En defensa de Trasímaco

En el diálogo La República, Platón nos introduce al contendiente de Sócrates en la pugna dialéctica: un ofuscado sofista llamado Trasímaco, del que conservamos poca información. Sabemos que nació en Calcedonia y se le supone buen orador y profesional de la enseñanza, como el resto de practicantes de la primera sofística. La fecha o circunstancias de su muerte y hasta un discurso que supuestamente pronunció en la asamblea de Atenas son dudosos. En cualquier caso lo que nos interesa de Trasímaco es su afirmación de que la ley, lo que se estipula como justo, es aquello que conviene al más fuerte. Así las cosas, los intereses particulares del individuo serían penalizados de no estar en concordancia con los del poderoso, debidamente recogidos en el derecho y mantenidos mediante el uso de la fuerza. «Es el interés del más fuerte lo que es justo, mientras que lo injusto es lo que beneficia al hombre mismo y es para su beneficio».

Conviene analizar detalladamente esta rotunda afirmación, de un implacable realismo que no admite ilusiones con respecto a una justicia que podríamos llamar la «justicia realmente existente». Esta «justicia realmente existente» es ni más ni menos que la justicia con la que el ciudadano tiene que habérselas, una suerte de justicia fáctica si queremos decirlo con Heidegger, en contraste con la trascendente idea de Justicia del platonismo[1].

No está afirmando Trasímaco que lo justo, la definición de «lo justo» sea el beneficio del más fuerte, como si fuese un defensor de la ley de la selva. Este análisis es simplista y revela no comprender la visión del mundo de la sofística: esta disciplina, en cuanto contempla la multiplicidad de criterios (que podemos encontrar en el pensamiento de Protágoras) y virtudes (como se refleja, aunque de forma poco precisa, en el Menón) no trata de ofrecer una definición pura del concepto de justicia. Eso es algo a lo que aspira al platonismo, con su gesto ontológico. La sofística no trata de dar con la esencia de la justicia sino de ofrecer un retrato acerca de qué es realmente la justicia, de dónde proviene ese conjunto de leyes que el ciudadano debe acatar so pena de ser castigado.

Así, Trasímaco no afirma que a la justicia «le vaya de suyo» ser la ley del más fuerte: lo que plantea es que la justicia realmente existente, lo justo por decreto, lo recogido en el derecho, es aquello que beneficia al fuerte, al poderoso, al gobernante. Este elabora la ley con vistas a protegerse, a ampararse tras ella, a crear un marco en el que sus planteamientos, sus ideas y sus acciones encuentran legitimación. Determina qué es bueno y qué es malo, qué se puede hacer y qué no, no en arreglo a un supuesto arquetipo de justicia o a una inspiración divina sino a qué le beneficia. La sentencia de Trasímaco es la sentencia de la sofística: frente a las propuestas de organizar la sociedad a partir de los principios de la naturaleza o de la religión, se debe analizar y trabajar en torno a lo social: el acuerdo, la política. El ser humano, en definitiva, como medida de todas las cosas.

Aclarado el sentido de lo que dice Trasímaco, resulta amargo comprobar la actualidad de sus palabras.

El último informe de Oxfam arroja un dato escalofriante: ocho hombres poseen la misma riqueza que la mitad más pobre del mundo. La organización denuncia que «las empresas utilizan su poder para garantizar que tanto la legislación como la elaboración de políticas nacionales e internacionales se diseñen a su medida, para proteger sus intereses y mejorar su rentabilidad, como demuestran, por ejemplo, los privilegios fiscales logrados por las petroleras en Nigeria». Oxfam señala como responsable al que define como «capitalismo clientelar y cortoplacista», lo cual equivale, con una licencia para el humor negro, a decir «iceberg frío y parcialmente sumergido». El poder lo detenta, como señalaría Marx, el capital, el cual configura la ley no como amparo de los ciudadanos o los pueblos sino, se habrá adivinado, para su beneficio. La libre circulación de mercancías y capitales, nunca de personas; las imposiciones de tipo fiscal con aspiraciones punitivas a países soberanos desde entidades casi etéreas; las fuerzas destinadas a los desahucios en dolorosa contraposición a la ausencia de consecuencias para los arquitectos de la crisis de las subprime; bastan tres ejemplos —podrían ser muchos más— para ilustrar la vigencia de la afirmación de Trasímaco: el poderoso configura la ley, ampara a quien se mueve en su ámbito y castiga con dureza a quien se extralimita.

La sentencia del sofista plantea una pregunta. Partiendo de la base de que la ley es indefectiblemente la del más fuerte, y si se da la aspiración de construir una sociedad en la que la mayoría de la población se vea libre de las imposiciones de corte despótico de una élite minoritaria, ¿quién o quiénes deberían configurar ese ente «más fuerte»? Trasímaco habla de «los gobernantes» como equivalente a «los poderosos». Luego la pregunta pertinente es: ¿quién debe gobernar y por lo tanto, sostener el poder para configurar una ley de su beneficio?

La cuestión tiene un cierto eco marxista. El sofista se adelanta al alemán por varios siglos al plantear la política como conflicto: no de clases, un concepto muy lejano en la época de la Pentecontecia, pero sí de una parte de la sociedad sobre otra. La sofística, como apunta Barbara Cassin, plantea que la statis, la situación de conflicto, es parte permanente y constitutiva de la sociedad, por lo que la política sería el ejercicio de su regulación mediante el acuerdo. Se distanciaría desde su concepción de aquellas filosofías que plantean una idea definida de justicia que satisfaga a la humanidad en su conjunto. El republicanismo kantiano, por ejemplo, contrasta el derecho del presente con la idea de justicia, con sus posibilidades de ser compartido y considerado justo por todos.

Frente a propuestas de este corte, Trasímaco afirma que la ley está hecha por una parte de la sociedad (en este caso, minoritaria) que se impone sobre el resto (la inmensa mayoría). Una sentencia dura, que mal interpretada se presta a dibujarle como el amoral personaje que figura en la República, pero que retrata en toda su crudeza una realidad tan actual como evidente.

[1] Como inciso, recomendar la lectura del volumen de Martínez Marzoa sobre Filosofía Antigua publicado por AKAL, en el que el filósofo apunta a cómo la imposibilidad de definir la Justicia en los diálogos apunta precisamente a esta distancia insalvable que conforma la naturaleza del ser, del que es constitutiva este «escaparse» a la definición, este encontrar fragmentos de él sin poderlo hallar.

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