La sociedad positiva

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La sociedad civil-burguesa contemporánea puede entenderse como el fin de un recorrido que, tras la caída del socialismo real, no encuentra oposición ni alternativas. Fukuyama ya había adelantado esta evidencia: el neoliberalismo derivado del desarrollo decimonónico no encuentra oposición pues, de manera inequívoca, parece haber triunfado imponiéndose a todos los niveles. Efectivamente, el mundo se ha vuelto global y el capitalismo que subyace a la propuesta de un mercado liberado se antoja la idea indiscutible. Al menos, en el sentido de que no encuentra ninguna construcción teórica o práctica con capacidad de erigirse como alternativa.

El presente arroja una organización social positiva pues, aunque subyace cierta crítica abaratada, de manera general el juego sociopolítico no consiente con una negatividad exacerbada debido a que la oposición es estéril en materia de ideas. La contemporaneidad ha generado un cómodo Estado de bienestar que, si bien recibe ataques por sus carencias estructurales, se entiende como el mejor de los panoramas posibles. El conflicto dialéctico se ha disuelto en el presente, no existe la tensión creadora necesaria para el establecimiento de propuestas alternativas pues el juego neoliberal de tono global parece haber abarcado todo; incluso la inteligencia. Se impone la sociedad  laxa sumida en la medianía no entendida en un sentido aristotélico tendente a la virtud. Más bien, se huye del conflicto para por este camino salvaguardar lo propio que siempre se intuye como precario y perecedero. Ante esta perspectiva se evita la negación y la intelectualidad se implica con la positividad, al menos de manera tácita pues la crítica de lo político se realiza dentro de los límites establecidos por el juego liberal. No existe la creatividad necesaria para la ruptura con lo tradicional, con lo asumido como inamovible.

La compensación ante esta falta de estímulo crítico se encuentra en la previsibilidad. Todo se vuelve homogéneo y ordenado en la sociedad civil-burguesa aunque siempre con una alargada sombra de incertidumbre debido a que en la jactancia y arrogancia de lo democrático se intuye la posibilidad de desmoronamiento. Esto, sin lugar a dudas, supone un adecuado aliciente para el mantenimiento del estado de las cosas actual. La alternativa, ante esta apacible situación, es la destrucción y caída hacia lo ignoto. Esta posibilidad lejos de estimular la posibilidad creadora establece una intelectualidad pacata y centrista alejada de los extremos revitalizadores. Los grandes metarrelatos, los que prometían una organización más adecuada para el ser humano se han extinguido y el horizonte posible de expectativa se encuentra yermo. El germen creador se ha apagado y solo queda un inmenso vacío por delante, inabordable desde un presente sin nutrientes.

Todo tiempo está  plagado de contradicciones, que el presente civil-burgués se asuma como la mejor de las organizaciones posibles hasta la fecha no implica que no existan en su seno profundas problemáticas. La denuncia de estas situaciones se realiza desde el conformismo y la ausencia de disyuntivas pues el pensamiento político contemporáneo no encuentra, o no busca, posibilidades para enfrentar el futuro. La ciudadanía se encuentra educada en el miedo, en la imposibilidad de asumir un riesgo pues la perspectiva de pérdida de lo alcanzado genera la frustración de cualquier salida posibilitadora de opciones diversas. El conformismo inunda el ánimo y se aferra con desesperación a las migajas derivadas de la organización político social actual, no se produce ningún arrebato por el que merezca la pena asumir el riesgo.

Desde el siglo XVIII la relación del poder con su organización ha ido mutando. Se ha pasado de la simple y directa coacción a la supresión de la individualidad mediante el control de lo social. Con anterioridad la violencia se ejercía sobre el individuo y, de esta forma, se redundaba en el control de lo comunitario. Ahora no es necesario pues, si bien es cierto que la organización estatal se reserva el patrimonio de la violencia, esta se dirige de una forma tácita y sibilina. La explotación del sujeto se realiza de una manera sistemática y pragmática, el individuo se queda sin ningún espacio pues el mundo económico-político cubre todas las parcelas oscureciendo la posibilidad de crítica. El conflicto no existe, no queda lugar para la comprensión de lo real pues la neblina vertida sobre las relaciones de autoridad, laborales e interpersonales hacen de lo comunitario un elemento ajeno a la gestión particular. El tiempo libre ha desaparecido, solo queda la orientación efectiva impresa a todas las acciones; todo tiene un sentido fundado en el rendimiento y no queda espacio para lo altruista.

En consecuencia, los valores e ideales de tono humano que debieran regir lo común quedan sepultados por la reificación de las relaciones, el tiempo libre y el espacio para la individualidad; no queda un resquicio que no haya sido impregnado por la lógica biopolítica que explota en todas sus dimensiones al ser humano. La sociedad se ha tornado positiva, no hay réplica ante las fragrantes situaciones de desigualdad generadas por arquitectura estatal democrática. Nadie es capaz de alterar lo establecido, no queda tiempo para la reflexión y la inteligencia pues, de manera evidente, esta ha sido aniquilada por el sentido práctico inserto en todas las dimensiones de lo personal y lo social. Y, ante esta problemática, únicamente queda el cultivo de la crítica mediante la ruptura con lo establecido. Eso sí, sin horizonte de expectativa al que dirigirse y esto, por supuesto, genera innumerables inseguridades.

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