Lo común frente a lo singular

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Uno de los problemas fundamentales de lo político contemporáneo se encuentra en la vacuidad de la conceptualización empleada para su descripción. Asistimos, sin oportunidad para su rectificación, a la devaluación del lenguaje empleado para la representación de lo común. La aceleración de la contemporaneidad genera, entre otras problemáticas, la alteración del espacio de experiencia evitando de esta manera el establecimiento de un adecuado horizonte de expectativa. Sin lugar a dudas, esta situación conduce a la desorientación y a la ausencia de certezas haciendo así de lo político un espacio alejado de lo real y comunitario como exponente de la democracia.

Lo político involucra lo común, lo compartido pues es en este espacio es donde se entra en contacto con el otro, con la alteridad. Implica una donación, una entrega en la que puede llegar a disolverse el individuo, tal y como ha sucedido en regímenes totalitarios en los que la comunidad se cierra sobre sí misma. La obligación, la transferencia generada en lo compartido se entiende en forma de deber u obligación pues, de manera evidente, es esta la garantía para el cumplimiento con una serie de responsabilidades adecuadas para sustentar la comunidad. El sujeto, por medio de este don que ofrece, acaba con parte de su particularidad aunque siempre se reserva un espacio propio en el que mantenerse alejado de su posible disolución. Es decir, un régimen político adecuado debe establecer un equilibrio entre lo propio y lo ajeno para de esta forma crear una comunidad equilibrada.

Sin embargo, el concepto de comunidad, básico para entender lo compartido y lo propio del ser humano, viene siendo devaluado en los últimos tiempos. Esta desvalorización establece una pérdida de jerarquía que afecta a lo desglosado de esta realidad sobre la que se articula lo común. Para Roberto Esposito, la communitas suponía ese espacio de donación en el que el sujeto ofrecía su aporte. Las obligaciones establecidas para erigir este espacio terminaban por configurar lo político en un sentido positivo y no meramente negativo, como viene ocurriendo desde la modernidad. La comunidad, a partir del giro dado en Hobbes, se convierte en el lugar donde escapar de la peligrosidad de los congéneres. Esto, por supuesto, gracias al poder coercitivo asumido por el Estado o Leviatán. Esposito, pretende la recuperación de un sentido positivo de la communitas pues, como ya ha quedado patente, la cerrazón de esta realidad sobre sí misma recluye en su seno la posibilidad totalitaria. O con más precisión, se debe recuperar un sentido originario de lo común para de esta manera construir desde la donación y no desde la privación.

El problema con el concepto de comunidad se encuentra, entre otros, en la mitificación a la que ha sido sometido. Desde la caída del socialismo real se ha convertido en un concepto en muchos casos trasnochado y asociado con una férrea dirección estatal y, desde otras lecturas, ha degenerado en una realidad arcana e irrecuperable. Esta falta de concreción de lo común instituye una degeneración de lo político pues, como ya se ha dicho, esto descansa sobre lo común. Se impone, por tanto, la recuperación de un sentido más adecuado para la communitas. La mitificación del concepto lo vacía de contenido, termina por perder su significación y, por ende, su posibilidad para representar la realidad de lo político que nos envuelve. Así, de no recuperar su sentido, lo compartido y la relación con el otro seguirá cayendo en la espiral sin fin en la que se ve envuelto.

La comunidad como realidad es irrepresentable de manera integral pues se entiende como un ideal, como algo utópico a alcanzar y que, por este motivo, se debe cuidar. De no prestar atención a la alteridad, lo político carecerá del sentido profundo que necesita para tener una verdadera validez. La falta de sentido de la communitas, su mitificación, ha vapuleado el concepto hasta hacer de él algo manido y sin significación. Lo conllevado con el otro pierde por tanto peso al tiempo que el individuo se levanta contra esta realidad. Siguiendo a Esposito, asistimos en el presente a un desarrollo de lo que él ha venido llamando immunitas o inmunización. Con este concepto quiere dejar de manifiesto la tendencia que acompaña a la globalización; esta no es otra que la preservación de la vida particular frente a lo común. Así, existe una tendencia contemporánea en la que se levantan barreras frente a la donación que debe ofrecerse a lo común. Por este camino, el individuo levanta una barrera infranqueable en virtud de la que se desliga de la communitas.

El tiempo global en el que se aplica la categoría de aceleración, ha establecido un muro entre el individuo y la comunidad debido a la pérdida de competencias de los Estados nacionales. El empuje de la mundialización, el desarrollo de las organizaciones transnacionales ha devenido en una inseguridad por la posibilidad de que se fracture el espacio jurídico-legal, lo político, por otro tipo de organización que exceda estos límites establecidos desde la modernidad. Así, la tendencia immunitaria de la sociedad ha llevado a la compartimentación de los espacios exagerando más si cabe las diferencias norte-sur establecidas tras el proceso de colonización. El empuje de la inmigración, los profundos problemas dados por esta realidad, son solapados por un reforzamiento de la individualidad y un blindaje de la particularidad.

Sin embargo, yendo un paso más allá, esta zonificación afecta no solamente al mundo global sino a la propia sociedad occidental. Es dentro de la propia organización, en lo íntimo de las democracias occidentales, donde se está dando la espalda a la communitas para fomentar en contrapartida la immunitas. De continuar por este sendero, y puesto que lo político implica una dualidad o bipolaridad, siempre cabe la posibilidad de caer en una singularidad de carácter absoluto que termine por diluir lo común y el contacto con la alteridad. Es por esto que deben repensarse las posibilidades de futuro para dotar de nueva significación a la conceptualización y categorías unida a lo político.

 

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