Javier Marías y el teatro

En su última columna, Javier Marías señala los motivos por los que rechaza acudir al teatro. Explica su decisión en base a distintas opiniones, muchas, incluyendo una desafortunada falsa equivalencia: la de criticar a actores de distintas razas interpretando a personajes concebidos como blancos como se critica que, en el pasado, actores blancos interpretasen a personajes de otras razas (incurriendo con frecuencia en estereotipos de corte racista como el blackface). Los cambios de indumentaria preocupan también al académico y, en especial, el hecho de que ciertos personajes sean interpretados por actores y actrices de sexos distintos al que fueron concebidos. Con ánimo de centrar el tema, será este punto a partir del cual desarrollaré mi respuesta.

A modo de aclaración, conviene apuntar que Marías alude en todo momento al sexo biológico. Es de imaginar que una actriz trans poco cisnormativa interpretando a una mujer (es decir, un personaje con cuyo género coincide) afectaría tanto al académico como si fuese un hombre. No abundaré en este punto, aunque merece la pena señalarlo.

¿Qué es un personaje de teatro?, deberíamos preguntarnos en primer lugar. Propongo una respuesta: un personaje de teatro es un alma. Si lo decimos con los griegos, hablaríamos de una psyché. La psyché, recordamos, no es la psique entendida desde la psicología, aunque ahí encuentre su raíz etimológica, sino en palabras de Martínez Marzoa «la presencia, la figura, de quien definitivamente no está presente», algo que adquiere su ser «solo cuando alguien ha abandonado definitivamente la presencia, solo entonces es presente, solo entonces tiene en efecto una figura: es la muerte lo que constituye la figura, la presencia». Aída Míguez somete a análisis el momento en el que Aquiles intenta abrazar la psyché de Patroclo: esta psyché es la figura de Patroclo, que solo encuentra clausura y presencia plena en la muerte.

En el teatro no nos encontramos cara a cara con Ricardo III o con Galileo. No solo por la obviedad de que fallecieron hace siglos, sino porque sobre el escenario la persona cotidiana no está: no tenemos delante a «quien normalmente es» sino a un personaje que representa su «quien realmente es», su naturaleza más esencial. La persona corriente está ausente, lejos, no se la encuentra por ningún lado, si acaso puede llegar a intuirse su rastro. Pero es en este desaparecer, en este abandono de la presencia, cuando esa persona se hace realmente presente en el personaje. En el teatro no tenemos a la persona tal cual aparece pero tenemos algo aún más valioso, representativo y poderoso: la persona tal cual es. Su alma. No es el «en sí» de la persona, pero puede que sea lo más cerca que podamos estar de ello.

En el teatro el personaje es expresión y texto en una bella relación de reciprocidad: la expresión da cuerpo y vida al texto, el texto fundamenta y guía la expresión. Con respecto al texto, Gadamer plantea desde su visión de la hermenéutica que este, como la obra de arte, participa de la verdad. Cada texto es un horizonte de significado, un ser-en-el-mundo, que dialoga con el lector en un espacio de inter-subjetividad. Ricoeur ofrece una expresión diferente para una visión similar: el texto, como discurso fijado por la escritura, es una propuesta de mundo. La expresión del personaje encarna, proporciona forma a esa propuesta de mundo, a esa participación de la verdad. El personaje confronta al espectador: establece con él, como señala Gadamer, un diálogo, tanto durante la obra como después de esta. Ahí radica la capacidad transformadora del teatro: en devolver al mundo un ser humano diferente del que entró en la sala.

¿En qué cuerpo cabe o deja de caber un alma, entonces? O dicho de otro modo, ¿necesita ese ser-en-el-mundo, esa participación de la verdad, de un conjunto determinado de características físicas? El Dasein de Heidegger, a partir del cual constituyó Gadamer su hermenéutica, carece de género, lo trasciende. Una propuesta de mundo no necesita de estos u otros genitales como tampoco requiere de esta o aquella cantidad de melanina. Si una persona, sea cual sea su género, es capaz de encarnar y representar cierto ser-en-el-mundo, cierta propuesta, y de entablar diálogo con el espectador, de tomarlo a ese espacio inter-subjetivo y transformarlo, puede interpretarlo y es bueno que lo haga. Nietzsche empleaba una expresión muy hermosa para el arte: un lenguaje cifrado de los afectos. ¿Entiende de sexo ese lenguaje? ¿Requiere de esta u otra tráquea, con o sin nuez de Adán, para ser articulado?

El sexo, particularmente el sexo biológico al que apunta el columnista, debería ser la última de las consideraciones cuando se valora la correcta interpretación de un personaje, el modo en que al mismo tiempo se viste a esa alma de cuerpo y ese cuerpo la muestra, materializando su presencia. Si Blanca Portillo puede «dar carne» al alma de Segismundo o Glenda Jackson a la del Rey Lear, ¿por qué no iban a hacerlo? Segismundo y el Rey Lear no son este o aquel conjunto de caracteres sexuales. Rebajarlos a ello y basar la idoneidad de quien los interprete en la coincidencia de dichos caracteres es hacer un grave demérito a los personajes, a la obra y a quien la firma, olvidar qué es un texto, a qué apunta el texto teatral, el proyecto de hacer teatro.

Un comentario en “Javier Marías y el teatro

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