El sonido de un árbol al caer en un bosque desierto

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¿Qué sonido hace un árbol al desplomarse en un bosque desierto? ¿Se trataría del mismo crujido que se percibiría cuando hay alguien presente o, por el contrario, la bucólica postal rural se quedaría sumida en el más absoluto de los silencios? A partir de este lugar común, en apariencia carente de contenido filosófico, se pueden entresacar varias conclusiones interesantes.

De manera evidente, este tronco golpeando el lecho boscoso propagaría una serie de ondas mecánicas que, de haber un ser humano en la cercanía, serían nítidamente percibidas. De hecho, si se encuentra algún animal salvaje por la zona probablemente huiría asustando ante lo sobrevenido del estrépito. En este caso, el oído humano captaría las ondas generadas por el choque y serían convertidas por el cerebro en una percepción que a la postre formaría parte de la experiencia particular del sujeto. Por supuesto, esta percepción es comunicable a través del lenguaje.

Pero, en caso de que no hubiese nadie en la zona, ¿qué sucedería con esas ondas? Realmente acabarían por perderse, chocarían innumerables veces con troncos, rocas y demás sólidos para acabar por extinguirse sin que nadie llegase a apreciar el evento. De esta manera, ¿qué significación tendría un sonido que no es percibido por el ser humano? No sería más que un conjunto de ondas sin ningún sentido y, aunque de manera estricta, se habría producido un sonido a un nivel físico, carecería de existencia real en un plano intelectivo. Es decir, al hablar de carencia de sentido se hace referencia a la posibilidad de pasar por el filtro humano este fenómeno. De no ser percibido por un ser humano, de no convertirse en una percepción para un sujeto particular, deja de tener existencia pues no existe constancia de su posibilidad. Quizás, alguien familiarizado con la zona, al pasar por ahí después de la caída del tronco, podría asumir la caída del árbol e imaginarse el sonido generado. Pero, esto está lejos de la realidad, se trataría de una evocación en la que el individuo, en lugar de ser receptor pasivo de un fenómeno físico, se convierte en un creador activo de un acontecimiento del que realmente no ha sido testigo.

¿Cómo describiría entonces ese sonido? ¿Se trataría de un gran crujido acompañado de la rotura de ramas y un estruendo final? ¿O tal vez algo insospechadamente sutil y por este motivo sorprendente? En cualquier caso, tendría que ser su imaginación la que completase el evento de no encontrarse presente. De ser testigo del acontecimiento únicamente tendría que describir lo sucedido: “Estaba tan tranquilo paseando por el bosque cuando de repente escuché un leve crujido que terminó en un terrible escándalo provocado por la caída de un árbol”. Sin embargo, en caso de no haber nadie para narrar el acontecimiento, este se quedaría en nada más que en la eventualidad de un sonido pues de manera fehaciente nadie podría atestiguarlo. En este último caso, el sonido se diluye en la posibilidad de ser sin llegar a tal jerarquía existencial; simplemente sería la posibilidad de algo que no ha llegado a ser pero podría haber sido.

Cabe, en este punto, preguntarse por la posibilidad de la existencia. Que las cosas existen con independencia del ser humano parece una obviedad pero, si se centra uno en la posibilidad de la existencia; qué sentido tiene algo para ser si no es conocido. Que algo no sea conocido no le resta existencia fáctica, algo puede estar ahí durante centurias hasta que es descubierto pero, antes de ese momento, ¿qué es lo que era? A mí modo de ver, nada. En otras palabras, si algo no es conocido no tiene existencia real y hablo de realidad en el sentido de que es nombrado, compartido y, por ende, presente para el humano. Lo idiosincrásico del ser humano es lo intelectivo, lo racional. De esta manera, todo aquello que escape a su comprensión no es nada para él, se trataría de terreno baldío y vaciado de su contenido más esencial. De esta forma, de no conocer algo, esto termina por diluirse en la existencia convirtiéndose en una especie de no-ente, de no-realidad.

¿Qué es entonces conocer? Conocer no es más que nombrar, introducir el esquema lingüístico e intelectual en un mundo de por sí azaroso y complejo. El hombre, en el mismo instante que consigue nombrar algo lo hace comunicable, y al ser comunicable se convierte en un patrimonio común. Lo común es lo cotidiano, y lo cotidiano no deja de ser el mundo y la realidad. Más allá de esto no hay nada, solo vacío y oscuridad. La luz para iluminar lo real se encuentra en la intelectualidad, en la capacidad de atribuir nombres que no dejan de ser etiquetas genéricas que permiten la simplificación de la realidad circundante. De no ser por este tipo de etiquetas el universo sería indescifrable, sería algo ignoto y desconocido ajeno a la humanidad. Así, el camino que hace el conocimiento se encuentra en la posibilidad de etiquetar los fenómenos y eventos como cotidianos para hacerlos comunes y de esta manera comunicables. Cuando algo se comunica, se universaliza pues esta operación puede repetirse en innumerables ocasiones haciendo de la novedad algo común y manido.

¿Qué sucedería si en lugar de un árbol cayendo se hubiese producido algún otro fenómeno desconocido que también hubiese ocasionado ondas físicas perceptibles por el oído humano? Se había convenido que de romperse el tronco del árbol y caer al suelo del bosque alguien, que con posterioridad hubiese paseado por ahí, podría haber reconocido el escenario en el que se produjo un sonido. Sin embargo, si el fenómeno desconocido para el ser humano al que aludo hubiese generado un sonido en forma de evento físico, ¿podría haber reconocido ese paseante el escenario en el que se produjo un ruido? Evidentemente, no. Se trataría de algo inefable, innombrable y, por lo tanto, no sería existente.

De esta manera, queda patente que un árbol al caer en un bosque desierto, por mucho ruido que haga, no hace ningún sonido. Ya lo dijo Protágoras: “El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son, de las que no son en cuanto que no son”.

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