En el bucle

¿Cómo se apuntala una estructura? Puede hacerse mediante la imposición autoritaria o puede hacerse mediante un gesto positivo.

Partimos de la base de que el ser humano apenas goza de unos instantes como tábula perfectamente rasa. Durante la crianza, incluso la más temprana, factores como la cultura, el lenguaje o la ideología configuran, mediante la correa de transmisión familiar/educativa/etc. un andamiaje sobre el que se construirán y definirán tanto los conceptos como los criterios mediante los cuales la persona articule su vida. ¿Cómo se inculca dicha configuración? Mediante mecanismos muy sencillos, entre los cuales la sonrisa se cuenta entre los más eficaces. Lo cual hace que el optimismo forzado al que empuja la sociedad contemporánea sea digno, como mínimo, de suspicacia.

Resulta apropiado, para explicarlo en términos sencillos, echar mano de la terminología de la técnica psicológica del condicionamiento operante. Es importante deshacerse de la imagen estereotipada por la cual sólo se ejerce condicionamiento en un laboratorio, o tocando la campanilla para hacer salivar a un perro: condicionamos mucho y lo que es más importante, de forma inconsciente. En más ocasiones de las que nos gustaría, cuando damos un enfático «sí» o un «no», es la estructura la que habla a través de nosotros. El rechazo o aprobación que expresamos, especialmente cuando dicha respuesta se produce de forma grupal (con el peso especial y específico que se otorga al Otro), determina que la conducta que provocó dicha respuesta se refuerce hasta hacerse permanente o se degrade hasta desaparecer. Así, la estructura nos hace partícipes a todos de su reforzamiento.

Hay grados de sutileza en los refuerzos. Cuando se produce una potente respuesta negativa (que a partir de ahora llamaremos refuerzo negativo, por precisión) es fácil identificarla, así como su origen cultural o ideológico. Si una mujer sufre violencia física por no plegarse a las exigencias de su cónyuge o un periodista de cierta tendencia es censurado mediante coacciones, no es complicado rastrear los motivos estructurales que propiciaron esa violencia. Son evidentes, brutales y débiles. ¿Débiles? No en cuanto a consecuencias para la víctima, sí en términos de poder. Como plantea Byung-Chul Han en su último libro, cuando hablamos de un poder estructural la violencia es una respuesta desesperada y neurótica, consecuencia de no haber podido ejercer el dominio de otra manera.

Hay refuerzos negativos sutiles. Una sonrisa que tarda un instante en brotar después de escuchar una noticia o un comentario de decepción que se deja caer al interlocutor son sutiles, pese a sus efectos potencialmente dañinos. Es en los refuerzos negativos automáticos donde se percibe con gran claridad el poder de la estructura de convertirse en algo inmediato: podemos fingir después de una elaboración racional y consciente de lo escuchado, pero el poso cultural e ideológico asoma a través de la respuesta visceral. Tal vez Barthes no andaba descaminado al señalar a un cierto grado de soberanía por parte del cuerpo y no en lo estrictamente mecánico, sino en la conexión inconsciente con quiénes somos, con cómo hemos sido configurados.

Sin embargo, el objetivo que persiguen los refuerzos negativos suelen resultar evidentes y por ello, fáciles de identificar y de responder ante ellos. Son los refuerzos positivos los que acaban siendo más insidiosos y potencialmente destructivos, especialmente si se tiene en cuenta que suelen aparecer en combinación con los anteriores.

A tenor de esto, conviene rescatar la diferencia que planteaba Malcolm X entre el esclavo de la plantación y el esclavo doméstico: el primero es maltratado y obligado a vivir en la miseria, por lo que las condiciones a las que está sometido se presentan en toda su brutalidad, crudeza y violencia, de modo que toma conciencia de ellas y se rebela; el segundo lleva una vida relativamente acomodada, tiene un cierto estatus y se sabe hasta cierto punto valorado, por ello, lejos de tomar conciencia de las condiciones de servidumbre que le oprimen, llega a identificarse con su explotador y a celebrar sus éxitos como propios.

Si bien es cierto que el esclavo doméstico disfruta de unas condiciones materiales objetivamente superiores a las del esclavo de la plantación, no hay que pasar por alto que buena parte de esas condiciones son en sí mismas refuerzos positivos y se llevan a cabo con este objetivo en mente. El refuerzo positivo no es sólo que le pidan las cosas en voz baja en lugar de a voces: es el traje que lleva puesto en lugar de los harapos, es recibir las órdenes con un chasqueo de los dedos en lugar de con un chasquido del látigo. Ambos esclavos forman parte del mismo sistema de opresión, pero uno de ellos disfruta de una serie de refuerzos positivos y su percepción de la estructura cambia radicalmente. Es por ello que una violencia orwelliana es frágil: dibuja los antagonismos con claridad, se desnuda ante quienes oprime, y al hacerlo pone las cartas sobre la mesa y se señala como agente de la injusticia.

¿Cuál es el traje con el que vestimos nosotros a nuestros esclavos domésticos? Por ejemplo, en el ámbito laboral, alabar el desempeño continuado de horas extra no remuneradas, o llevar a cabo atribuciones que no corresponden al puesto. Una palmada en la espalda o una palabra de elogio pueden surtir un efecto igual o superior al de una amenaza. Hay muchos otros ejemplos, en ámbitos muy dispares. Cuestionar las preferencias afectivas de un menor, aludiendo a que «aún no puede estar seguro» mientras dicha inseguridad no se presupone en preferencias que entran dentro de la normatividad. Asentir satisfecho ante afirmaciones de corte xenófobo o sexista, haciendo valer el «sentido común» de quien la articula. Apelar al potencial violento de una fisonomía como algo positivo («¡Con ese cuerpo, al que le pegues, lo matas!»).

Los ejemplos están siendo deliberadamente claros, pero podemos imaginar otros muchos escenarios en los que se dan estos y otros refuerzos positivos inducidos por la estructura, que a su vez tomaron forma en nosotros con la mediación de otros refuerzos positivos. Sus contenidos quedan así apuntalados y se transmiten de forma tanto consciente como inconsciente. Sabiendo eso y con la intención de cambiarlo, ¿modificamos los refuerzos para desarmar la estructura, o desarmamos la estructura para modificar los refuerzos? Al igual que en la cuestión del círculo hermenéutico, del que ya formamos parte, al que ya estamos arrojados, se trata de un proceso en el que las partes afectan al todo, y viceversa.

La diferencia en este caso radica en la incorporación de la naturaleza positiva/negativa de los refuerzos, y su potencial para modificar la conducta y de quedarse con nosotros permanentemente hasta determinar quiénes somos. A veces lo que nos mete en la vereda no es el palo, sino la caricia, y más cuando esa caricia proviene de aquellos a quienes hemos erigido (o a quienes se nos ha invitado a erigir) en ideal del yo. Buscamos activamente su aprobación y reproducimos las conductas que serán recompensadas con este preciado beneplácito. Se da así una circularidad que combina elementos de la ideología, la hermenéutica, las dinámicas de poder y la formación de las estructuras según el modelo psicoanalítico. Una circularidad en la que estamos, ahora y durante toda la vida, insertos.

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