido a peor». El mundo es un lugar hostil, pero afortunadamente él sabe lo que hay que hacer (no conviene olvidar que alardeó de saber más sobre el ISIS que el generalato) y por lo tanto el pueblo estadounidense no tiene de qué preocuparse: solo tiene que delegar cualquier soberanía en él, que se ocupará de forma pronta y expeditiva de todos los problemas. Recuerda poderosamente al viejo cliché machista hollywoodiense en el que la dama en apuros, abrumada por los acontecimientos acaecidos durante la película, afirma no poder seguir pensando, estar demasiado aturdida para pensar con claridad. «No te preocupes», le dice la fantasía de poder masculina que la ha rescatado, «yo pensaré por los dos».

La sociedad corre un riesgo real de dividirse entre quienes no tienen una opinión, por lo que delegan en un líder que posee tanto el poder como la verdad, y los que sí la tienen y construyen una forma de hacer política a partir de ella; los que disponen de un logos creador y los que solo tienen cháchara irrelevante, como la que atribuye Parménides a los hombres de dos cabezas de su mito; los que saben qué decisiones tomar y los que, abrumados por la complejidad del mundo y la recurrente contradicción de la información recibida, se encogen de hombros y entregan la soberanía a los primeros.

La situación puede llevarnos a tiempos muy antiguos, a los palacios micénicos, en cuyo interior y a puerta cerrada se tomaban las decisiones por parte de un único individuo, que se rodeaba de una casta poseedora del monopolio del saber por estar en comunicación directa con los dioses. El término «casta» que durante un tiempo fue ubicua en el habla política, aludía a una casta económica, política, empresarial. La «casta» también lo es a un nivel más poderoso: grupos de corte totalitario (nacionalistas blancos, supremacistas, etc.) que se erigen en casta del saber, de la soberanía, de la autoridad, mediante el proceso de anular la capacidad de quienes están fuera del palacio micénico de formarse una opinión.

Llamar «democrática» a una sociedad de esta manera dividida debería considerarse de mal gusto, por muchos procedimientos electorales que incluya. No hay kratos en un demos incapaz de formarse una opinión, de convertir en políticos los diversos espacios de su vida, de valorar de forma crítica a sus dirigentes, de informarse, de construir una reflexión formada a partir de los datos. Sin capacidad decisoria no hay poder: solo sumisión, obediencia, aplauso ante la decisión del líder capaz de abrirse paso a través de las nieblas de un mundo complejo para tomar decisiones de forma aparentemente resuelta (en realidad, totalitaria) y guiar a su rebaño. Se ha hablado mucho de la función de la prensa como contrapoder, sin la cual deviene burdo aparato de propaganda. No debería olvidarse que el primer y más importante contrapoder es una ciudadanía crítica y activa, cuya posibilidad de defender sus intereses se basa en tenerlos claramente definidos y en cuestionar las decisiones que los vulneran.

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