Los filósofos presocráticos (IV)

8. La impugnación gorgiana y el programa de la filosofía

Para los discípulos de Parménides es evidente que la organización de la argumentación se fijó enteramente en la necesidad que las leyes atribuibles al pensar, las leyes del nous, ponen sobre la naturaleza. Zenón, gracias al cual sabemos más sobre Parménides que por el propio Parménides, señala que es la proyección de la racionalidad del nous, tal que no puede ser pensada de otro modo, la que decanta una cierta imagen de la naturaleza y por la que podemos hablar de la identidad entre ser y pensar en el que consiste el programa de la filosofía. Si no pensáramos así, ninguna visión del mundo sería compatible con el conocimiento. Debemos pensar que las construcciones que el pensamiento hace de la realidad son la realidad, que conforman una ecuación de identidad. Si este argumento ha de refutarse, dicha refutación ha de partir de la experiencia sensible, no desde el punto de vista lógico. Si uno quiere hacer una proyección cognoscitiva, lo presentado por la naturaleza tiene necesariamente que recoger los atributos de esa proyección.

Así surge la crítica de Gorgias. Frente al programa parmenideo, lo único que se puede hacer es negar la mayor, negar la identidad misma. Si se niega la identidad misma entre pensar y ser colapsa la actitud filosófica, epistémica y científica. Gorgias escribió sobre el no-ser: planteó que el ser no es, que si fuera no sería cognoscible, y que si fuera cognoscible no sería comunicable. Con ello da en la diana de los tres elementos del discurso científico en general.

Primer elemento: que el ser no es significa que no podemos aceptar un enunciado de identidad. Esto se debe a que no tenemos otra posibilidad de producir dicha identidad si no es mediante la percepción sensible, porque no hay unas leyes racionales del nous que puedan suponerse una vez suspendidos los datos de la percepción. Solo podría existir el ser si eliminásemos la percepción sensible y pensásemos exclusivamente con la razón, lo cual es una fantasmagoría desde la cual no importan los datos de la sensibilidad y solo importan los elementos de la necesidad lógica.

Segundo elemento: pongamos que escruto lo real desde el punto de vista de la identidad con las condiciones lógicas del pensar. Si esto fuese así el ser no sería cognoscible, porque con las condiciones lógicas del pensar lo único que hago es formar una proyección, la cual únicamente proporciona la certeza de que todo objeto es un constructo del sujeto, una construcción puesta por esas leyes del pensar, pero mediante la cual no puedo estar seguro de que las cosas sean así. Hay un elemento en que la identidad se sostiene solo si voluntariamente la quiero sostener, lo que Parménides afirma cuando pone en boca de la diosa no un “esto es así” sino un “te mando que lo creas”. Gorgias acierta al decir que nada le asegura que las cosas no sean una pura construcción suya.

Tercer elemento: incluso si dijera que es cognoscible no sería comunicable, porque no puedo asegurar que las leyes del nous sean universales. Tampoco puedo asegurar la inter-subjetividad, que lo por mí estimado como racional es universalmente aceptable. La no comunicabilidad significa la no aceptación de una humanidad en su conjunto que adopte las mismas leyes del decir. Aceptar, por el contrario, la pluralidad de los decires posibles, de que haya decires, de que haya logoi enunciativos que no se correspondan con las formas del nous que están siendo declaradas.

¿Por qué sin embargo decimos que el programa de la filosofía está en Parménides? Hay tres razones. La primera: porque es una orden. Es un mandato. No se trata de justificar la actitud epistémica desde su mayor o menos razonabilidad. No es más irracional o menos razonable la actitud escéptica. De hecho, la sofística es la antecesora de los escépticos: ya que no hay un precepto universal, hay que vivir según las apariencias que establecen usos y costumbres. Pirrón, lejos de ser un escéptico en el sentido caricaturesco fue un hombre que participó en la magistratura y como maestro de ceremonias de los cultos. No es irrazonable el no seguir las leyes racionales. Seguir las leyes racionales es una orden, un mandato.

La segunda razón es una respuesta a por qué se puede y se debe mandar esto: porque no hay alternativa. Lo que no sea aceptar la existencia de un enunciado que representa a la naturaleza de acuerdo a las órdenes racionales de la mente significa introducir un discurso relativista en el que ninguna norma teórica o práctica puede ser engendrada. La orden tiene el carácter de una apuesta. “Tienes que seleccionar el mundo de acuerdo con una mirada racional”, conforma una estructura en la que hay una apuesta política y moral. La alternativa será la violencia o la imposición de la voluntad particular, o la ley del deseo. En el gesto filosófico hay una orden imperativa de mirar el mundo racionalmente que engendra un postulado práctico, la seguridad de que toda alternativa a esta mirada racional es generadora de violencia, de distinciones insoportables, incapaz de producir un esquema universal de conducta.

Estas dos posiciones no serían importantes, o podrían ser impugnadas, si no fuera por la tercera y más importante de las razones: por primera vez en los discursos que hemos dicho se introduce una palabra nueva. Mirar el mundo bajo las condiciones de la identidad entre racionalidad y ser es mirar el mundo bajo la condición del conocimiento. “Conocimiento” es una palabra arbitraria: no se introduce con ella ninguna palabra que no tenga el mismo rango que otras cosas, como “sentimientos” o “afectos”. “Conocimiento” solo quiere decir “una selección” de los intereses que mueven la promoción de discursos, la aceptación de discursos, la valoración de ciertos discursos. Si nos movemos bajo el imperio del conocimiento, que es una opción axiológica, de valor, las dos propuestas anteriores quedan fundadas.

Si nos movemos en términos del conocimiento, las opciones morales y prácticas son universales y la legislación aceptada es la legislación racional. Esta justificación es tan fuerte que cualquier otra se convierte en rechazable. Por lo tanto, no es solo una orden imperativa que engendra una opción a favor de la universalidad, es que esa opción es calificable dentro de las conductas humanas en un sentido productivo. Entender el mundo desde el conocimiento quiere decir dejar otras opciones de lado.

En la medida en que haya reconocimiento para ese nivel, ese nivel se sustancia en sí mismo. Por eso la filosofía termina siendo un hecho soberano. Platón afirmará que el filosofar no es solo una actitud, que es un acto que funda un tipo de ciudad determinada, una educación de acuerdo con las pautas del conocimiento, aquellas que reducen el mundo a las estructuras de lo que es asignable racionalmente, que no es otra cosa que la apuesta por la universalidad y la indiferenciación. A partir de aquí el debate será siempre externo: el interior de la filosofía ha quedado -prácticamente- inmunizado.

Hay un principio que ya no se ajustará más: haber tomado la decisión histórica -que no es aceptada por todos, que convive con otras formas posibles de generar motivos educacionales y societarios- de plantear: “yo ajustaré toda conducta enunciativa a los dictados de la razón”. Si alguien no quiere apostar por la concepción de un mundo racional, es una cuestión de desacuerdo en la que no se puede avanzar más.

Con esto no se resuelve la ambivalencia básica de la filosofía, que aún se prolongará. No se ha dicho si los enunciados de la naturaleza son o no representativos de ésta, pero se ha dicho algo más importante: lo que se ha declarado es la legitimidad de hablar en nombre de la naturaleza por el logos. La identidad fundamental de pensar el ser no queda suspendida por el debate sofístico: va a quedar determinada por procesos en los que se buscará solución a sus aporías más evidentes, pero los procesos, la estructura básica van a quedar intactos.

La apuesta teórica es una apuesta práctica. La filosofía es aquel discurso que además lo declara. Declarar que buscamos la verdad porque es un mandato que nos lleva a una determinada actitud y excluir cualquier otra es una apuesta práctica. Vivir conforme al conocimiento es una decisión. Impuesta, de acuerdo, por razones que superan cualquier relativismo o cualquier voluntarismo, salvo el de su propia auto-justificación: que en la educación del conocimiento se consiguen más resultados. Ninguna externalidad puede actuar sobre el núcleo interno. Ya se ha impuesto el sentido de la filosofía, que no es mitológico. Es una decisión ontopraxiológica: el concepto de realidad es fruto de una decisión que es el carácter práctico.

Un comentario en “Los filósofos presocráticos (IV)

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