En respuesta a don Arturo Pérez Reverte

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El pasado día 8 de enero el diario El Mundo publicó a través de su edición digital un extracto de su semanal Papel en el que se entrevistaba a Pérez Reverte[1]. El literato, que está de promoción con su nueva novela Falcó, respondía a una serie de preguntas mientras alternaba por Sevilla con la periodista Marta Caballero. Hasta aquí todo bien, una serie de cuestiones sobre la novela, la vida, la obra y las últimas controversias del escritor. Reverte, al que tengo en consideración por su trabajo como publicista y literato, saltaba entre lugares comunes dando su opinión sobre algunos temas de actualidad y, sobre todo, acerca de su último trabajo. En su mayor parte, se trató de un encuentro más bien inocuo y publicitario del que no habría nada de reseñar de no ser por uno de los destacados: “Los yihadistas van a ganar. Ellos tienen cojones”.

Una vez leído el texto se trataba de una parte residual, tampoco tenía demasiada importancia y, de hecho, se tergiversaba de manera más o menos evidente la respuesta dada ante el tema del terrorismo global. Ni que decir tiene que esta respuesta ofreció una serie de reacciones viscerales que se pueden seguir en los comentarios: “que si se trata de alguien con las cosas claras”, “que si está haciendo ver algo evidente” y demás derivados sentimentales de este cariz. Sin embargo, esta contestación de paseo por Sevilla expuesta de manera irreflexiva escondía a mi modo de ver algo más profundo que merece la pena ser analizado.

La entrevistadora pregunta a Reverte por la cuestión del terrorismo yihadista y el fragmento completo de la contestación dice así: “Es que van a ganar. Los derrotarán en Irak o en Siria pero van a triunfar, porque son jóvenes, tienen hambre, un rencor histórico acumulado y absolutamente comprensible, cuentas que ajustar, desesperación, cojones, fuerza demográfica… Occidente y Europa en cambio son viejos, cobardes, caducos y no se atreven a defenderse. Cuando hay lobos y hay ovejas no hay duda de quién va a ganar. Estamos teniendo el resultado de nuestra pasividad, de nuestro confort, de nuestra demagogia. Ellos no tienen esos obstáculos. Como dijo uno de los imanes, «usaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia». Está perfectamente definido. Europa es vieja e indefensa”.

Por supuesto, se trata de una conversación en un contexto aparentemente amistoso sin más pretensión que tratar un asunto recurrente en los artículos del literato. Sin embargo, anidó en mí una sensación extraña pues un análisis así de simplista es capaz de levantar las más bajas pasiones en los leyentes. Para empezar, la referencia geográfica me parece adecuada. Las zonas en las que se realiza la “guerra preventiva” del siglo XXI quedarán bajo dominio de Occidente, de eso no hay duda pues poseemos el poder militar y económico. Ahora bien, ¿cómo es posible que se produzca esta victoria del radicalismo si estos bastiones van a ser recuperados para el dominio occidental? La cosa es clara, el problema se produce en el seno de la propia sociedad occidental en la que curiosamente se está engendrando un retroceso en materia social debido a la inmunización derivada de los procesos globales. La esencialidad de occidente ha terminado por cumplir con el nihilismo que vaticinó Nietzsche, la caída de valores ha venido acompañada por un ascenso de la crispación social ante la falta de oportunidades de ciertos sectores sociales. ¿Le importa a un terrorista nacido en Francia, Bélgica, España o Alemania lo que sucede en Siria o Irak? Yo diría que no, lo que realmente le importa es lo que sucede en su devenir cotidiano. En este día a día, en esta cotidianidad, se da la particularidad de que las oportunidades o salidas se han visto coartadas por el desequilibrio social derivado de las finanzas globales. ¿Es importante Siria o Irak para Occidente? Yo diría que sí, al menos como elemento geoestratégico para continuar con la expansión global de sus intereses. De aquí la inmunización anteriormente referida, el mundo global comparte con lo político su esencial polaridad. Esta expansión mundial se hace a costa de la exclusión y de la preservación del individuo frente a la amenaza de la alteridad. Sin embargo, el otro está entre nosotros y esto genera una mayor inseguridad que se aprovecha para el establecimiento de una biopolítica orientada a la conservación de la vida. Ahora bien, esta preservación de la vida debe hacerse mediante el ataque a la vida misma, mediante el imperio de la fuerza.

Los yihadistas tienen cojones, hambre y ganas de revancha. Resulta evidente la ruptura del espacio político y moral emanado desde la modernidad, las viejas categorías de lo valioso y de lo político comienzan a marchitarse ante estas prácticas de terror. O quizás no, puede que lo haya sucedido sea una mera deslocalización al estilo empresarial. En otras palabras, el terror ha llegado a las puertas de nuestras casas pero lo que denominamos Occidente se erige desde el terror. Esta situación que impregna el ambiente ofrece la inseguridad necesaria para el establecimiento del Estado de excepción, para el nudo ejercicio del poder. Esta es la normalidad en otros lugares del mundo en los que se ha impuesto esta ambivalente “guerra preventiva” que busca paradójicamente la paz. Así, lo que se ha roto es el espacio conceptual desarrollado por la modernidad, al menos para la parte occidental. La problemática está en un mundo global que no responde a la gestión estatal y, por tanto, se encuentra a expensas de las novedades que van surgiendo. En este caso, la violencia y no solo la economía se ha mundializado. La misma facilidad que se da para realizar una gestión mercantil se encuentra para la compra de material bélico que puede ser utilizado para un atentado. La dialéctica, lejos del avance cacareado por la Ilustración, no termina en el progreso sino que se encierra en una concepción griega de carácter circular. Los mismos demonios engendrados por Occidente vuelven para avisar de que están aquí, entre la ciudadanía.

¿Europa no se puede defender? Creo que la defensa de Europa es ya efectiva, al menos en algunas zonas del mundo global. El problema es que no se puede restringir a un supuesto enemigo pues este es la misma Europa que se ha vuelto, siguiendo esta lógica circular, contra su propia esencialidad. Esta es otra de las pruebas de la caducidad de las categorías de la modernidad. La identidad, anteriormente desarrollada en oposición al otro, en el hogaño se disuelve en una amalgama cultural derivada del hontanar de la interconexión global. Se establece, de esta manera, una confusión identitaria que lleva a la cerrazón de la comunidad sobre sí misma en un intento de preservar los rastros identitarios que todavía quedan del impulso político moderno. La cuestión es que esta política de preservación de lo propio, esta biopolítica que pretende la conservación de la vida (al menos de la considerada occidental) conduce al blindaje del individuo sobre sí para desatender lo común, el espacio verdaderamente político. Se produce, por este camino, una merma de libertades pues, al fin y al cabo, es el terror global el que vincula todo el orbe.

Solo queda la posibilidad de repensar lo político, de dar una vuelta de tuerca a la conceptualización manida empleada desde la emancipación del sujeto frente a los poderes instituidos. Queda de manifiesto que no funciona y, que de seguir por el camino global sin ningún tipo de traba, lejos de conseguir una mayor libertad individual como se pregona desde el neoliberalismo, se va a reducir, a favor de lo económico, el poder estatal bajo el que se amparan las posibilidades del individuo. No hay otra opción que rediseñar lo comunitario, el espacio compartido en el que hacer efectivos los logros alcanzados. ¿Debe la filosofía hacerse con el timón de la nueva arquitectura social? No lo creo. Este es más bien un asunto técnico, la filosofía debe dedicarse a la reflexión y catalogación de lo existente. Seguro que a partir de este punto el político puede erigir un nuevo sistema. ¿Es Reverte mejor o peor por sus declaraciones? Tampoco lo creo, parecía expresarse en el ámbito de la cotidianidad con una persona de confianza. Ahora bien, creo que Pérez Reverte sí es representativo de un tipo de opinión que ha calado en Occidente y por este motivo ofrezco esta respuesta. De lo que sí es culpable este escritor es de motivar mi reflexión; esa es su única responsabilidad.

[1] http://www.elmundo.es/papel/historias/2017/01/08/586ba930e5fdea2e2a8b4572.html

Un comentario en “En respuesta a don Arturo Pérez Reverte

  1. Bastante de acuerdo, salvo con este punto: “Este es más bien un asunto técnico, la filosofía debe dedicarse a la reflexión y catalogación de lo existente. Seguro que a partir de este punto el político puede erigir un nuevo sistema.” ¿Qué hay de la filosofía política? ¿No es ideal la figura de un político que usa la filosofía para erigir un nuevo sistema o corregir el actual? En mi opinión, limitar el alcance de la filosofía a la catalogación de lo existente, es decir, a determinar qué es lo real, es levantar muros en el pensamiento. La filosofía debería poder dirimir asuntos de índoles inmanentes también; no limitarse a lo metafísico.

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